Compartir
  • Por Julio Palau Ranz.

La semana pasada, me llamó un querido amigo que no veía desde que terminamos la carrera en 1982, venía para la Guelaguetza pero por alguna razón pensó que era antes que la fecha de la misma, así que nos dio tiempo para disfrutar sin las prisas y las aglomeraciones propias de la Guelaguetza.

Habló con otro amigo común y nos reunimos para saludarnos y platicar en una charla amena, aprovechó para darme una foto que nos tomamos en 1982 al estar recién graduados, en una con él y otros graduados y en otra con mi abuelo Miguel Ranz.

Al ver la foto, en mi mente llegó una foto mental de mi abuelo y otra de mi amigo.

Cuando has compartido un tiempo de tu vida al lado de alguien, llámese novia, amigos de primaria, secundaria, bachillerato o carrera hermanos, padres, abuelos o familia y de repente dejas de verlos, de convivir con ellos ya sea por cambio de domicilio, tropezones y desacuerdos, rompimientos, fallecimientos o simplemente se terminó un ciclo y ya no los vemos más.

Uno sabe que siguen allí, presentes en una foto mental y uno los ve en un tiempo y en un momento que permanece y no caduca, este es un tiempo sin tiempo en la memoria humana que sientes que estás en un mundo paralelo en donde el tiempo no pasa.

Sin embargo, si están vivos y uno los vuelve a ver, podrías no reconocerlos, sus caras, sus facciones siguen, aunque ahora con más canas, arrugas, más flacos o más gordos, en lugares que quizás ya no existen, la casa de los padres, la escuela, la alberca, el árbol, los columpios, la cancha de fut o la de tenis, el río o la playa.

En este tiempo real te das cuenta que ha envejecido y te das cuenta de que tú también has envejecido y quedarás en shock de la impresión, se rompe el encanto, han sonado las doce campanadas de la cenicienta y despiertas en la realidad.

Y en unos segundos, comenzamos a ver un presente actual, se ha actualizado la foto mental de otra realidad y de otro momento.

Un rostro y una voz, un cuerpo que permaneció incorruptible quizá por décadas y se nos vino de repente; tal vez no nos damos cuenta porque todos los días nos vemos en el espejo y no notamos los cambios, pero el tiempo no perdona y, después de muchos años nos cobra factura.

Sin embargo, cuando la persona fallece, el tiempo se detiene indefinidamente y queda en la foto mental esa sonrisa, esa voz, ese cuerpo, ese trato; permanecerá intacto mientras esa imagen permanezca en nuestra mente.

¡Que importante es dejar ésa huella de un momento dado en alguien!, pues de nosotros depende que sea un recuerdo bello que quede intacto en el tiempo, en el álbum de la mente, pero cuidado, igual puede ser una imagen desafortunada que nos deja marcados para siempre.

Quisiera hacer un recorrido por esas fotos mentales que todos tenemos como Oaxaqueños, recuerdo cuando iba por ser Lunes del Cerro al Cerro del Fortín,

subíamos las escalinatas desde Crespo y a los lados había cantidad de puestos ya sea de comida (memelas), frutas, juguetes, nieves, empanadas de amarillo, perros calientes y muchas cosas más.

Al llegar a la entrada del auditorio, en las calles del auditorio hasta el monumento a Benito Juárez y de allí hasta la parte superior del auditorio, se ponían puestos de comida con mesas y sillas, había las típicas comidas oaxaqueñas de chocolate con agua con pan de yema, enfrijoladas o enchiladas con tasajo, flautas enchiladas y toda clase de aguas frescas.

Nosotros de adolescentes, íbamos a convivir con los amigos, desayunar y después bajábamos al centro, al zócalo y disfrutamos de un agua de raíz de la fuente de sodas que se ponía en los portales del zócalo.

También se queda en las fotos de esa época, los domingos en la tarde, después de ver banana split en el canal 5, ir a misa al templo de San Agustín, después ir al zócalo y dar vueltas al mismo, los hombres en un sentido y las mujeres en otro, regalarle una flor a la joven que nos gustaba y regresar a las 9 a ver misión imposible o tierra de gigantes.

Esos tiempos de mayor libertad, se podía jugar en la calle, yo vivía en la calle de Hidalgo a tres cuadras del zócalo, la siguiente cuadra estaba sin pavimentar y en la esquina había una carpintería y en la siguiente cuadra estaba una fábrica de jabón de los papás de Raúl y Enrique Castellanos.

Así en las tardes lluviosas, salíamos a jugar con ellos y bastaba tomar un pedazo de madera y poner un poco de jabón, para jugar una carrera de barquitos.

Igualmente el Jardín Conzatti era punto de reunión todas las tardes, llegábamos los amigos en bicicleta a las 5 de la tarde y jugamos fútbol o pollas tanto hombres como mujeres, familias como los Argüello, Audelo, Galguera, Arnaud, Hamilton, entre muchas otras, disfrutamos esa etapa y dejamos en la mente una foto que sigue intacta en el tiempo.

  • Espero sus comentarios sobre este tema, le gustaría participar comentando estos temas o qué temas les gustaría que se comenten, como siempre estoy a la orden, mi correo es julio.palau.ranz@gmail.com
Compartir