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Dos 13 de septiembre, una misma ópera y 160 años contenidos en una noche

Mariana Navarro
Periodista cultural y escritora
Especialista en ética aplicada, comunicación e innovación en tecnologías con enfoque humano.

GUADALAJARA, Jalisco.- Hay noches que terminan cuando cae el telón.

Y hay otras que parecen haber comenzado mucho antes de que nosotros llegáramos.

La del pasado domingo 13 de septiembre de 2026 fue una de ellas.

Viajemos en el tiempo, ¿le parece?
Comencemos.

El Teatro Degollado estaba vestido para celebrar sus 160 años. En los pasillos se cruzaban conversaciones, saludos, encuentros. Los palcos volvían a llenarse. Los dorados de la sala recogían la luz y los vestidos de gala prolongaban esa ceremonia silenciosa que antecede a toda función importante: mirar el recinto, reconocer a alguien, detenerse en algún detalle, tomar una fotografía, esperar.

Después, las luces descendieron.

El murmullo fue apagándose.

Y comenzaron los primeros compases de Lucia di Lammermoor.

Fue entonces cuando ocurrió algo que ningún reloj habría podido medir.

Por momentos, el 13 de septiembre de 2026 dejó de pertenecernos por completo.

Exactamente 160 años antes, el jueves 13 de septiembre de 1866, otro público había llegado al mismo sitio para escuchar la misma ópera de Gaetano Donizetti.

La misma fecha.

La misma música.

Otra ciudad.

Otra época.

Mientras la partitura comenzaba nuevamente a llenar la sala, bajo nuestra noche parecía respirar otra.

Como si el teatro tuviera memoria.

DOS ÉPOCAS EN EL MISMO LUGAR

La ciudad de 1866 era muy distinta.

No había automóviles cruzando el Centro Histórico ni edificios iluminados por electricidad. Las calles, los ritmos y la manera de llegar al teatro pertenecían a otro mundo, en un México atravesado por conflictos políticos y profundas transformaciones.

Y el edificio al que acudían tampoco era todavía el que hoy reconocemos.

Estaba inconcluso.

Faltaban elementos de construcción y ornamentación que los años terminarían convirtiendo en parte de una de las imágenes más entrañables de Jalisco.

Incluso el nombre era distinto.

La función inaugural se realizó en el entonces Teatro Alarcón, denominación recuperada durante el periodo imperial. Tiempo después volvería a llamarse Teatro Degollado.

Pero quizá lo más fascinante sea pensar en aquello que sus primeros espectadores no podían saber.

Ellos no entraban a un edificio histórico.

No podían llamarlo patrimonio.

No existían detrás de sus muros ciento sesenta años de funciones, restauraciones, artistas, espectadores, leyendas y recuerdos.

Para ellos era nuevo.

Una construcción aún imperfecta.

Una promesa de cantera, madera y música que la ciudad apenas comenzaba a reconocer como propia.

Nosotros entramos en 2026 mirando hacia atrás.

Ellos entraron en 1866 mirando hacia adelante.

Y entre ambas miradas permanecía la música.

ÁNGELA

La primera función tuvo un nombre que atravesó el siglo XIX mexicano: Ángela Peralta.

Tenía apenas 21 años.

El llamado Ruiseñor Mexicano había cantado ya en Europa y construido una trayectoria extraordinaria para una mujer mexicana de su tiempo. Había conocido escenarios internacionales y llegaba convertida en una figura artística capaz de despertar admiración mucho antes de que existieran las celebridades como hoy las entendemos.

Fue ella quien subió al escenario para interpretar a Lucia Ashton.

Hay fotografías que permiten aproximarnos a su rostro.

En imágenes realizadas por Giovanni Battista Ganzini en Milán hacia 1864-1865, Ángela aparece vestida de blanco, dentro de una teatralidad que las investigaciones especializadas relacionan con el personaje de Lucia.

Mirarlas después de haber estado en el Degollado produce una extraña cercanía.

La fotografía la mantiene inmóvil.

El vestido.

Las manos.

La mirada.

La pose exigida por una cámara del siglo XIX.

Y, sin embargo, cuando conocemos lo que ocurrió después, aquella imagen comienza a llenarse de sonido.

Uno casi puede colocarla sobre el escenario.

La memoria histórica tiene algo de arqueología.

