Karla MARTINEZ DE AGUILAR
Fotografías: Jorge Luis Plata
Locación: Galería Shinzaburo Takeda
Platicar con Virginia Ortega Sosa es entrar a un mundo donde el arte se vuelve puente entre memoria, intuición y transformación. Escucharla hablar es darte cuenta que su vida ha sido escrita por muchos caminos sin perder la curiosidad de la niña que pintaba en la tapa de una caja de zapatos. Originaria del Estado de México, ha construido una trayectoria que abraza lo universal sin desprenderse de sus raíces.
Su historia creativa está marcada por encuentros decisivos: el asombro de estudiar en San Miguel de Allende, la libertad descubierta en La Esmeralda, el equilibrio técnico de la Universidad Veracruzana y la complicidad de crear junto a Tonatiuh Vargas. Desde ahí surgió Yocoyo Ome, una identidad colectiva que reconoce que la creación no es individualismo, sino diálogo profundo con el otro, con la obra y con el mundo.
Y Oaxaca, con ese toque vibrante donde tradición y contemporaneidad conviven en cada rincón, ha sido para Virginia un espacio de revelación. Entre colores, talleres, espiritualidad y miradas diversas, su obra se ha vuelto un espejo que invita a la calma, a la entrega y a la introspección. En su camino, el arte ha sido un refugio, un maestro y una forma luminosa de habitar la vida.

¿De dónde eres originaria Virginia?
Del Estado de México. Y es muy bonito pensar que, aunque una nace en un lugar, también somos universales. Creo que parte de la globalización es esa oportunidad de sentir que pertenecemos al mundo, al universo entero.
¿Cómo fue tu primer acercamiento a las artes plásticas?
Empecé a pintar desde muy pequeña, tomaba clases desde los seis años. Mi papá guarda, en la tapa de una caja de zapatos, una pintura mía de cuando tenía dos o tres años.
Seguí pintando todas las tardes y la gente me decía “deberías estudiar en La Esmeralda”, así que la idea se fue sembrando.
Entre secundaria y prepa me fui a San Miguel de Allende. Me encantó ese estilo de vida. Yo decía: “de aquí soy”. Ahí empecé a convencer a mis papás —con esa lucha que acepten que su hija quiera ser artista— y finalmente entré a La Esmeralda. Ese fue el paso decisivo: asumir que quería dedicarme al arte.

Algunos maestros dicen que estudiar arte ‘rompe la creatividad’. ¿En tu experiencia fue así?
Al contrario. Para mí fue fundamental. En mi niñez aprendí toda la parte académica, el pintar por copiar, el repetir. Cuando entré a La Esmeralda yo ya quería libertad: “déjenme pintar lo que yo quiera”, pensaba. Aprendí la diferencia entre copiar una imagen y crearla. Después completé mis estudios en Veracruz, en la Facultad de Artes Plásticas de la Universidad Veracruzana (UV), donde la enseñanza era más técnica. Ese contraste —lo conceptual y lo tradicional— me dio un equilibrio muy profundo.
¿Cómo definirías ese camino personal que has ido trazando a lo largo de tantos años?
Es un camino que se sigue formando. Y tiene mucho que ver con Yocoyo Ome, el proyecto que comparto con Tonatiuh Vargas, a quien conocí cuando estudiaba. Crear con alguien más nos enseñó a rendirnos a la pintura misma, a dejar que sea ella quien guíe.
Viajamos a Europa, vimos museos, pintura tras pintura, y entendí que la historia del arte es también la historia de cómo el ser humano mira y transforma la realidad. Y después está la mirada del público, y mis hijos: ver cómo un niño crea sin miedo, cómo pasa de la abstracción al realismo por intuición. Todo eso me sigue enseñando.

¿Qué es Yocoyo Ome y qué significa esa identidad colectiva?
Un día, estábamos viendo un libro de Laurette Sejourne sobre los códices y vimos que Moyocoyatzin es el creador de sí mismo; viene del náhuatl: Yocoyo significa “creación” y Ome es “dos”. No queríamos usar nuestros apellidos, sino crear una identidad que hablara del trabajo colectivo. Vivíamos un momento en el arte en el que predominaba lo conceptual y nosotros sentíamos que la pintura aún tenía muchísimo que ofrecer.
Y sí, mucha gente relaciona el nombre con lo oriental, y nuestro trabajo también tiene esa influencia: simbolismos, modos de mirar el vacío, un pensamiento más holístico. El arte es un lenguaje universal, traspasa fronteras.

