Por: Mtro. José Ma. Villalobos Rodríguez
En toda democracia de la calaña de la mexicana se da con frecuencia estacional (como si fuera la influenza de otoño–invierno) toda una serie de hallazgos que tienen como objetivo ganar la próxima elección, descalificar a todo gobernante en vida que esté a la mano con la idea central que “ahora sí” será México una nación impoluta, con calidad moral, con visión de futuro y con certeza de rumbo.
Para nuestra generación nacida en los 50 todo el humo fatuo actual nos es un viejo conocido. Desde finales del sexenio de Díaz Ordaz se instituyó un canibalismo presidencial de amplia gama. Echeverría buscó atraer a los jóvenes disfrazándose de blanca paloma en los trágicos sucesos de 1968 –que al igual que el régimen chino que prohijó Tiananmen marcó con el sello de la represión violenta a quien osara protestar o manifestar sus ideas–. Eran los tiempos en que existía el delito llamado “disolución social” bajo el cual podía caer el más mínimo intento de llamar a una huelga, promover una asociación ciudadana en pro de la causa que se quisiera promover.
50 años después la aún adolescente democracia mexicana no encuentra el rumbo que le ponga distancia al autoritarismo y que oxigene el ambiente ciudadano para que tengamos iniciativas propositivas, no descalificatoras.
Los partidos políticos de la vieja guardia o los llamados movimientos sociales en México siguen siendo rehenes o de intereses de pandilla o de líderes iluminados que se sienten los únicos que poseen la verdad absoluta en todo tipo de temas (algo así como semi-dioses).
Olvidan que, ahora como nunca, el mundo está híper comunicado y que a toda acción de gobierno o de los partidos la ciudadanía es bombardeada con información al instante. Es así que si como sucedió en esta semana cuando elementos del Ejército mexicano ejecutaron a un joven secuestrado en Tamaulipas: tuvimos en la televisión o en los celulares la narrativa casi al instante.
Teniendo, pues, ojos y oídos digitales por todo México, nuestros actores sociales debieran de procurar ser más no menos prudentes, más no menos honestos, más no menos veraces, más no menos auténticos.
En los últimos 50 años Latinoamérica (con algunas muy notables, pero escasas excepciones) ha sido un subcontinente atado a economías extractivas (minería, petróleo, gas), generadora de materias primas más que de alimentos procesados, con muy bajo valor agregado en los servicios que se ofertan y con un enorme vacío en servicios públicos en salud, educación e impartición de justicia. Mientras tanto los países asiáticos en vías de desarrollo nos rebasaban por el lado de la innovación y la calidad de bienes y servicios.
Santiago Levy afirma que en nuestro país ya no paga el educarse a nivel superior y de posgrado. La brecha salarial entre técnicos medios y doctores en lo que usted guste y mande se está cerrando y que pese a que la estadística laboral muestra que en México se “ trabaja” más horas que en casi cualquier otra economía de la OCDE –no se traduce en mejores ingresos–.
Si esta aseveración es cierta como todo parece indicar: ¿qué salida le queda al profesional que no solo no recibe el pago que cree merecer, sino que observa día a día que los salarios y las “prestaciones de Ley” le son marcadamente insuficientes.
Levy calculó que en los empleos formales las prestaciones de Ley en México le agregan al empleador 35 centavos más a cada peso a pagar. Estas prestaciones son obligatorias. Es decir tiene que afiliarse al Seguro Social (pese a su deficiente servicio), al Infonavit (aunque en su vida vaya a recibir un crédito para vivienda) y al sistema de ahorro para el retiro (aunque el patrimonio para jubilarse sea muy bajo para sobrevivir dignamente).
Este marco obligatorio en lugar de promover el empleo formal lo desalienta y con razón. Es por ello que 8 millones 800 mil empleos están en el esquema de outsourcing donde el empleado se siente más cómodo con mayor liquidez inmediata y menores servicios que le sean impuestos como “prestación de Ley”.
