Ernesto LUMBRERAS*
GUADALAJARA, JAL.- El arriba desciende a lo terrenal para escuchar el canto de la vida, la vida que siempre está diciendo adiós. Las nubes que aparecen en el título del libro de Alma Débora Rosas, la patria del extranjero diría Charles Baudelaire, son meteorológicamente vapor de agua, pero también, espíritus fraternales que tocan con su sombra húmeda los trabajos y los días de los mortales. Esos mapas del cielo fueron convocados, franciscanamente, por Amado Nervo en su poema La hermana agua: “El vapor es el alma del agua, hermano mío, así como sonrisa del agua es el rocío.” Bajan entonces, esos cirros, esos cúmulos, esos estratos para escuchar el dolorido canto de los guijarros, una elegía de amor presente que ilumina desde la herida: “De su sombra nacen mariposas. El viento mueve los helechos. Libélulas acampan en el tulipán de una maceta. La sangre languidece, camina del rojo al blanco”.
Nubes que bajan a escuchar los cantos de los guijarros (Mano Santa, 2025) es un libro que se interna, ora con serenidad y transparencia, ora con furor y confusión en el territorio de lo que no tiene nombre. Nuestra lengua -como la mayoría de las lenguas occidentales- no tiene un vocablo para nombrar la situación, es decir la realidad ontológica del ser de quien ha perdido a sus hijos. Desde esa perplejidad lingüística, Alma Débora Rosas se encaminó, con una voluntad toda heroísmo, a reconstruir el trance de sus pérdidas en la plenitud de la vida como homenaje luminoso a sus frutos caídos pero, al mismo tiempo, como conversación en tiempo presente: “Las huellas de la huida/ quedaron revueltas./ La luna pasó entre nosotros,/ perenne,/ casi un jazmín amarillo./ Un montón de hojas secas/ conversaban con nuestras sombras”.
El hospital es el escenario de este volumen de belleza inquietante, de verdad que ilumina y salva el alma. El hospital como un aparte, como un paréntesis que nos aísla de todo, que nos concentra en un tiempo otro, extraño y amenazante, paradójicamente inhóspito. Por una u otra circunstancia, los lectores de Nubes que bajan a escuchar los cantos de los guijarros tenemos la experiencia de las horas o los días al interior de un hospital. Hemos estado en ese tránsito que aluden con igual desasosiego e intensidad libros como Hospital británico de Héctor Viel Temperley, citado a manera de epígrafe por la autora, Algo sobre la muerte del mayor Sabines de Jaime Sabines, Descripción de un brillo azul cobalto de Jorge Esquinca, Neurología 211 de Rocío González o Historial clínico de León Plascencia Ñol. Un paréntesis blanco entre la ciencia y la esperanza entre la fe y la realidad más cruel. Días que son noches, noches que se convierten en pájaros, en escarabajos, en juegos de infancia, hormigas en el musgo… La poesía es, en ese trance de ausencia, el puente que conecta el aquí con el allá, el basamento de la nube con el vuelo del guijarro: “Las paredes están cubiertas/ de gotas diminutas/ Caen al suelo y señalan/ la ruta de dos estrellas”.

*Ernesto Lumbreras (Jalisco, 1966) *De la inminente catástrofe. Seis pintores mexicanos y un fotógrafo de Colombia de Ernesto Lumbreras, edición de la Universidad Autónoma de Nuevo León y de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México publicada en este 2021.Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. lumbrerasba@yahoo.es