Se encuentra un rostro.

Después una fecha.

Un periódico.

Un verso.

El nombre de un fotógrafo.

Una descripción olvidada.

Y aquello que parecía sepultado entre documentos vuelve lentamente a adquirir vida y relevancia.

LA CIUDAD QUE APLAUDIÓ A SU TEATRO

La apertura de 1866 estuvo lejos de ser una ceremonia distante.

En aquel entonces, todo fue celebración.

El público reaccionó.

Hubo grandes aplausos.

Hubo vivas a México.

La orquesta y una banda militar interpretaron dianas.

Durante el segundo intermedio, el entusiasmo llevó al arquitecto Jacobo Gálvez hasta el escenario para recibir el reconocimiento de los asistentes por el edificio que había concebido.

También se leyeron versos.

Circularon composiciones dedicadas a Ángela Peralta.

El teatro todavía no estaba terminado, pero la ciudad ya había comenzado a hacerlo suyo.

Y ahí aparece una escena que me gusta imaginar.

Gálvez caminando hacia el escenario.

La gente aplaudiendo.

Ángela esperando detrás del telón.

La música todavía suspendida en el aire.

Alguien entregando un poema.

Otros comentando lo que acababan de escuchar.

Y después, al terminar, familias regresando a casa con algo que contar.

No existían nuestras fotografías instantáneas.

La memoria viajaba de otra manera.

En la conversación.

En el periódico.

En una carta.

En un retrato cuidadosamente preparado.

En unos versos guardados quizá dentro de un libro.

Tal vez por eso cada fragmento que consigue sobrevivir hasta nosotros adquiere un valor especial: es una pequeña ventana abierta donde creíamos encontrar solamente un muro.

160 AÑOS DESPUÉS

El domingo 13 de septiembre de 2026, Lucia di Lammermoor volvió al lugar donde había abierto las puertas del teatro.

Esta vez, Lucia tuvo la voz de la soprano jalisciense Anabel de la Mora.

Fue su debut. Cantó impresionantemente bien.

Escucharla, verla moverse por el escenario, oírla cantar, atravesó el tiempo y el espacio.

Su voz quedó en la impronta del teatro, o quizá el teatro se quedó con una impronta de ella.

La acompañaron César Delgado, Enrique Ángeles, Rodrigo Urrutia y otros integrantes del elenco, con la Orquesta Filarmónica de Jalisco bajo la dirección de José Luis Castillo.

El recinto ya no era una promesa.

Era historia.

Sus muros habían visto pasar generaciones completas. Habían cambiado la ciudad, los públicos, la iluminación, los recursos escénicos, los materiales, las restauraciones y las formas de producir un espectáculo.

También había cambiado nuestra manera de guardar una imagen.

En el siglo XIX, obtener un retrato exigía tiempo, inmovilidad y oficio.

En 2026 bastaba levantar un teléfono.

Ahí estaba Anabel: excelsa, maravillosa, magistral.

La sala que alguna vez conoció otras luces se encontraba ahora cuidadosamente iluminada para una producción contemporánea.

Todo eso había cambiado.

Pero cuando comenzó la música ocurrió algo elemental y antiguo.

Escuchamos.

Como debieron escuchar ellos.

Y por ese instante, todo lo demás quedó fuera.

Y entonces 2026 se fusionó con 1866.

DOS LUCIAS

Hay algo especialmente poderoso cuando se colocan juntas las imágenes.

Ángela Peralta aparece, probablemente caracterizada como Lucia, en aquellas fotografías del siglo XIX.

Anabel de la Mora aparece en 2026 encarnando al mismo personaje.

Entre ambas existen ciento sesenta años.

Cambió la cámara.

Cambió la luz.

Cambió el vestuario escénico.

Cambió el teatro alrededor de ellas.

Cambió el mundo.

Pero Lucia permaneció.

Tal vez esa sea una de las formas más extrañas y hermosas en las que opera el arte.

Los seres humanos desaparecemos.

Las voces se apagan.

Los públicos cambian.

Los edificios envejecen.

Pero algunas obras permanecen suspendidas en el tiempo, esperando a que otra generación vuelva a pronunciarlas.

Lucia esperó.

Y regresó.

1866, 1966, 2026

Entre las dos noches existe, además, una tercera fecha.

