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“No más agresores invisibles”

 

Karla MARTINEZ DE AGUILAR

Fotografías: Cortesía

Con motivo del 24 Aniversario de la Revista mujeres Shaíque refrendamos nuestro compromiso con el que nació este proyecto editorial de dar voz a causas que nos conciernen a todos e historias que inspiran  y que necesitan ser escuchadas y la de Dafna Viniegra, es una de ellas: una voz que nace desde la herida, que ha decidido nombrarlo y que busca aportar su experiencia para que no se repita.

Su testimonio es un acto de responsabilidad, de romper el silencio que durante años ha protegido a los agresores y ha dejado solas a las infancias porque lo que no se nombra, insiste en permanecer.

Lejos de la narrativa de superación, Dafna se muestra desde la vulnerabilidad real sin pena, sin rodeos. Reconoce el colapso, la culpa, la confusión y también el trabajo constante de reconstruirse. Su historia ofrece una verdad contundente: sanar es un proceso vivo.

Hoy, su voz se convierte en puente entre el dolor y la conciencia, entre la experiencia personal y la acción colectiva. Porque hablar, en su caso, no es solo un acto íntimo: es una forma de proteger a quienes vienen detrás.

Como bien lo has mencionado en muchas entrevistas, hay que hablar sin tapujos sobre la realidad cruda del abuso sexual infantil. Tú viviste en tu infancia esta experiencia. ¿En qué momento tomas conciencia y te enfrentas a esta realidad tan dura?
El primer abuso sexual infantil que sufrí, cuando era muy chiquita, fue a los cinco años. Lo tenía, según yo, integrado en mi ser; lo veía como una experiencia compleja, pero ahí estaba.

Realmente, el momento en el que todo cambia es cuando me convierto en mamá y veo a mi hija crecer y acercarse a la edad en la que ocurrió mi primer abuso. Empiezo a tener descargas de adrenalina, de cortisol, una inestabilidad emocional enorme. Sentía muchísima aprehensión que no le pasara lo que a mí.

Fue una mezcla de situaciones emocionales que me llevaron a un colapso total: ansiedad, depresión y ataques de ansiedad que me hicieron terminar en el hospital. Todo venía de una falta de reconocimiento, de no darme la pausa para analizar qué estaba pasando dentro de mí. Me era mucho más fácil señalar a los de enfrente, ver lo que me faltaba, y no darme cuenta de lo que sí tenía.

En medio de ese colapso, cuando mi hija se acerca a los cinco años, muere mi papá, muere mi mamá, muere mi abuela materna y, además, me quitan la matriz y los ovarios.

Ahí ya fue un caos absoluto. No me quedó otra más que ponerme a trabajar en mí porque, realmente, me da pena decirlo, pero comenzaba a enloquecer.

Vivía en una línea muy delgada entre la cordura, la estabilidad y esas ganas de no darme cuenta de qué era lo que realmente había pasado en mí ser y por qué estaba tan mal. Ahí fue cuando empiezo a vivir.

Romantizamos muchas cosas e idealizamos muchas otras. Una de ellas es la infancia. Para muchos niños es una etapa feliz; para otros no lo es y, sin duda, es un tabú que debemos cambiar como sociedad.

Definitivo. Creo que las infancias están tremendamente desprotegidas. Las damos por hecho: pensamos que la van a pasar bien, que no se van a acordar de muchas cosas, y no le damos la importancia que merece porque están chiquitos.

Si realmente tomáramos conciencia de lo que impacta el trato que les damos en todos los aspectos, nos moveríamos completamente diferente. No seríamos tan violentos con las palabras, cuidaríamos muchísimo nuestra presencia, nos cuestionaríamos qué tanto estamos con ellos porque muchas veces estamos físicamente, pero no estamos para ellos.

Yo digo mucho, por mi experiencia personal, que somos para las infancias o una reacción intempestiva de nuestros propios traumas o una respuesta a sus verdaderas necesidades. Y lo digo por mí: hubo un tiempo en donde yo era pura reacción de mis traumas.

Toda mi forma de conducirme ante mis hijos venía desde esa reacción, no solamente por el abuso sexual infantil que sufrí, sino por todo lo que no pasó alrededor de mi círculo de contención para poder superarlo.

Hoy estamos normalizando la violencia. Tú has tenido la valentía de dar tu testimonio en foros públicos. ¿Cómo cuidas tu bienestar emocional durante este proceso?
Creo que cuando pones tus experiencias y el dolor del corazón al servicio para que lo que viviste no se repita, la pena y el qué dirán pasan a segundo plano.

Cuando tomas conciencia que compartir tu testimonio, por más incómodo o doloroso que sea, puede salvar aunque sea a un niño, dejas de lado la vergüenza.

Tu testimonio, tu vida, tus dolores, tus aciertos, tus errores, tus inseguridades… los das sin esperar nada a cambio, sin saber si realmente impactaste o no, pero sembrando una semilla.

A mí me gusta pensar que nuestro andar en la vida debería dejar una huella como un campo verde, florido y hermoso para quienes vienen detrás. Que puedan caminar libres, sin miedo a ser abusados, golpeados, insultados o ignorados.

De eso trata mi segundo libro, Somos Tod@s: doce relatos de personas que vivieron distintos tipos de abuso -abandono, violencia física, sexual, emocional- y cómo lograron resignificarlo.

Muchas veces resignificar no es volverte famoso o activista; es darte la oportunidad de ver la herida, entender que eres más que eso y cortar el patrón para no repetirlo con las infancias que te rodean. Para mí, esa es la mayor resignificación.

