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Ernesto LUMBRERAS*

GUADALAJARA, JAL.-Hombres y mujeres que vivieron en Comiso, Sicilia, el pueblo natal del escritor. Imágenes y anécdotas de su infancia sobre mortales que dieron motivos —de compasión, ternura o risa—para permanecer en la memoria por obra de sus extravagancias, heroísmos, picardías o desgracias. Estos “locos de pueblo” recordados por Bufalino, traen a nuestra mente, desde luego, a nuestros muy particulares locos, muchas veces, los habitantes más sensatos de la comunidad. Los relatos aquí compartidos pertenecen al libro Museo de sombras que pondrá próximamente en circulación la Universidad Veracruzana en su histórica colección Ficción.

Emanuela delle Mezzenotti

Si no escuchaba los doce golpes de la campana de San Leonardo, jamás salía de casa. Entonces, se envolvía sobre los delgados huesos un interminable chal y empezaba a caminar por las calles, murmurando y cantando, con un extraño paso saltarín y perplejo, parecido al vuelo final de un murciélago herido. Secuestradores de jovencitas y mandantes de serenatas, solo al oír su voz, doblaban las esquinas sin mirar atrás. Los mismos ladrones regresaban de prisa, con las manos vacías, cuando de improviso divisaban sobre el adoquinado su sombra negra, todas sus aristas, agigantada por la luna.

Rosalía “’a foddi” (“la loca”)

Pobre criatura, abrasada siempre por invisibles llamas: “Abbrusciu, abbrusciu” (“Me quemo, me quemo”), iba gritando, con el rostro endemoniado, coronado por un negro y salvaje tizón de pelos, como de una nube. En cada pila de cantón, en cada hilo de agua corriente, se la encontraba: con los brazos desnudos, tendidos, en busca de un nunca alcanzado, quizá prohibido, consuelo. Hasta en el invierno, bajo el aguacero, se le vio correr descalza, perseguida por sí misma.

Y se oyó aquel grito, cada vez más ronco y condenado: “Abbrusciu, abbrusciu”.

Biagio Re

Alto, perezoso, con ojos pequeñitos y opacos, perdidos en un pensamiento que nunca cambiaba. Por años no hizo otra cosa que preguntar, a quienquiera que se encontrara: “Comu tieninu i palazzi?” (“¿Cómo hacen los edificios para estar en pie?”), turbado por esta poca y creíble cosa: que solo estos se mantuvieran de pie en un universo visiblemente destinado a temblar, a partirse, a derrumbarse. Dijo no con el mentón, decepcionado por las explicaciones, y fue a palpar y a alisar los ladrillos de las fachadas, apartándose luego con un sobresalto repentino. Una tarde de fiesta lo vimos entre la muchedumbre, mientras miraba, asombrado, a diez metros del suelo, un acróbata dar giros en bicicleta a lo largo de un invisible hilo suspendido.

 

*Ernesto Lumbreras (Jalisco, 1966) *De la inminente catástrofe. Seis pintores mexicanos y un fotógrafo de Colombia de Ernesto Lumbreras, edición de la Universidad Autónoma de Nuevo León y de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México publicada en este 2021.Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. lumbrerasba@yahoo.es