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Cueva del Dios de la Lluvia

Texto: Joel F. Gálvez Vivar/ Francisco López Martínez

Fotos: Karol Joseph Gálvez López

San Juan Diquiyú, municipalidad de Tezoatlán de Segura y Luna, Huajuapan de León, Oaxaca. En la punta del cerro formado de gigantescas rocas, se encuentra la boca de la majestuosa cueva conocida por los aborígenes como del ‘Dios de la Lluvia’, “Vee o cava Javi” en idioma mixteco; en cuyo interior permanece trunca la figura del idolillo o deidad con brazos entrelazados a la altura del pecho, ante el que acuden curanderos y brujos diversos, unos para pedimento de lluvias, otros para llamar espíritus de enfermos o hacer ahí curación espiritual, dependiendo del caso.

Luego de caminar en selváticas montañas, entre matorrales, espinos, en el sagrado corazón del milenario cerro formado de preciosas rocas, a tres kilómetros y medio, jurisdicción de Diquiyú, se llega a la cima a centenares de metros de altura, esplendorosamente se observa la gran cavidad, apertura dotada por la naturaleza desde la creación del universo, sagrada reliquia celosamente resguardada y conservada por los aborígenes.

Trascendió que la existencia de la cueva data del preclásico de nuestra era o preclásico temprano; el idolillo o deidad es original, roca de esta tierra de Diquiyú; mientras que el Señor de la Cueva o Casa de la Lluvia, es venerado tanto por propios así como por los circunvecinos de la comarca, quienes mayormente vienen a pedir abundantes lluvias; lo hacen con fe y devoción, con gozo y gratitud, trayendo cada cual su presente al señor de los cerros, amo y señor de la vasta extensión boscosa de la región de Diquiyú.

Al adentrarse a la zona, se percibe en la humanidad la pesadumbre ambiental, a la vez la fuerza real, ya de la naturaleza, como del fenómeno prevaleciente, la presencia espiritual de los principales del lugar, cuyos restos yacen en tumbas al interior de la cueva, de ahí la importancia de descubrirse la cabeza, además de conducirse con respeto, porque el espíritu de los guerreros celosamente merodean las agrestes montañas de la mixteca oaxaqueña.

Al interior, un amplio espacio de aproximadamente 30 metros cuadrados, donde visiblemente se aprecian esparcidas plumas negras de aves de corral, así como piel de cordero, que curanderos y brujos utilizan para el trabajo encomendado; previos rituales de invocación al señor de las montañas, solícitos de permiso para llevar a cabo la ceremonia prehispánica como el de recoger o levantar el espíritu de enfermos, curaciones de espantos, de devolver la salud o alguno especial.

En definitiva, se siente gran emoción, mientras el friolento aire que suave corre circundando el ambiente dentro de la cueva; que la naturaleza dotó a los aquí asentados, prodigiosamente consagrados al señor de las montañas, que en tiempo, modo y circunstancia, le rinden religiosamente pleitesía, para ser congraciados con el don de la abundancia por los siglos de los siglos. Así sea.

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