¿Cómo dialoga tu visión con culturas como la japonesa?
A veces, dentro de una cultura, las personas no se permiten transformarla porque la tradición pesa mucho. Yo, siendo mexicana, tengo la libertad de mirar la estética oriental con apertura, sin miedo a romperla o reinventarla. Y creo que México, por su mestizaje, tiene esa capacidad de moverse entre mundos. Somos puentes.
¿Cómo ha sido vivir en Oaxaca, un lugar tan fuerte en tradición y arte?
Ha sido maravilloso. Vivimos diez años en Xalapa y eso me permitió ver las diferencias: la música, la comida, la forma de socializar. En Oaxaca no te aburres nunca. Hay colores, talleres, artistas, y también muchos extranjeros que llegan a buscar lo oaxaqueño para reinterpretarlo.
Esa mezcla te permite mirar desde afuera, tomar lo que te sirve y lo que no, transformarlo. También creo que debe existir un misterio: no verlo todo, no dar por sentado que ya entendiste un lugar. Oaxaca te invita a cambiar, a observar cómo el arte se hereda, cómo se transforma.
Trabajar en pareja, vivir en pareja, crear en pareja. ¿Cómo conviven esas dos dualidades?
Siempre me preguntan eso. Y sí, es como un matrimonio. No es fácil entenderse ni aceptarse del todo. A veces queremos que el otro sea como imaginamos, pero trabajar en conjunto te obliga a verte a ti misma.
Venimos de familias con formas distintas de vivir la verdad, y uno debe descubrir cuál es la propia esencia. Cuando alguien te confronta —y tú decides no huir— creces. Es una transformación constante. Nuestro proyecto lleva 25 años y ha pasado por etapas: pintar juntos, pintar separados, volver a encontrarnos. Lo importante es permitir el cambio.

Tu obra transmite mucha paz y espiritualidad. ¿Cómo se conecta esto con tu vida personal?
Ha sido mi guía para atravesar crisis. En Oaxaca encontré un grupo de Kundalini Yoga que me ha fortalecido mucho. Me ha ayudado a entender cómo funciona la mente, la creatividad y qué somos como seres humanos.
Mis inquietudes siempre regresan a lo esencial: ¿qué es Dios, qué es la energía, qué es el amor? Siento que estamos en un momento crucial de la humanidad, un parteaguas donde debemos decidir si vamos a amar u odiar. El arte también responde esa pregunta.
¿Qué buscas transmitir con tus obras?
Me encantaría que quien las vea encuentre un instante de iluminación, de amor, de realización. Una frecuencia alta: paz, alegría, bienestar. Y si en alguien produce incomodidad, a veces es porque algo dentro está por romperse para dejar entrar la luz. El arte es un lenguaje del alma; habla de lo que no muere.
¿Qué simbolismos o elementos se repiten en tu trabajo?
En Xalapa tuve una maestra que nos enseñó a dibujar círculos con compás formando un hexágono. Años después supe que eso era la flor de la vida, un patrón donde están los sólidos platónicos. Comprendí que las formas tienen efectos en el ser humano, que la geometría abre llaves internas.
También me inspiran los patrones japoneses y la caligrafía, esa libertad de la línea cuando ya no quiere decir algo literal sino dejar fluir el espíritu. A veces hay que evitar ser demasiado obvia: la geometría sagrada también debe ser poética.
Y está la mancha, ese juego donde el espectador ve lo que necesita ver. Me interesa que cada quien encuentre su propia flor, su ave, su energía. Una obra puede multiplicarse en cien miradas.

¿Cómo ha sido la recepción de tu obra, especialmente en esta exposición reciente?
Muy interesante. Oaxaca tiene escuelas muy fuertes, estilos muy reconocibles. Nuestra exposición es algo distinto, no pertenece a una escuela específica, sino a un camino de 25 años. Para mí fue muy significativo hacerla justo en este aniversario: mirar hacia atrás y reconocer lo construido. Y entender que nada se hace sola: todos somos parte del mismo rompecabezas.
¿Hay alguna pieza que tenga un significado especial para ti?
Dicen que el artista siempre vuelve a lo primero que hizo, y creo que es cierto. Para mí, el espirógrafo fue una revelación. Lo recibí en mi primera comunión, pero no pude usarlo hasta que llegué a La Esmeralda. Desde entonces lo transformé en una herramienta para expresar cómo se mueve la energía.
Siempre me ha fascinado unir matemáticas, ciencia y arte: fractales, geometrías, numerología. Todo estaba al inicio. Luego llegó la abstracción, cuando entendí que podía pintar algo que no copiaba, algo que nacía adentro. Esa libertad cambió mi vida.
¿Cuál es hoy tu sueño, tu reto?
Pintar. Suena simple, pero es profundo. No solo soy pintora: también soy espectadora. Y en este año he pintado muchísimo. Me emociona ver surgir algo que no existía, ser testigo del instante en que la imagen aparece.
Me inspira el arte oriental, la caligrafía, la mancha, y también la sorpresa de la cianotipia, donde intervienen la luz, el agua, el pH, las nubes. Me maravilla ese momento en que algo se revela frente a mí. Ese es el sueño: seguir viendo nacer lo que todavía no existe.







