Fátima MARISCAL*
Fotografías: Cortesía Kasia Biernacka
En la Sierra Cuicateca de Oaxaca existe un lugar donde la oscuridad tiene eco y el silencio parece respirar. Entre montañas cubiertas de niebla, bosque húmedo y caminos atravesados por agua viva, se ubica la comunidad de Concepción Pápalo que resguarda uno de los tesoros naturales más extraordinarios de México: la Cueva Cheve.
Durante generaciones, el nombre de esta cueva ha estado rodeado de misterio. En cuicateco, la palabra “Cheve” significa diablo y alrededor de sus profundidades crecieron relatos, ofrendas y temores que todavía sobreviven en la memoria de algunos pueblos de la sierra no porque la cueva ocultara algo monstruoso, sino porque su inmensidad parecía imposible de explicar. Quizá por eso, mucho antes que llegaran mapas, expediciones o instrumentos de medición, Cheve ya representaba algo más que una formación geológica: era un territorio donde la naturaleza imponía respeto y donde el ser humano comprendía su propia pequeñez frente al tiempo.

El trayecto hacia Cheve revela un paisaje impresionante, bosque, humedad y corrientes de agua que acompañan el recorrido con un sonido constante; el aire huele a tierra mojada, piedra y raíces profundas. Y conforme se avanza, el entorno se ralentiza, la temperatura cambia, el ruido exterior desaparece y la montaña comienza a sentirse viva.
Frente a la entrada aparece la verdadera dimensión de Cheve: un monumento natural esculpido durante millones de años por el paso paciente del agua a través de roca caliza. Estalactitas y estalagmitas emergen entre la oscuridad como estructuras antiguas que han permanecido intactas durante siglos, formando un paisaje subterráneo inmenso, silencioso y difícil de explicar.

Hay quienes abrazan los árboles antes de entrar, quienes guardan silencio sin saber exactamente por qué y quienes encuentran en el interior una sensación de calma inesperada. Incluso el recorrido corto, el que puede realizarse sin equipo especializado, transforma a quien se adentra por primera vez. Tal vez sea la ausencia de luz, el eco constante o la humedad suspendida en el aire; o quizá sea simplemente la sensación de estar frente a algo mucho más antiguo que uno mismo.
El miedo y el asombro conviven creando una mezcla de fascinación, respeto y misterio que con el tiempo, atrajo también a exploradores y científicos de distintas partes del mundo no para disipar el enigma de Cheve, sino porque su magnitud parecía exigir nuevas formas de comprenderlo.

Desde que fue documentada espeleológicamente en 1986 por Bill Farr y Carol Vesely, la cueva se convirtió en uno de los mayores desafíos de la exploración subterránea moderna. Actualmente, las expediciones son encabezadas por el United States Deep Caving Team (USDCT), bajo la dirección del ingeniero y explorador Bill Stone.
Considerado uno de los sistemas cavernarios más profundos del planeta, el Sistema Cheve alcanza una profundidad comprobada de 1,532 metros y más de 90 kilómetros topografiados. Sin embargo, estudios geológicos e hidrológicos indican que el sistema podría superar los 2,600 metros de desnivel, lo que potencialmente la convertiría en la cueva más profunda del mundo.
Bajo la misma sierra donde durante generaciones crecieron relatos y supersticiones, los exploradores han descubierto enormes galerías subterráneas, sifones, cascadas internas y túneles monumentales formados durante millones de años por el movimiento constante del agua.

Las expediciones realizadas a lo largo de casi cuatro décadas han implicado recorridos extremos a través de zonas remotas y de difícil acceso, donde la oscuridad, la humedad y el aislamiento convierten cada avance en un desafío físico y mental.
En 2021, una de las expediciones más importantes permitió descubrir más de 20 kilómetros de nuevos pasajes y establecer siete campamentos dentro de la cueva, a más de 12 kilómetros de la entrada principal y tras varios días de recorrido bajo tierra. La complejidad de estas exploraciones y la magnitud del sistema fueron documentadas por National Geographic en el documental Explorer: The Deepest Cave, donde se retrata el esfuerzo humano necesario para descender hacia las profundidades ocultas de Cheve. Pero más allá de los mapas, las mediciones y los registros científicos, la cueva también pertenece a la memoria viva de Concepción Pápalo.
Entre quienes han decidido acercarse a su exploración destaca Gerson Carrera Castro, uno de los pocos jóvenes originarios de la comunidad que, movido por la curiosidad y por una conexión profunda con su entorno, decidió involucrarse en las expediciones espeleológicas y acercar ese conocimiento a su propia tierra.
Para esta comunidad, Cheve representa un puente entre dos maneras de entender el mundo: la de quienes la han habitado y narrado durante generaciones, y la de quienes intentan descifrarla desde la ciencia. Porque en las profundidades de esta cueva no hay monstruos ni dioses, sino agua y piedra dialogando lentamente desde hace millones de años, escribiendo en silencio la historia geológica de la Tierra.
Y quizá ahí reside lo verdaderamente extraordinario: en saber que, entre las montañas de Oaxaca, existe un lugar capaz de unir memoria, exploración y asombro humano; una cueva que podría convertirse algún día en la más profunda del planeta y que, aun después de décadas de expediciones y descubrimientos, continúa conservando intacto el misterio bajo el corazón de la Tierra.

*Licenciada en Gobernanza y Gestión Local.
Fb: Fátima Mariscal Sandoval
IG: mariscalftm