Por los efectos del COVID-19 los resultados comparativos entre el servicio público de salud y el privado son abrumadores. Siempre mueren mucho más pacientes en el sistema público que en el privado. Si fuera un partido de futbol sería como la debacle del Barcelona frente al Bayern Münich (8 goles a 2).
¿Qué diferencia tiene la atención médica en una consulta privada contra una atención pública? El personal que atiende en una clínica privada está consciente que si los pacientes no son bien atendidos habrá un descrédito para su centro de trabajo, incluso, pueden ser sujetos de una demanda por negligencia o mala atención. Los familiares de los pacientes serán mucho más exigentes del resultado que logren sus enfermos. Tienen sistemas de control de calidad más estrictos y para ello se les paga mejor.
En el reclutamiento de los sistemas públicos es frecuente que el perfil para el puesto no se cumpla por la presión sindical. Que las famosas “plazas” no sean para las personas más preparadas, sino para los familiares de los líderes o para los recomendados de los gobernadores.
Entonces, no es de sorprender el 8 a 2 que se da. Y la gente lo sabe y actúa en consecuencia: prefieren sacrificar su ingreso en cubrir una atención en salud que les permita sanar a sus parientes.
Esto es sólo un reflejo de lo que como nación somos y que ejemplificaba al inicio de esta reflexión. Es falso que el mexicano sea solidario. Al mexicano le gusta ayudar a quien conoce, no ayuda a ciegas. El mexicano desconfía de lo que el gobierno le quiera imponer porque tiene memoria de toda una serie de fracasos que quedaron impunes. La desconfianza se gana y es muy difícil recuperarla, cuando cada seis años el nuevo TLAOTONI decide dar borrón y cuenta nueva a todo servicio público simplemente porque no tiene contrapesos.
Medio siglo después seguimos viviendo a expensas de las ocurrencias de quien encabeza el Poder Ejecutivo.
Daniel Cossío Villegas le apodaba “LA PRESIDENCIA IMPERIAL y sigue viento en popa, pese a que los registros en mejora de calidad de vida del mexicano demuestren lo costoso de este sistema tan singular.
Hubo Presidentes en México que tomaron banderas inverosímiles tales como “LA MARCHA AL MAR”, “HACER PATRIA ES POBLAR”, “ARRIBA Y ADELANTE” o las de la “RENOVACION MORAL” y el “BIENESTAR PARA TU FAMILIA”…
Y los resultados hablan por sí mismos.
Desigualdad en las oportunidades desde la cuna hasta la tumba, eso es lo que se ha logrado gobierne quien gobierne. Y no se ve solución en este o el siguiente sexenio porque se sigue con la vieja práctica de “patear el bote para adelante”. Es decir que lo que un sexenio no puede resolver lanzarlo a deuda pública (FOBAPROA, ejemplo clásico) o culpar a La Malinche o al “Chupacabras”.
Se puede extraviar una generación que contempla atónita esta gran campaña autodestructiva de nuestra “clase política”.
Si quienes tienen la responsabilidad de procurar la mejora de la calidad de vida se centran en producir videos y grabaciones para exhibir al adversario: ¿qué mensaje están dándo a los jóvenes sobre el quehacer público? Pues que es como ese “deporte” que se vale de todo: patadas, puñetazos, mordidas, zancadillas, piquetes de ojos con tal de humillar y destruir física y mentalmente al adversario.
Ante tal boxeo tailandés que estamos presenciando parece inútil pedir civismo y cordura para obtener acuerdos que nos hagan una nación regularmente buena.
Quienes ya vamos de salida de este mundo, vemos con tristeza que México no está a la altura como verdadero país de respeto al derecho.
Tristemente era un oaxaqueño quien dijera: “EL RESPETO AL DERECHO AJENO ES LA PAZ”. Muy lejos estamos de este ideal y no parece haber quiénes compongan el rumbo. Todo lo contrario.







