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Valeria Sabater, Licenciada en Psicología por la Universidad de Valencia en 2004. Master en Seguridad y Salud en el trabajo, comenta:

Las personas que buscan siempre el reconocimiento de los demás, son personas que esperan que se valoren sus acciones, sus palabras, sus comportamientos, sus actitudes e incluso su físico. Cuando estas necesidades se vuelven casi obsesivas estaríamos hablando de un reconocimiento poco saludable. Es que busca en el exterior lo que no encuentra en el interior.

HISTORIAL
En la escuela era puntual y respetuoso, me gustaba que me pusieran como ejemplo. Me trasladé a la ciudad para estudiar una carrera universitaria. Estando como recamarero ponía todo mi empeño y lo mismo me admiraban; todo eso era normal para mí.

Al estudiar la carrera profesional mi forma de pensar y de actuar fue cambiando, quería ser mejor o igual que mis compañeros de clases. Al terminarla, busqué gente con poder económico y político y así obtener un trabajo e impartir justicia. La fama empezó a llegar a los diferentes lugares en los que trabajé. Me gustaba que las personas me saludaran con excesivo respeto en las reuniones o fiestas donde era invitado, sentarme siempre en el lugar de honor, ser siempre el primero al que anotaran en la comida y bebidas, y que éstas fueran de calidad y caras.

Me reunía con las familias ricas de los distritos, ya que mi objetivo era salir con diferentes mujeres: esas eran mis ambiciones. Qué me iba a acordar que tenía una esposa e hijos; de mi responsabilidad en sus alimentaciones, ropa, escuela, medicinas. Solamente pensaba en mi situación personal: reconocimiento, fama, tener una o dos chicas en cada lugar, y completar con la ambición de ganar mucho dinero, no importaba que fuera robando. Deseaba tener poder económico para adquirir regalos costosos y así conquistar a las chicas; quise comprar coches lujosos para exhibirme, pero nunca pude hacerlo.

No me di cuenta que, con la forma constante de tomar bebidas alcohólicas, mi manera de beber se me estaba saliendo de control, pensaba que tomar mucho y aguantar era ser muy fregón; tuve que verme tirado en la cama y vomitando sangre para darme cuenta de mi alcoholismo.

A pesar de estar en ese mundo del poder político, burocrático y económico me sentía jodido, pobre e ignorante; ya que me invadía el miedo al no poder usar el mismo lenguaje. Mi comportamiento era torpe y pensaba a cada momento: “¿Qué hago para sentirme bien?”, lo que me generaba angustia. El no poder gastar tanto dinero como lo hacían esas personas me llenaba de desesperación.

Hoy, con la terapia del Movimiento Buena Voluntad 24 Horas de Neuróticos Anónimos mi vida ha cambiado, los miedos y la angustia han disminuido, pero si vuelven a intranquilizarme lo comento en el grupo y me siento mejor.
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