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  • Por Mtro. José María Villalobos Rodríguez.

Hace 30 años tuve un amigo que fue el representante en México del Gobierno de los Estados Unidos para asuntos agropecuarios. Veía obviamente por los intereses de su país relativo a la venta de cereales, leche en polvo, ganado, maquinaria o procesos para producir alimentos y todo lo referente a su logística y financiamiento. Antes de su incursión en México mi amigo había vivido en la extinta Unión Soviética en donde con la ayuda de satélites podía verificar con antelación cuál sería el volumen de trigo que podría producir o cuáles serían los volúmenes que requeriría importar para las necesidades de sus habitantes.
Este tipo de “espionaje estratégico” – me explicaba- era perfectamente utilizable para detectar desde los cielos las áreas de cultivo de lo lícito o ilícito que se sembrara. Con precisión y alta tecnología se podía cuantificar las áreas sembradas con amapola, mariguana, mango o melón. Lo que ustedes gusten y manden. Lo que de la Ciudad de México más admiraba era la invención, práctica y perenne uso de la mordida por los agentes de tránsito y policía. No había caído yo en cuenta de las ventajas que ofrecía esta delicatessen forma de saltarse el engorro de imponer una multa al infractor, ir a una hiper burocrática oficina a pagar la infracción y lograr un recibo que correspondiera a la violación a la ley.
También conocía las bondades que los arreglos privados o públicos en negocios en México se premiaran “por debajo del agua” con pagos en efectivo que no solo no dejaban huella en quien los da o quien los recibe, sino que además facilitan ganar licitaciones o jugosos contratos en gobierno o empresas.
Un director de compras en una empresa mexicana trabaja el primer año para la empresa, el segundo año para los proveedores y la empresa y el tercer año solo para los proveedores. Este evangelio chiquito pinta en unas cuantas frases la realidad de nuestro CUERNO DE LA ABUNDANCIA.
Adquisiciones privadas o públicas generan en México muchos nuevos ricos. Los premios en efectivo para el que adjudica jugosos contratos implica, además, un compromiso para que los pagos se cumplan contra las respectivas entregas de bienes o servicio. Esta tarea también lleva premios en efectivo contra cada pago parcial hasta el fin del contrato. Los ejecutivos de compras tienden a no poder ocultar esas entradas de extra de efectivo a sus carteras. Inmediatamente pasan de calzar zapatos hechos en León, Guanajuato, a los italianos de finos cueros y estratosféricos precios. Abandonan sus TRAJES MILANO y se van a marcas y diseños de las grandes marcas internacionales, cambian hacia sedas y hasta sus calcetines llevan el apellido de su diseñador.
Poco después dejan su Tsuru o Vocho y compran su Mercedes o BMW del año. No se resisten a mostrar al mundo su éxito – sin importarles un bledo el haberlo logrado de una forma poco ortodoxa. No es raro que hasta de señora cambien.
Para estos personajes que se encumbran con gran velocidad quienes no son como ellos les merecen el mayor de los desprecios. De pensantes, no los bajan.
Su éxito coronado con efectivo, inmuebles, viajes gratis a Europa o Las Vegas es realmente el producto de su astucia, de su dedicación a ampliar su red de posibles cooperantes dispuestos a ofrecer una “mordida” a cambio de obtener una compra de sus bienes o servicios.
Tan arraigada esta esta práctica en empresas y gobiernos de México que ya se ha vuelto del conocimiento generalizado de que “EL QUE NO TRANSA, NO AVANZA”. En la historia moderna de nuestra economía en la que México se abrió al mundo nuestra forma de premios en efectivo a quien ayude a lograr un jugoso contrato era tan reconocido en naciones avanzadas como Alemania que el fisco teuton concedió la deducibilidad de las mordidas pagadas en México.
Mientras más grande es el volumen y valor de las compras de una corporación privada o pública, civil o militar habrá mayor competencia para lograr ser el proveedor seleccionado. Esto genera una guerra de ofertas para quien o quienes deciden el ganador. Las tentaciones responden a lo que el General Álvaro Obregón explicó con aquello de que “NADIE AGUANTA UN CAÑONAZO DE 50 MIL PESOS”. Sobran ejemplos de cómo estas artes se han aplicado sin importar el daño a terceros.
La importación de leche en polvo de Irlanda contaminada con la radioactividad que arrojó a la atmósfera la explosión de la planta nuclear de Chernobyl fue hecha por la mayor agencia federal del gobierno mexicano durante el salinato.
Las leches fortificadas por este polvo irlandés llegaron a escuelas y hogares de familias mexicanas, gracias al éxito de un gran soborno. La opinión pública poco conoció del asunto porque la practica mexicana del CARPETAZO fue muy oportuna.
Los canadienses bien saben cómo nos las gastamos en México. Sus diplomáticos llegan a México provenientes de naciones peores que nosotros (Nigeria, Siria, Afganistán) y son muy cautos en su proceder para ampliar comercio o inversión.
En el siglo XX en tan gélido país tuvieron experiencias muy desagradables con lo que se llama CREDITOS RELACIONADOS. Este vicio financiero consiste en que un banco obtiene ahorro del público ahorrador o coloca bonos de deuda con un solo fin: otorgar a sus propios accionistas créditos muy ventajosos.
Los grupos industriales canadienses abusaron tanto de esta conveniente practica hasta que forzaron el esquema y quebraron sus bancos. Desde entonces en Canadá si usted es industrial no puede tener un banco. Las normas canadienses serían vistas en México como una aberración, pero allá se respetan y así evitan pasarle al contribuyente canadiense o a sus hijos, nietos y bisnietos la carga que para nosotros significa hoy día FOBAPROA.
¿Tienen ustedes idea de cuánto efectivo corrió para que en México las deudas privadas se volvieran deuda pública?.
Este es un claro ejemplo que somos una sociedad que no le importa el futuro de las siguientes generaciones que vienen a ser las que tendrán que seguir pagando los costos en calidad de vida del esquema que el Gobierno Federal utilizó en la quiebra bancaria junto con permitir el anatocismo a finales del siglo XX.

 

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