CELEBRACIÓN EUCARÍSTICAXXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. 23 DE AGOSTO DEL 2026

Espero que la Palabra de Dios, y muy en especial el Evangelio, nos cuestione a todos nosotros y nos ayude a entender y a reafirmar nuestra fe. El que fundó nuestra Iglesia, nuestra Iglesia, es Jesucristo. Lo acabamos de escuchar en el texto del Evangelio. Después de que el Señor cuestionó a sus apóstoles sobre lo que decían de su persona, el pueblo, y que le dijeron: dicen que eres Juan El Bautista, que eres Elías, que eres Jeremías o alguno de los profetas. Esa era la voz del pueblo sobre Jesucristo.
Ellos ya habían sido testigos de milagros, de grandes milagros, ya tenían conciencia de lo que había dicho el profeta Isaías con relación al Mesías: dará vista a los ciegos, oído a los sordos, hablar a los mudos, resucitar a los muertos, caminar a los paralíticos. Todo eso ya lo habían visto, fueron testigos de los milagros de Nuestro Señor, de lo que iba a hacer el Mesías y no solamente vieron los milagros los apóstoles, lo vieron las multitudes, las multitudes y, a veces, Nuestro Señor, después de hacer el milagro, solía decir: vete y no le digas a nadie. Lo escuchamos en el Evangelio hoy, no le digan a nadie que Él era el Mesías. ¿Por qué?. Porque Nuestro Señor quería que todos lo reconocieran como el Mesías, no porque se los decían, sino que se convencieran personalmente ellos y es tal vez lo que, hoy, nos dice Nuestro Señor.
¿Para ti quién es Jesucristo?, porque esa palabra se las lanzó a sus apóstoles en directo, en directo, sin ningún rodeo. ¿Y ustedes quién dicen que soy Yo?, para ustedes, para mis apóstoles, ¿quién soy Yo?, no lo que dicen de mí, ¿qué dicen ustedes de Mí? Y el Apóstol Pedro tomó la palabra y, después, le dijo Nuestro Señor, inspirado por el Padre, el Padre Dios puso en tus labios esto, esta proclamación de fe: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el Hijo de Dios Vivo, Tú eres el Mesías, una profesión de fe. Eso te lo reveló mi Padre y le dijo: “Y tú eres Pedro”, se llamaba Simón, el nombre de él era Simón, cuando Jesús lo llamó se llamaba Simón y, el Señor, le cambió su nombre, “y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Grábese muy bien eso, la Iglesia que Jesucristo fundó, la fundó en sus apóstoles, poniendo a Pedro como la cabeza de los apóstoles, así lo decidió Él.
Le llegarán otros a su casa y le dirán que ellos son de la iglesia verdadera que Cristo fundó. No, no es verdad, no es verdad. La Iglesia que Cristo fundó es a la que usted pertenece, esta es la única, Cristo no fundó varias iglesias, eso tiene que quedar aquí, en su cabecita. Mi Iglesia, no dijo, mis Iglesias, dijo, mi Iglesia, poniendo a Pedro como la cabeza.
Hoy, entendemos que todos los sucesores de Pedro son la cabeza de la Iglesia. Hoy, le llamamos León XIV, así quiso llamarse nuestro Papa, León XIV, porque ha habido, con ese nombre, 13 antes que él, a lo largo de los años, a lo largo de los siglos de la Iglesia.
Reafirme su fe en la Iglesia que Cristo fundó, que es la nuestra, reafirme su fe y que nadie le venga a decir que es otra la Iglesia que Cristo fundó, que es otra la Iglesia verdadera. Sí, nos dicen que somos los peores, empezando por los sacerdotes, que somos los peores. Pues sí, sí es cierto, somos los peores, claro, no somos santos, no, no lo somos. A usted también le dice que está equivocadísimo, que está en el error.
No, no, espérese. Tranquilo. Usted y yo estamos esforzándonos por hacer las cosas que agradan a Dios, por ir alcanzando la perfección, pero seguimos siendo hombres y mujeres inclinados al mal, con defectos. Luchamos, sí; nos esforzamos y volvemos a caer y volvemos a equivocarnos, a desesperarnos, a impacientarnos, a molestarnos. Tanta cosa que pasa, pero no por eso estamos endemoniados o somos hijos del demonio, como dicen. A nosotros nos dicen que somos hijos del demonio, no, yo no soy hijo del demonio. Somos hijos de Dios, somos hijos de Dios y yo creo que mi papá y mi mamá no engendraron otro demonio, no lo creo, yo no lo creo. Me engendraron por amor, me engendraron por amor y yo soy fruto del amor y he sido llamado a vivir el amor y, por amor, por ese gran amor que Dios me tiene, estoy frente a ustedes. Me llamó por amor al ministerio sacerdotal, me llamó por Su amor al ministerio episcopal. Me llamó por amor a ser su hijo, por amor. Dios siempre se ha movido por amor y por amor le respondemos.
Usted, por amor, fue llamado al matrimonio, por amor de Dios, para vivir el amor con una esposa, con un esposo. Para vivir el amor fue llamado a colaborar en la creación, trayendo nuevas vidas al mundo y, en esos actos de amor, usted engendró nuevas vidas y ahí están en torno a usted sus hijos y los ama, los ama porque son frutos de sus entrañas, por amor.
