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NÉSTOR Y. SÁNCHEZ ISLAS                                                                                          nestoryuri@yahoo.com

 

Lo construido durante tantos años parece que ha llegado a su límite, que Oaxaca pierde su liderazgo turístico. No es un asunto menor ni para dejarlo en manos de funcionarios que, por su trayectoria, es evidente que carecen de la capacidad para estar al frente de un legado de historia y cultura.

Para estas fechas, como si fuera un acto de fe con toda su liturgia ceremonial, dábamos por sentado que, por los siglos de los siglos, la Guelaguetza era un éxito consumado.

Para el mes de julio lo normal era no encontrar hospedaje, los restaurantes y sitios turísticos llenos y las cuentas alegres sobre la derrama económica que, tradicionalmente, se concentra en pocas manos. Llegó el momento en que dábamos por sentado que, con solo invocar la Guelaguetza, el mundo se rendía a nuestros pies.

Pero la narrativa empieza a declinar, incluso con acciones que pasan de ser solo comentarios en redes sociales a la acción en las calles: protestas, todavía pequeñas, contra la turistificación. A Oaxaca le sucede como a personas triunfadoras: se cansa del éxito.

Por un lado, empresarios hoteleros comenzaron a expresar públicamente su preocupación por el bajo nivel de reservaciones en vísperas de los Lunes del Cerro. Por el otro, apenas semanas antes, el gobierno estatal proyectaba una ocupación hotelera superior al 80 por ciento y una derrama económica que volvería a romper récords.

Pero ojo, las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo. Como periodistas nuestra obligación es hacer preguntas ante la evidente divergencia de lo que dice el gobierno y la realidad.

Los tiempos cambian. Hoy miles de viajeros ya no llegan a un hotel; alquilan un departamento. Otros permanecen dos noches donde antes pasaban cinco. Muchos reservan a última hora. El visitante cambió, y las formas de medirlo también deberían cambiar.

Hay señales de alerta y debemos atenderlas. Los destinos turísticos, al igual que las personas, envejecen, no pueden vivir eternamente de su prestigio porque, aunque la fama abre puertas, no garantiza que así permanecerán. Y esto es trabajo tanto para el gobierno como para la sociedad en general. Oaxaca requiere innovación y no ocurrencias.

Tener la Guelaguetza es un privilegio cultural único. Es tal su fama que ya no necesita más presentación. Su nombre es conocido y se difunde por el mundo aparentemente por si solo. Y ahí está el problema, que desde el gobierno se cree que con eso basta para asegurar su éxito eterno.

Mientras el gobierno actual se distrae en banalidades cambiando el nombre de nuestras costumbres, como el caso de llamar ahora “calenda cultural” al tradicional desfile de las delegaciones o nosotros mismos seguimos confiados en que por ser el “ombligo cultural” de México todo está resuelto, en otras ciudades trabajan los expertos, sociedad y gobierno en mejorar su infraestructura, promoción, movilidad, seguridad o conectividad.

Por profundas que sean nuestras tradiciones, éstas cambian y se actualizan con el tiempo. Sin embargo, lo que hemos visto es el desmantelamiento de instituciones, como el Comité de Autenticidad, para dar paso a algo peor que aquel comité: la revancha, el resentimiento y la ignorancia de quienes hoy toman las decisiones al respecto. Es importante arrebatar la iniciativa al gobierno y hacer de la Guelaguetza una fiesta de la sociedad civil. Los fondos, por ley, el gobierno debe ponerlos.

Vistos los números, no basta con traer turistas, hay que retenerlos por más días, que al volver a su ciudad de origen nos recomienden y que la experiencia que se lleven de Oaxaca sea digna de la fama de la Guelaguetza.

Las malas cifras de hospedaje son una alerta a tiempo, no hay que esperar a otra crisis como la provocada por la APPO en 2006. Hay una frase atribuida al economista Peter Drucker que conserva plena vigencia: la cultura se desayuna a la estrategia. En Oaxaca solemos invertir la ecuación. Confiamos tanto en nuestra cultura que, a veces, olvidamos la estrategia.

No creo que la Guelaguetza esté en declive, lo que vemos son políticas erradas y fuera de tiempo que no pueden acomodarse a las nuevas formas de turismo. Mientras la capital decrece, los destinos como Huatulco y Puerto Escondido están creciendo como nunca. Es natural por efecto de la nueva carretera y ese boom turístico ya ha creado enormes problemas en la costa, como la delincuencia, la extorsión y o la prostitución infantil.

El debate no debería centrarse en si el gobierno tiene éxito o fracasa. Esa discusión pertenece al terreno político. La verdadera pregunta es si Oaxaca continúa siendo tan competitivo como creemos en un mercado turístico cada vez más disputado.

 

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