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CARPE DIEM
Los príncipes del bienestar

NÉSTOR Y. SÁNCHEZ ISLAS                                                                  nestoryuri@yahoo.com

En México, la desigualdad no solo se mide: se exhibe. A veces con cifras, otras con
escenas que la condensan con una precisión incómoda. El episodio en torno al hijo
de Marcelo Ebrard —alojado como “huésped” en la embajada de México en
Londres— no es un desliz menor ni una anécdota doméstica. Es una radiografía del
modo en que el poder, pese a los discursos de renovación, sigue operando como
una extensión de los privilegios familiares.
Esto no es un hecho que haya sucedido o nos afecte directamente, pero en nuestro
contexto local sirve muy bien para exhibir los contrastes entre la nueva clase
principesca que se adueñó del país en nombre de los pobres, y la vida de los
verdaderos pobres que luchan día a día para salir adelante. Lo verdaderamente
perturbador no es el hecho aislado, sino el contraste que revela.
Mientras algunos se van a hacer investigación de Maestrías y habitan residencias
diplomáticas en una de las ciudades más caras del mundo —donde una renta puede
rebasar con facilidad las 5 mil libras mensuales—, otros mexicanos construyen su
vida desde la intemperie. No como metáfora, sino como condición material.
Con el apoyo de EL IMPARCIAL, el año pasado hicimos la difusión de trabajo de
investigación de jóvenes doctorandos oaxaqueños, tanto en universidades locales
como nacionales e, incluso, del extranjero. Todas las historia de estos jóvenes son el
contraste opuesto a la vida principesca del hijo de Marcelo, quién nos pide que lo
justifiquemos porque, según él, solo es un padre comprensivo. Les aseguro que los
padres de cada uno de los jóvenes investigadores también lo son, pero la diferencia
es que ellos no pertenecen a la aristocracia del bienestar.
Sus historias tienen casi todo en común, algunas más extremas que otras. Tomados
al azar del archivo hemerográfico recordamos al Doctor en Matemáticas Juan
Vásquez Aquino, ex alumno del SUNEO. Nació en la 9ª Sección de Juchitán. A sus
4 años mataron a su padre y, para sobrevivir, su mamá lo puso a vender frutas
desde ese momento, al igual que a sus otros hermanos. Su lengua materna es el
zapoteco que, en su caso y para cuando tuvo que dejar Oaxaca, fue motivo de burlas
y discriminación.
Admirable el caso de Martha Roxana López Pérez, ex alumna del CIIDIR, que nació
en medio de la adversidad en una comunidad tan pequeña que ni siquiera aparece
en los mapas. Se llama Zaragoza Siniyuvi y es una agencia municipal de San Pedro
Siniyuvi, Putla, que está a una distancia de siete horas desde la capital oaxaqueña.
También para ella su lengua materna, el mixteco, fue una desventaja que supo
transformar en una gran oportunidad. Contra todo pronóstico y con muy escasos
medios se convirtió en una gran investigadora sobre los quelites, una maravillosa
planta que es la base de la alimentación de muchas comunidades.Otro oaxaqueño de excelencia, Erick Daniel Cruz Mendoza, un Doctorespecializado en la Comunicación de la Ciencia por el prestigiado institutoFLACSO. Hijo de un trabajador del volante y oriundo de Ixcotel, con el apoyo de sufamilia y las escasos recursos de que podía disponer, ha llegado tan alto que puedepublicar sus ensayos en revistas indexadas de nivel internacional en las que nocualquiera puede.
Así como ellos, tenemos las historias de Edith Bernabé, increíble investigadora del
área de la genética, o Alberto Rosales, un extraordinario astrofísico que trabaja con
un equipo internacional en la universidad La Sorbona de París. Estas cinco
historias de superación anulan toda justificación de Marcelo Ebrard, a quien
solamente se le puede catalogar como cínico y mezquino.
La sociología ha descrito este fenómeno con precisión. Pierre Bourdieu lo llamó
“reproducción social”: los privilegios no desaparecen, se transmiten. Se vuelven
capital cultural, contactos, oportunidades que parecen naturales, pero que están
profundamente condicionadas. La nueva aristocracia mexicana ha convertido,
como lo hizo el PRI, al gobierno en patrimonio propio y de uso personal. El caso
del príncipe Ebrard encaja con precisión: no hace falta demostrar ilegalidad para
advertir el abuso. Basta con observar quién puede acceder a ciertos beneficios y
quién no. Nuestro jóvenes investigadores son ejemplo de precariedad y lucha por
subsistir.
Y al caso del príncipe Ebrard hay que sumar el de los príncipes Bartlet, Noroña o
López Beltrán. También las princesas Monreal, Alcalde o “dato protegido”. Todos
ellos viviendo para el pueblo y por el pueblo. El columnista José Luis Martínez de
Milenio los define muy bien: son los “jijos” del bienestar.
Por eso, cuando desde el poder se solicita comprensión para justificar privilegios
familiares, el mensaje no solo resulta contradictorio: es profundamente ofensivo y
no, no necesitamos más retórica de superioridad moral.

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