XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA DESDE LA IGLESIA CATEDRAL DE OAXACA
13 DE SEPTIEMBRE DEL 2026
Espero que la Palabra de Dios que acabamos de escuchar en sus tres lecturas y en el salmo toque nuestro corazón y nos convenzamos de que tenemos que vivir libres de odios, de rencores, de deseos de venganza, de celos, de envidias que no nos traen nada de paz en nuestro corazón.
El apóstol Pedro pregunta a Nuestro Señor, porque de diferentes formas el Señor invita a sus apóstoles, a sus discípulos y a todos los que le escuchan que, por encima de todo, está el amor y quien ama, perdona; quien ama, tiene misericordia; quien ama, vive en paz con todos.
Analicemos qué traemos en el corazón, qué se anida en nuestro corazón, el amor es para Dios y para nuestro prójimo, si decimos amar a Dios, demostrémoslo amando a nuestros semejantes, para que sea verdad el amor a Dios, porque el apóstol dice que si no amamos a nuestro prójimo, a quien estamos viendo a diario, y decimos amar a Dios, a quien no vemos, somos unos mentirosos.
A lo largo de nuestra vida, tal vez a muchos les han ofendido. Yo doy gracias a Dios porque tengo trece años recorriendo, en primer lugar, la Diócesis de Puerto Escondido y esta Arquidiócesis de Antequera Oaxaca y ni una sola persona me ha ofendido, ni una sola. Doy gracias a Dios por ello. Me han tratado con amor, con mucho amor. Que Dios sea bendecido y, con esto descubro que usted es capaz de amar, pero le invito a que ame a toda persona.
Si usted me ha amado a mí, ¿por qué no puede amar a su vecino?, ¿por qué no puede amar a un familiar?, ¿por qué no ha superado esos detalles que duelen, sí, que mortifican?, pero por encima de todo, ame, perdone y la respuesta de Nuestro Señor a Pedro fue, setenta veces siete y no es una multiplicación, para que el resultado sea 490, no, el Señor le dice, siempre, generosamente y, al final, nos dice que debemos de perdonar de corazón, de corazón. Que cuesta, sí, por supuesto que cuesta, porque en nosotros también trabaja el espíritu del mal, que hace que nosotros no amemos, no perdonemos, no hagamos lo que Dios quiere, sino vayamos en contra de sus mandatos y, entonces, ese espíritu del mal siembra en nosotros el odio, los deseos de venganza, las envidias, los celos, pero el espíritu del mal no es más fuerte que Dios. Usted agárrese de Dios. Usted dígale a Dios: dame la gracia de perdonar de corazón, porque yo quiero vivir así, sin odio, sin rencor, sin deseos de venganza, lo dejo todo a ti, a tu justicia, a tu justicia, porque yo quiero siempre tu perdón.
Si no perdonamos, no seremos perdonados, y eso también lo dijo Nuestro Señor, perdona y serás perdonado. Sean misericordiosos como Su Padre es misericordioso.
Seamos compasivos, el ejemplo que puso Nuestro Señor apliquémoslo en nuestra persona y en nuestra relación con Dios. Usted y yo, en diferentes momentos de la vida, nos hemos dirigido a Dios después de haber cometido un error, después de haber pecado y le decimos, perdóname, perdóname, Señor, sé compasivo conmigo, olvida para siempre mi pecado y vamos al sacerdote y le decimos, esto no me deja en paz, este pecado que yo cometí no me deja tranquilo, siento necesidad del perdón divino. El sacerdote me dice: yo te absuelvo de tus pecados y nosotros regresamos a casa perdonados, tranquilos, en paz.
Recuerde, cuando usted tenga que perdonar a alguien, recuerde el gozo que sintió cuando Dios lo perdonó de su pecado, la alegría que vino a usted en su interior. Pues alégrese de la misma forma, perdonando a su hermano. No siga odiando, no siga teniendo rencor, no se cauce tanto daño, tanta amargura en la vida, hasta enfermedades acarreamos por no perdonar.
¿Qué nos hemos ganado con guardar el rencor, qué nos hemos ganado?, infelicidad, tristeza, coraje, ¿y quién la está pagando?, los que viven con nosotros, los cercanos. Esta amargura que traemos en nuestro interior, por no perdonar, la reflejamos en el trato, nos desesperamos, gritamos, insultamos porque traigo anidado en el corazón el rencor y el odio, los deseos de venganza y me desquito con los que debo de amar a todas horas y en todo momento, los que no me han hecho nada, los que no me han ofendido, los que viven conmigo, los que se han sacrificado conmigo, los que han renunciado junto conmigo a muchas cosas.
