Lizbeth Bravo
El amor romántico es una construcción social que ha moldeado la forma en que entendemos las relaciones. Bajo la promesa de entrega absoluta y sacrificio, este modelo ha normalizado prácticas que, lejos de ser expresiones de afecto, funcionan como mecanismos de control. En México, donde la violencia de género sigue siendo una crisis estructural, cuestionar estas narrativas no es un ejercicio teórico, sino una necesidad urgente.
De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), el 70.1% de las mujeres de 15 años y más ha experimentado al menos un incidente de violencia a lo largo de su vida. En el ámbito de pareja, el 39.9% ha sufrido violencia por parte de su compañero sentimental. Estas cifras no solo evidencian la magnitud del problema, sino también la normalización de dinámicas que muchas veces se disfrazan de amor.
El control dentro de las relaciones no siempre adopta formas explícitas. Según la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH), prácticas como los celos excesivos, la vigilancia constante, la revisión de dispositivos móviles o la restricción de amistades son experiencias comunes para millones de mujeres. Estas conductas suelen justificarse bajo ideas profundamente arraigadas. Sin embargo, organismos como ONU Mujeres han advertido que estos comportamientos son indicadores tempranos de violencia y pueden escalar hacia formas más graves.
La raíz de este problema está en la forma en que el amor romántico reproduce desigualdades de género. A las mujeres se les ha asignado históricamente el rol de cuidadoras emocionales, responsables de sostener la relación incluso en contextos adversos. A los hombres, en cambio, se les ha permitido ejercer control bajo la lógica de la posesión. Esta asimetría no es casual, responde a un sistema patriarcal que ha encontrado en la pareja un espacio para reproducir jerarquías.
Las consecuencias son visibles. El Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública reporta que, en promedio, más de 10 mujeres son asesinadas al día en México, muchas de ellas en contextos vinculados a relaciones de pareja o expareja. Si bien el feminicidio representa la forma más extrema de violencia, existe una continuidad que inicia en el control cotidiano y la normalización del abuso.
El amor romántico también fomenta la dependencia emocional. Al colocar a la pareja como el centro de la vida, se debilita la autonomía individual y se dificulta la identificación de relaciones dañinas, esta dependencia es uno de los factores que explican por qué muchas mujeres permanecen en vínculos violentos, incluso cuando reconocen el daño.
Cuestionar este modelo no implica renunciar al amor, sino resignificarlo. Implica construir relaciones basadas en el respeto, la autonomía y la igualdad, donde el afecto no sea sinónimo de control. También exige desmontar los discursos culturales que romantizan el sufrimiento y legitiman la vigilancia.
En un país donde la violencia contra las mujeres es una realidad persistente, revisar críticamente el amor romántico es una forma de prevención. Nombrar el control, visibilizar sus formas y dejar de justificarlo como una expresión de cariño es un paso fundamental para transformar no solo las relaciones, sino la sociedad misma.