 

En este país faltan leyes para prevenir el abuso sexual infantil, pero la base está en la sociedad. ¿Cómo construir entornos más seguros para la infancia?

Rompiendo el silencio. Muchas veces los agresores están dentro de casa y no queremos denunciar, no queremos hablar, ni siquiera queremos escuchar al niño.

Los minimizamos, los cuestionamos: “¿cómo crees que tu tío, tu papá haría eso?”. Cuando la realidad es que sí está pasando.

¿Cuántas veces nosotros mismos revictimizamos? ¿Cuántas veces callamos a los niños y no validamos lo que sienten?

El silencio social es uno de los principales factores que perpetúan el abuso. Porque podemos hablar del tema, pero ¿cuántos reconocen que en su propia casa sucede?

Los números no mienten. Todos tenemos cerca un caso. Si tuviéramos conversaciones honestas, nos daríamos cuenta que muchísima gente lo ha vivido directa o indirectamente.

Es una problemática desbordada y, mientras siga siendo un delito impune dentro de la familia, la sociedad y las instituciones, no va a detenerse.

Por eso son tan importantes estos espacios: todos tenemos que sumarnos a la prevención. Desde ILAS A.C. estamos desarrollando una tecnología llamada Vigía, que generará un cerco digital para detectar situaciones de abuso en tiempo real o incluso antes que sucedan.

La idea es que sea accesible para todos. Además, necesitamos sumar esfuerzos, compartir información y romper la creencia que el silencio protege. No protege: la voz es el puente para escuchar y creer a los niños.

Cuéntame más sobre ILAS A.C.

ILAS A.C. la fundé con mi socia y soy la presidenta. Nos enfocamos en la prevención del abuso sexual infantil y en la construcción de una cultura de protección activa.

Trabajamos en distintas líneas: una es la difusión y sensibilización en medios, y otra son los Laboratorios de escucha, espacios virtuales gratuitos para adultos que vivieron abuso en la infancia.

Son comunidades donde pueden nombrar lo que durante años permaneció en silencio: el dolor, la presión en el pecho, los síntomas que aparecen en la adultez.

El laboratorio de mujeres empezó con dos personas y hoy somos 180, con presencia internacional. El laboratorio de hombres lleva poco tiempo y ya supera las 100 personas.

La difusión es clave para que más personas sepan que estos espacios existen y puedan acercarse.

¿Crees que existe el perdón y la sanación completa?

La sanación no es un destino, es un proceso de vida. No es algo que tenga un punto final donde digas “ya estoy curada y nunca más me va a doler”.

Todos tenemos historias de la infancia que siguen apareciendo de distintas formas. Por eso, más que llegar a un lugar, se trata de un trabajo constante.

En cuanto al perdón, empieza con nosotros mismos. Cuando eres niño, no tienes herramientas para entender lo que pasa y terminas cargando con la culpa.

Esa culpa es un motor muy fuerte de ansiedad, depresión y estrés postraumático.

En la medida en la que nos perdonamos por no haber hablado, por no haber actuado, por no haber cumplido con expectativas irreales, podemos empezar a sanar.

Yo, por ejemplo, dije que sí al primer abuso a los cinco años, por confiar en quien debía protegerme. Y crecí cargando con la culpa, sintiéndome insuficiente.

Por eso es tan importante dejar de culparnos y devolver la responsabilidad a quien corresponde.

¿Eres una mujer de fe?

Sí. La fe me acompañó durante años de catarsis, de búsqueda, de quitarme la armadura y ver qué había dentro.

Probé muchas terapias, pero lo que realmente me alivió fue entender que no tengo la capacidad de controlar el universo.

La fe llegó en mi momento de mayor desesperanza. La única forma en que pude acomodar todo fue entregándome a Dios.

Pedir ayuda es un acto de humildad. Cuando sueltas el control, las cosas empiezan a moverse diferente.

¿Quién es Dafna hoy?

Es una mujer que se reconoce con sus capacidades y limitaciones, con aciertos y errores. Ama profundamente a su familia y trabaja para prevenir el abuso sexual infantil.

Mi abuela materna me marcó por su disciplina y constancia. Ángel Laurosco me enseñó que las causas sociales son una responsabilidad. Y mi esposo me ha ayudado a verme sin máscaras.

¿Cuáles son tus gustos culposos?

La comida. Me encanta, pero a veces la uso para calmarme cuando estoy nerviosa.

Me fascina el chocolate y me gusta mucho el café, aunque sé que ya no me hace tanto bien.

También me ha ayudado a ser más consciente con la comida y ser más amorosa conmigo misma sin sentir culpa o que sea un escape ante alguna situación.

¿Volverías a elegir tu vida?

No. Me hubiera gustado no vivir ese abuso. Tener una infancia tranquila.

Lo que viví es muy complejo y no se borra. Me hubiera gustado tener un círculo de contención que me permitiera hablar a tiempo, incluso si hoy estuviera haciendo lo mismo, pero no desde la herida.

A propósito del Día del Niño y del 10 de mayo, ¿cuál es tu mensaje para la sociedad?
A las mamás les diría que se atrevan a romper patrones, a decir que no sin culpa, a permitirse ser vulnerables.

Necesitamos criar a las infancias de manera integral: emocional, física, espiritual. Enseñarles a decir que no y a respetar un no. También debemos preguntarnos cómo estamos criando: ¿posibles víctimas o posibles victimarios?

El silencio no puede seguir siendo la regla. Hay que alzar la voz, creerle a los niños y generar comunidad para protegerlos.

Las infancias son lo más valioso que tenemos, independientemente de si somos o no madres o padres.

FB: Ilas Dafna Viniegra

IG: dafnaviniegra

www.ilas.mx

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