Entonces, seremos pecadores, pero no endemoniados y así nos dicen a veces, nos catalogan a los miembros de la Iglesia católica como los hijos del demonio, vámonos tendidos, qué barbaridad.
Reafirmen su fe, no anden dudando, no anden dudando, uy es que saben mucho, y eso qué tiene, saben mucho y eso qué tiene, usted está en la Iglesia verdadera, la que Cristo fundó. Y ahora hágase la pregunta, hágase la pregunta, esa pregunta que hizo Nuestro Señor hágala personal, ¿qué dice usted que es Jesucristo para usted, para usted? ¿quién dices tú que soy Yo para ti? No vaya a responder, como respondieron en su momento los apóstoles, unos dicen que eres Juan, no vayamos a responder, pues es que mi papá me dijo que era mi Salvador, que había muerto por mí, que nació de María Virgen, que vivió en Nazaret, que vivió 33 años, que hizo muchos milagros, que era un gran profeta, que era esto y aquello, todo lo que hemos aprendido, todo lo que hemos oído.
No se trata de dar una respuesta de la ciencia que nosotros tenemos en nuestra cabecita sobre la persona de Jesucristo. Yo creo que Nuestro Señor hoy nos pregunta ¿cómo está Él en nuestro corazón? ¿cómo vive aquí, en el corazón? ¿cómo lo siente usted y cómo se relaciona usted con Él? No desde la mente, desde aquí, desde el corazón, porque aquí es donde está el amor, aquí, aquí están los sentimientos, en el corazón. Aquí es donde nosotros sentimos, en nuestro corazón. ¿Qué siente en relación con Jesucristo? ¿a lo largo de su vida usted ha sentido su amor, ha sentido su misericordia, ha sentido que lo va acompañando en la vida? ¿ha sentido que lo escucha, que lo atiende en sus ruegos o lo ha cuestionado? O le ha dicho, Señor, desde cuándo te estoy pidiendo esto y no me lo concedes, te estás poniendo terco, no me escuchas, atiendes a otros pero a mí no me atiendes.
¿Cómo va su plegaria, su petición? ¿la hace con fe, con confianza? Eso que le estoy diciendo es muy bonito, pero, a ver, ¿y lo que le dice Nuestro Señor que usted tiene que vivir? ¿lo hace con gozo? porque usted experimenta el amor de Nuestro Señor y usted lo ama desde su corazón. Ahora, este que lo ama a usted le dice, quiero descubrir este gran amor que tú me dices tener a mí, quiero experimentarlo en tu prójimo, en tu prójimo, ahí lo quiero experimentar. Dices que tienes mucho amor hacia mi persona, hacia mi ser. Yo morí por ti, movido por el amor y yo vivo en tu corazón, porque te amo y tú dices que siente mi presencia en tu corazón y que sientes mi amor. Ahora, ¿tú lo haces sentir a tu prójimo? El amor que Yo te hago sentir a ti ¿tú lo llevas a tu prójimo? ¿Tú has sentido mi perdón, mi misericordia, la has hecho sentir a quien te rodea, el perdón y la misericordia? Porque ahí es donde nosotros hacemos vida que de veras Nuestro Señor es quien está en el lugar muy especialísimo en nuestra vida.
¿Cómo vive su semana? ¿se encomienda a Él? ¿siente su compañía? ¿sigue experimentando su amor a lo largo de la semana o sólo cuando viene al templo? ¿siente Su presencia en el hogar y siente que usted es presencia divina para los que viven con usted? Usted es presencia divina.
Tenemos que hacer vida la experiencia personal de habernos encontrado con el Señor y verá que seremos muy felices. Nos faltarán muchas cosas, tendremos grandes necesidades, ah, pero el amor de Nuestro Señor aquí lo tengo. Este es un gran tesoro que vivirá para siempre y voy a llenarme de ese tesoro amando, amando, acercándome a mis hermanos, haciéndoles sentir la presencia divina a través de mí, haciéndoles los momentos felices, porque me acerco a ellos, porque les atiendo, porque les sirvo, porque me alegra encontrarme.
Hagamos todo eso, para que así, lo que decimos de Nuestro Señor desde el corazón, se vaya haciendo verdad, una verdad que nos hará libres y que nos hará disfrutar de la vida.
Les deseo una feliz semana a todos ustedes. Se nos está acabando el mes de agosto, ya nos queda una semanita y un día más, porque el próximo domingo va a ser treinta y el lunes es el último de agosto. Estamos acabando agosto. Pues que lo termine lleno de Dios, lleno de santidad, lleno de gracia, sintiendo ese gran amor divino y regalando su amor para que se proyecte todo lo que es Jesucristo para usted, se proyecte en su vida diaria.
Felicidades y siempre nos encomendamos a la Madre de Dios. Ella sí sabe, sí sabe muy bien y conoce muy bien quién es Jesucristo. Pues vamos diciéndole, Madre Nuestra, ayúdanos a conocer más y más a tu Hijo, pero a conocerlo en el corazón, sólo en el corazón. Ahí es donde vale la pena, en nuestro corazón.
Que María alcance las gracias que necesitamos para seguir siendo esos discípulos y que estemos firmes en nuestra fe y muy seguros en que estamos en la Iglesia que Cristo fundó.
Que así sea.