Perdonemos de corazón, no perdamos la memoria, no sólo recordemos la ofensa que nos han hecho, recuerda también el perdón que te ha dado Dios a lo largo de tu historia personal. Que esa memoria esté por encima de la memoria de haber sido ofendido. La memoria del perdón divino es más grande que la memoria de la ofensa de tu hermano que está a la misma altura, que es pecador, como tú, que se puede equivocar y que se equivocó cuando te ofendió, consciente o inconscientemente, se equivocó, pero no compares esta ofensa con el perdón divino, con tu ofensa a Dios, no la compares. Esta está muy arriba, el perdón divino está muy arriba. La ofensa que yo le hice a Dios es muy grande, muy grande. La ofensa de mi hermano es mínima, es mínima.
El ejemplo de Nuestro Señor, le debía muchos, miles de denarios, ten compasión de mí y te lo pagaré todo, le perdonó la deuda y fue a encontrarse con un deudor de poco dinero, a la altura, “ten compasión de mí y te lo pagaré todo” y no tuvo compasión.
Hoy, Dios nos dice, Yo tengo compasión de ti en todo momento, yo quiero que tú también tengas compasión de tu hermano en todo momento para que puedas ser realmente feliz.
Si supiéramos amar y perdonar de corazón, no habría tantos conflictos en nuestra tierra de Oaxaca, cuánto odio, cuánto odio hay en nuestros pueblos, que se enfrentan, que se matan por un pedazo de tierra. ¿Quién es el dueño?, Dios es el dueño y nosotros nos peleamos, en lugar de decirle a Dios: me has bendecido con esto, has puesto bajo mi cuidado esto, lo voy a cuidar, pero también voy a cuidar a mi hermano y no le voy a causar ningún daño, porque es lo que quieres Tú, que cuide a esta creación y que cuide a mi hermano, que vele por mi hermano, que lo trate con amor, pero tristemente, hay lugares en que no se tratan con amor y duele, y duele y no han querido entender, no han querido entender. Pelearse, un día y otro día, es ir sembrando sólo venganza, no sembramos la semilla del amor y del perdón no se siembra.
Nos hemos cerrado al amor, al perdón, a la misericordia, a la compasión y a habitar este mundo todos en santa paz. ¿Por qué, por qué? No entiendo. Hace un momento le dije que usted tiene un corazón, un corazón que sabe amar. Que en ese corazón suyo estén todos siendo amados y si le cuesta un poco o un mucho de trabajo amar a alguien, dígale a Nuestro Señor, y sin perder la memoria. Señor, Tú siempre me has amado, Tú me has perdonado en todo momento, dame la gracia que siento no tener para perdonar a mi hermano. Yo estoy recordando en este momento, viene a mi memoria su ofensa que me dolió tanto. Dame la gracia de perdonar de corazón, como Tú me has perdonado.
En esa memoria vivamos y seamos compasivos. Ten compasión de tu hermano, nos dirá siempre Nuestro Señor, como Yo tengo compasión de ti y no nos olvidemos cuál fue el primer grito de Nuestro Señor cuando fue crucificado, ¿cuál fue la primera palabra que pronunció?: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen. Se acordó de nosotros, de todos nosotros y le dijo al Padre, perdónales, no saben lo que hacen.
En la mente de Nuestro Señor, que estaba a horas de morir, entramos a su mente tú y yo, y le dijo: perdónalos, perdónalos. Primero entramos nosotros, los pecadores, los que lo llevamos a la Cruz por nuestros pecados y el Señor pidió el perdón.
Pues hoy el Señor nos sigue diciendo, perdona a tu hermano, no le guardes ningún rencor, no busques venganza, eso no es de un hijo de Dios, la venganza no te trae la paz, la venganza hará crecer el odio y te llevará a cometer una desgracia, a andar huyendo como Caín, vas a tener que huir como Caín si levantas la mano contra tu hermano. No dejes que el odio crezca, haz crecer la misericordia, la compasión, el perdón y todo por el amor.
Encomendémonos también a Nuestra Madre, a la que le decimos a diario: ruega por nosotros, pecadores, ruega por nosotros. Pues hay que seguirle diciendo: ruega por nosotros, para que podamos vivir como Tu Hijo quiere que viva, amando y perdonando, teniendo compasión y misericordia, como Él tiene compasión de mí.
Dios les bendiga en esta semana. Que estas fiestas septembrinas, fiestas patrias, nos lleven a pensar que tengo que ser libre, sí, libre, pero libre de lo que no es amor, de eso. Seamos libres de eso, que lo demás viene y viene bien.
Feliz semana para todos. Que Dios, Nuestro Padre, los bendiga y que María nos acompañe en nuestro peregrinar.
Que así sea.