En 1966, cuando el Degollado celebró su primer centenario, Lucia di Lammermoor volvió nuevamente al escenario.

Participaron entonces Ernestina Garfias, Plácido Domingo, Sherrill Milnes y Eduardo Mata.

Si colocamos las fechas una debajo de otra, parecen abrir una pequeña escalera en el tiempo:

1866

1966

2026

La obra no regresó frente al mismo público.

Regresó frente a tres ciudades distintas.

En 1866 se inauguraba un teatro.

En 1966 se celebraba un siglo de permanencia.

En 2026 contemplábamos ya ciento sesenta años de historia.

La partitura era la misma.

Quienes la escuchaban, no.

Y quizá ahí reside una parte esencial del patrimonio: no en conservar algo para impedir que cambie, sino en permitir que distintas generaciones vuelvan a encontrarse con ello y le entreguen una nueva memoria.

ARQUEOLOGÍA DEL TIEMPO

Reconstruir la velada inaugural terminó pareciéndose a excavar.

No bajo la tierra.

Bajo los años.

Una referencia llevaba a otra.

Un rostro conducía hacia una fotografía.

Una fotografía hacia un fotógrafo.

Un programa hacia un periódico.

Una fecha hacia una descripción.

Y poco a poco el 13 de septiembre de 1866 dejó de ser una línea dentro de la cronología del teatro.

Comenzó a poblarse.

Ángela.

Jacobo Gálvez.

Los músicos.

Los espectadores.

Los versos.

Las dianas.

Los vivas a México.

El edificio todavía sin terminar.

Entonces ocurrió algo curioso.

Cuanto más aparecía aquel pasado, más distinta se volvía también la noche de 2026.

Los palcos ya no eran solamente palcos.

Podían contener imaginariamente a quienes habían estado antes.

Las escaleras parecían guardar otros pasos debajo de los nuestros.

Los pasillos, otras conversaciones.

La sala entera dejaba de ser solo arquitectura para convertirse en una acumulación de presencias.

Eso hace la memoria cuando consigue desprenderse de una lista de fechas.

Devuelve vida.

Y de pronto uno comprende que la historia no está detrás de nosotros.

A veces permanece debajo.

CONCLUYENDO

Cuando terminó la función del 13 de septiembre de 2026, el público volvió a salir hacia la ciudad.

Afuera estaban las luces contemporáneas.

Los automóviles.

Los teléfonos cargados de fotografías.

Los mensajes que comenzaban a contar lo ocurrido.

Detrás quedaba el Teatro Degollado, iluminado, imponente, exactamente donde otras generaciones lo habían dejado.

Ciento sesenta años antes, otro público había salido también por esas puertas.

Probablemente hablaron de la voz de Ángela.

Del nuevo teatro.

De la arquitectura.

De la función.

De los aplausos.

Quizá alguien regresó a casa todavía llevando alguno de los versos que habían circulado durante la velada.

Después caminaron hacia una ciudad que nosotros ya no podremos conocer.

Y eso es lo que más me conmueve de esta historia.

No la coincidencia matemática de ciento sesenta años.

Sino comprobar que algunos lugares consiguen hacer convivir tiempos distintos.

Nosotros estuvimos ahí el 13 de septiembre de 2026.

Ellos estuvieron ahí el 13 de septiembre de 1866.

Nunca pudimos encontrarnos.

Y, sin embargo, durante unas horas compartimos la misma música.

Tal vez eso hacen los grandes recintos culturales.

No detienen el tiempo.

Lo guardan.

Lo reciben de una generación y lo entregan a la siguiente.

Y algunas veces, cuando las luces descienden y una vieja partitura comienza nuevamente, permiten que todo aquello que parecía lejano regrese por unos minutos a ocupar su lugar.

Por eso, cuando sonaron los primeros compases de Lucia di Lammermoor, no fuimos nosotros quienes viajamos ciento sesenta años hacia el pasado.

El Teatro Degollado está más cerca de nosotros, de usted, de mí, de todos.

Me tocó a mí vivir esta experiencia, ser parte del festejo que le narré y, créame, mientras viva no voy a olvidar que, por un instante, viajé a través del tiempo y del espacio y me sentí más viva que nunca.

Quizá fue el pasado el que volvió.

Atravesó el telón, se deslizó entre los palcos y, por un instante, volvió a sentarse entre nosotros.