Jorge PECH CASANOVA*
Fotografías: Jorge Luis Plata
Las artes se nutren de muchos veneros, y uno de ellos es la relación del artista con sus ascendientes. Desde el sentimiento filial más intimista y recatado (como el que plasmó James Whistler en “Retrato de la madre del artista”) hasta las inquietantes o exasperantes imágenes que han dejado Francisco de Goya (“Saturno devorando a su hijo”) o Ilya Repin (“Iván el Terrible y su hijo”, en la cual el zar abraza —quién sabe si arrepentido o aún iracundo— al vástago al que acaba de matar).
De la variadísima cantidad de reacciones de artistas frente al legado de sus padres, llama la atención el melancólico retrato de su padre que realizó Frida Kahlo en 1951, en el cual se aprecia la efigie de un hombre al que la pintora no intenta o no puede retratar de manera idealizada, sino con un ademán de zozobra.
Consciente de ese rasgo, la artista añadió una leyenda a manera de ex voto que informa: “Pinté a mi padre Wilhelm Kahlo de origen húngaro alemán artista fotógrafo de profesión, de carácter generoso inteligente y fino valiente porque padeció durante sesenta años epilepsia, pero jamás dejó de trabajar y luchó contra Hitler, con admiración su hija”. (La irregular puntuación del original se respeta).
Ante las obras de la serie “Cartas a mi padre. Pintura como correspondencia íntima y arquitectura de la memoria”, de Itzmalli Coca, a la mente acude —en antítesis— el ejemplo de Kahlo como cronista de la historia paterna. La pintora nacida en la Ciudad de México trazó una efigie “irregular” de su progenitor y para completarla escribió un texto admirativo. Con un retrato y un letrero (que es, al fin, otra manifestación de la iconografía), Kahlo completó la imagen de su padre.

Itzmalli Coca no pretende en sus obras retratar a su padre, sino algo más sutil y laborioso: consignar un diálogo con el padre ausente, derramar sobre ese esfuerzo confesional una carga pictórica y velar el testimonio de una compleja relación padre-hija con las obras concluidas. (Velar, en español, es un verbo multiforme y problemático, pues tan pronto significa permanecer sin dormir durante la noche, acompañar a una persona en su sueño, encubrir o matizar algo que es demasiado evidente, o aun acompañar a un cadáver en sus últimas horas sobre la tierra).
Así, en el fondo de esta labor pictórica no está el pincelazo que cubre de color el lienzo, sino una escritura que urge a su autora confrontarse con las desgarraduras que le dejó la relación con su progenitor. Después, viene el esmerado proceso de configurar una iconografía personal sobre los rasgos-rasgaduras de esa caligrafía confesional.
El proceso de escribir-pintar estos cuadros se afana en restañar las erosiones psicológicas de la artista, encarando los desencuentros con la figura paterna, hasta lograr tersas superficies en las que el óleo, el encausto, el temple y otras materias pictóricas otorgan al espinoso gesto confesional una tersura y una luminosidad que parte de una zona oscura y logra colocar, a la sombra de la confrontación con el pasado, un espacio en el que resplandece la tenaz conversación de la artista, ya no con sus fantasmas, sino con las y los vivientes que examinan sus pinturas.

*Director del Museo de los Pintores Oaxaqueños









