- Eduardo de Jesús Castellanos Hernández
El mundo, nuestro mundo, habitual e inmediato, el de todos los días, cambió de pronto sin haber nosotros deseado ni intervenido para obtener ese resultado. Las causas son totalmente exteriores y ajenas a nosotros, pero impactan de manera directa en nuestra vida diaria y ahora, sin saber con precisión hasta cuando, no solo estamos enclaustrados sino, también, amenazados no solo en nuestra salud y supervivencia sino igualmente en las de nuestra familia, amigos, vecinos, compañeros de trabajo, conocidos, en suma, todo y todos lo que somos y amamos.
Paradójica y afortunadamente, el primer resultado de este hecho inesperado e indeseable es el reencuentro con nosotros mismo y con nuestra familia nuclear inmediata, con la que vivimos y convivimos diariamente en un mismo espacio geográfico llamado hogar, casa, domicilio, morada. Rara vez, salvo casos excepcionales, nuestra vida misma se encuentra amenazada y estamos conscientes de ello, hoy lo estamos. Tampoco es frecuente convivir con pareja, hijos, padres o hermanos todos los días a todas horas todos los días. Y ahora en esto estamos.
Esto que ahora nos sucede a todos, incluidos los que viven de manera solitaria, puede ser reseñado de diversas formas, escojo algunas: los que viven solos, están frente al espejo; los que viven con su pareja, están ambos frente a sus respectivos espejos y frente a uno más donde ambos se ven. En cualquier caso, es una invitación a pensar sobre uno mismo y sobre su relación de pareja o en su comunidad familiar.
Es una formidable oportunidad para hacer un inventario y un balance de la vida individual y de la vida familiar; quienes profesen y practiquen una religión podrán, deberán, hacerlo también frente a su Creador. Ciertamente, las circunstancias de cada familia son diferentes, diametralmente opuestas a veces. La posibilidad misma de autodefensa mediante el enclaustramiento voluntario depende de diversos factores; pero cualesquiera que éstos sean la oportunidad de abrir un diálogo interior y colectivo, familiar, está ahí.
Los gobernantes rinden a sus gobernados informes periódicos de su gestión; las empresas realizan también de manera periódica inventarios, balances y auditorías; los estados de cuenta de la tarjeta de crédito llegan cada mes; los creyentes de la religión católica periódicamente practicamos la confesión. Pero los seres humanos y las familias nucleares ignoro la frecuencia con que, habitualmente, realicen inventarios morales, balances de resultados y practiquen la rendición de cuentas sobre sus planes y programas de vida.
No me refiero a las cuestiones de dinero, aunque estén implícitas -lo que no es cuantificable no puede ser evaluado, se dice-, me refiero a la construcción cotidiana de todos los aspectos de esa vida familiar llamada a ser continuada, sostenida, disfrutada, hasta que la muerte nos separe.
Ciudad de México, 8 de marzo de 2020.
Eduardo de Jesús Castellanos Hernández.







