Lizbeth Bravo
Hay violencias que llegan con un golpe y otras que llegan con una frase. Las hemos escuchado tantas veces que algunas ya ni siquiera nos provocan incomodidad. Y quizá ahí se encuentre una de las formas más eficaces de perpetuar una estructura de desigualdad, conseguir que aquello que debería indignarnos termine pareciéndonos cotidiano.
El machismo no siempre aparece con violencia explícita, con un insulto o con un golpe. Muchas veces llega disfrazado de tradición, de educación, de costumbre, de sentido común. Se instala en la familia, en la escuela, en el trabajo, en la pareja, en los medios de comunicación y en las conversaciones de todos los días, hasta convertirse en una especie de paisaje que dejamos de mirar. El problema es que aquello que se vuelve cotidiano no deja necesariamente de ser injusto. Simplemente aprendemos a convivir con la injusticia.
Los datos de México hacen difícil sostener que estamos frente a un problema marginal. La violencia psicológica alcanzó al 51.6% de las mujeres; la sexual, al 49.7%; la física, al 34.7%; y la económica, patrimonial y/o discriminación, al 27.4%. Son cifras que deberían obligarnos a abandonar la idea de que la violencia contra las mujeres ocurre únicamente en circunstancias extraordinarias o dentro de relaciones particularmente disfuncionales. No significa que toda expresión de violencia pueda explicarse exclusivamente por el machismo, pero sí resulta imposible ignorar el papel que desempeñan las relaciones históricas de poder y desigualdad entre hombres y mujeres.
El machismo construye un terreno cultural donde determinadas conductas pueden justificarse, minimizarse o incluso romantizarse. El control puede confundirse con amor; los celos, con interés; la posesividad, con compromiso; la subordinación, con estabilidad; y el sacrificio femenino, con virtud.
Pero quizá el rostro más persistente del machismo no se encuentre en la violencia que ya reconocemos, sino en aquella desigualdad que todavía somos capaces de justificar. Está, por ejemplo, en la distribución del trabajo doméstico. La Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT) 2024 encontró que las mujeres destinan, en promedio, 39.7 horas semanales al trabajo no remunerado doméstico, de cuidados, comunitario y voluntario, mientras los hombres destinan 18.2 horas.
Tal vez una de las mayores transformaciones culturales consista precisamente en dejar de enseñar a las mujeres a soportar y comenzar a enseñar a la sociedad a no violentar. Porque una mujer no tiene que ser más paciente para que un hombre sea menos violento. Y no tiene que soportar una relación que la destruye para demostrar que sabe amar.
El machismo no desaparecerá únicamente porque existan leyes, aunque las leyes sean indispensables. Tampoco desaparecerá porque algunas mujeres ocupen posiciones de poder, aunque la representación sea fundamental. Cambiará cuando dejemos de transmitir como verdades aquellas ideas que durante siglos justificaron que unos tuvieran más libertad, autoridad y oportunidades que otras. Y eso implica una tarea mucho más incómoda que señalar al machista evidente, implica mirarnos a nosotros mismos y revisar aquello que repetimos sin cuestionar. Porque quizá la pregunta más importante no sea dónde está el machismo. Sabemos dónde está. Está en las instituciones, en las familias, en las parejas, en los espacios laborales, en la cultura y en nosotros mismos. La pregunta verdaderamente incómoda es cuántas cosas seguimos llamando normales simplemente porque nunca nos enseñaron a cuestionarlas.
El machismo no siempre grita. A veces habla con nuestra propia voz. Y quizá esa sea su forma más peligrosa de sobrevivir.








