Compartir

Claudia SAGREDO*

CDMX.- Hay temas que se resisten a morir, aunque la modernidad les haga mala cara, y uno de ellos es, sin duda, el misticismo, lo esotérico, esa línea delgada entre los hechizos, las cartas astrales y la realidad punzante que nos exige ser menos crédulos o más… ¿lógicos?

Como si estuviera escondido entre vitrinas, el esoterismo ha hallado en los museos un refugio inesperado: un espacio donde lo mágico, lo simbólico y lo inexplicable se examina con la misma seriedad con la que se estudia un Monet, un Caravaggio… un Kandinsky.

En los últimos años, las exposiciones dedicadas a lo oculto han surgido por todo el mundo como si los astros hubieran decidido alinearse: desde el Thyssen, en Madrid, rastreando alquimias y teosofías; hasta Salem, exhibiendo fotografías espiritistas y aparatos para “contactar” el más allá; pasando por México, donde el Museo Nacional de Arte colocó la adivinación bajo el foco, con una museografía que invita a envolverte en lo mágico, en lo que provoca. En el corazón de los barrios más antiguos y legendarios está la exposición Bajo el signo de Saturno, que no solo nos anima a transgredir estos planos, sino a observar el mundo astral desde la sala de un recinto cultural.

A donde miremos, los museos parecen recordarnos que el pensamiento mágico nunca nos abandona del todo.

Pero lo importante no es solo lo que se presenta, sino cómo lo interpretamos. Aquí entra en escena una aliada inesperada: la antropología. Gracias a ella sabemos que lo esotérico no es un cajón de brujerías sin pies ni cabeza, sino un sistema cultural complejo que ha moldeado creencias, prácticas y, claro, corrientes artísticas completas.

La antropología nos permite contemplar estas exposiciones con ojos más… ¿abiertos? Es fácil imaginarse dentro de una escena de El laberinto del fauno: al ver símbolos astrológicos en una pintura del siglo XVII comprendemos que no eran simples decoraciones, sino claves de lectura para una sociedad que organizaba su vida según si su Mercurio amanecía retrógrado.

Desde una tabla de adivinación africana podemos rastrear cómo ciertas nociones —destino, guía espiritual, mediación con lo invisible— se repetían en culturas distantes sin haberse conocido entre sí. Una especie de globalización astral.

oplus_2

Lo que entendemos por propuestas artísticas, corrientes que renuevan, que resuenan y que transgreden, siempre se dibuja en lo espiritual, en lo inexplicable, en el misticismo de un artista: su visión, sus voces, sus sueños y sus pesadillas. Y ahí es donde lo esotérico se vuelve una fuente inagotable de creatividad. ¿Qué es la alquimia sino el arte de transformar? ¿Y no es también eso lo que hace un artista?

Hoy, los museos nos permiten cruzar fronteras conceptuales al poner en la misma mesa la ciencia, la historia y lo mágico; no para decirnos “créetelo”, sino para invitarnos a mirar con curiosidad lo que otros, antes que nosotros, intentaron descifrar.

Recorrer estos objetos, salas y libros —desde la fotografía espiritista hasta un talismán, un tratado de alquimia o un tablero de adivinación— no nos convierte en creyentes, pero sí en observadoras más atentas de nuestra propia necesidad de misterio.

Porque, aceptémoslo: aunque vivamos rodeadas de algoritmos, todas sentimos ese cosquilleo cuando una exposición nos recuerda que el mundo es más raro, más simbólico y mucho más sugerente de lo que parece.

Y ahí está el verdadero encanto: el esoterismo en los museos no es una moda, sino una ventana. Una ventana que nos permite reconocer cómo, desde la prehistoria hasta el arte contemporáneo más pulido, la creación nunca ha dejado de coquetear con lo invisible.

*Especialista en procuración de fondos y relaciones públicas para instituciones culturales.

 

Compartir