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Claudia SAGREDO*

ESTAMBUL, TR.- La mayoría de las veces romantizamos los olores, los sabores, las vistas y los espacios, aquellos que fueron testigos del primer asombro, del primer suspiro, de la primera muestra de desagrado artístico. ¿Pero qué pasa cuando se está en la ciudad más antigua del mundo?, cuando la civilización moderna empezó ahí, con ese panel de mármol o esa piedra caliza. Ahí donde inicia el museo de la civilización, les cuento hoy de forma distinta lo que veo como un museo vivo, aquel que me permite reacomodarme o sorprenderme. Cierro los ojos y recuerdo cuándo fue la primera vez que algo me sorprendió, ¿qué pieza me descolocó?, ¿qué artista tuve la necesidad de investigar? Ahí me encuentro yo, peco un poco de sabionda, pero me gusta considerarme una neófita de museos, una infiltrada que hace poco ruido para no ser exiliada. Y si recuerdan, hablaba de ese mirar arriba de los hombros de los museos desde el privilegio de saberse en casa, olvidando que transformarse es parte de la razón de ser de las instituciones. Pues bien, ese pudor se me cae entero en Estambul.

Hoy me paro desde aquella ciudad que se siente museo, que respira cultura y caos, que se asemeja a algo que conozco, pero sorprende en cada paso: Estambul, aquella calle museo.

Porque para mí Estambul no es ciudad con museos, es un museo, con calles alrededor. Ahí no necesito boleto para toparme con capas de tiempo apiladas unas sobre otras: Bizantina, Otomana, Republicana, Contemporánea, respirando en la misma cuadra. Me enamoré, sobre todo, de sus nombres: nació Bizancio, colonia griega asomada al Bósforo; se volvió Constantinopla cuando Constantino la coronó capital de su imperio; y terminó siendo Estambul, ya en la joven república turca. Tres nombres para una misma ciudad son tres formas de mirarse al espejo sin dejar de ser una.

Estambul guarda esa memoria en más de ochenta museos, cada uno con una historia que se niega a quedarse quieta. En el Arqueológico me encontré con el Sarcófago de Alejandro Magno, que guarda su leyenda tallada en batallas a punto de moverse, y junto a él, el Sarcófago de las Plañideras, donde dieciocho mujeres lloran eternamente a un rey de Sidón. Dos duelos de piedra, uno junto al otro, como si el luto también tuviera acentos distintos.

A pocos minutos de ahí entré al palacio de Dolmabahçe, el último que habitaron los sultanes otomanos: doscientas ochenta y cinco habitaciones y cuarenta y cuatro salones de cristal y oro que intentaron, en vano, disimular que un imperio se apagaba. Ahí vivió el último sultán y ahí, más tarde, durmió también la república: en esas salas murió Atatürk en 1938, y el reloj de la habitación de la máxima autoridad sigue detenido en la hora exacta de su último suspiro. Un palacio, dos épocas, un solo reloj que se niega a avanzar.

Y luego está la ciudad misma: sus calles empedradas donde conviven fachadas otomanas, columnas romanas y balcones art nouveau, como si media Europa y medio Oriente hubieran acordado convivir en la misma cuadra. Ahí entendí que la modernidad de Estambul no es ruptura, es yuxtaposición: la vi hasta en su aeropuerto, la terminal más grande del mundo bajo un solo techo, con una torre de control en forma de tulipán, inspirada en la ciudad milenaria que la sostiene.

Hoy, romántica como soy, cierro los ojos otra vez y dejo que Estambul me pregunte a mí: ¿qué pieza los detendrá como a mí me detuvo un sarcófago?, ¿qué reloj, qué mujer llorando en piedra, qué palacio dormido guardará el eco exacto de su primer asombro?

 

*Especialista en procuración de fondos y relaciones públicas para instituciones culturales.