Por Mtro. José Ma. Villalobos Rodríguez
En el Imperio Romano llegaron a gobernar Césares con personalidades muy excéntricas, rayando casi en alguna forma de locura. Calígula que hizo coronar a su caballo, Nerón que mandó incendiar Roma, Julio César que no quería dejar el poder absoluto hasta que murió a cuchilladas provenientes de su propia burbuja. Destacaron Los Borgia por su afición a deshacerse de sus enemigos por la vía rápida. Así decenas de psicóticos empoderados; la mayoría fueron genocidas.
Recordemos que para todos los credos occidentales los humanos de piel oscura eran tratados como animales y se justificaba así su esclavitud y tráfico. Hasta el Concilio de Trento fue que la iglesia católica aceptó que las mujeres tenían también alma.
Las democracias tienen ciertos cortafuegos para evitar el ascenso al poder de “gobernantes borderline”, pero en ocasiones son rebasadas por los atributos y propaganda con que se conectan o hace clic con la gente.
Después de una grave hiperinflación y hambruna en Alemania Adolfo Hitler ejerció su embrujo del gusto germano de finales de los 30 reforzado por artilugios de imagen –sonido– pioneros para el manejo de las masas vía la propaganda.
Vaya hasta los judíos alemanes le creyeron. Tardaron en darse cuenta lo que significaba realmente la frase “ARBEIT MACHT FREI” – EL TRABAJO OS HARA LIBRES, con la que los campos de Auschwitz los recibía con los brazos abiertos.
En la misma ruta evolutiva transitaron en los 60 los conciertos masivos de rock que saltaron de ser contestatarios contra la guerra, el hambre o a favor del medio ambiente a volverse minas de oro.
La veta más duradera y rentable son los conciertos en gira mundial de los Rolling Stones –liderados por Mike Jagger– (semi–economista de la London School of Economics). Jagger cayó en cuenta que la explotación comercial de sus canciones iba a sacar de la pobreza a muchos, pero no a su grupo. Se deshizo de los parásitos intermediarios y a enriquecerse por décadas con sus compañeros. Son ya tantas vueltas al mundo que han dado los Stones que ningún navegante o astronauta se les acerca. Cuasi octogenarios siguen viajando y tocando pese a que de repente un semi infarto parezca detenerles.
Como un hibrido de grupo de rock exitoso y comunicador explosivo, con gran experiencia en explotar la televisión y los medios electrónicos surgió Donald Trump –egresado de la escuela de negocios Wharton de la Universidad de Pennsylvania–.
Mr. Trump, empresario egocéntrico y tormentoso, que después de ciclos de auge y desplome (“boom and bust”) en negocios inmobiliarios, casinos y una liga fallida de futbol americano desarrolló una notoria habilidad para evadir impuestos; tipo facilote para llevar una vida de múltiples escándalos, alejado de ser un mínimo de gente decente y bien hablada.
Participó por años en un programa de televisión al cual acudían concursantes con ideas de nuevos negocios o productos. Los hacia talco y disfrutaba su grosero sarcasmo cada semana. Experto en usos de la propaganda y nutrirla con una sarta de mentiras fantasiosas. Como en el caso de Hitler, al principio no le fue bien. Se cambió del Partido Demócrata al Republicano buscando encontrar más eco, ya que no se le tomaba en serio. Donald siempre gustó de asociarse con personajes alejados de la honestidad y más proclives a los delitos de “cuello blanco” (fraudes) y a la discriminación racial.
Tras ganar sorpresivamente la Presidencia en 2016 a Hillary Clinton explotó en grande su ego y se dedicó a gobernar para él y los intereses de los más ricos.
Como tsunami se empeñó cuatro años en desmantelar el orden mundial:
• Mentir sistemáticamente sobre la no peligrosidad del virus COVID 19 y no escuchar a los virólogos. Soberbia inexcusable en un líder nacional.
• Practicar el tráfico de influencias y no respetar la transparencia en el uso de los recursos públicos.
• Encarecer el acceso a servicios de salud y educación.
• Proteccionismo con aranceles a tontas y a locas -pese a que los propietarios de las empresas manufactureras en China eran estadounidenses-.
• Con la Unión Europea restringió la colaboración militar; se dedicó a alentar que la Gran Bretaña abandonara el bloque comercial.
• Se volvió peón del astuto Vladimir Putin y de los jeques petroleros árabes.
• Libró una cruzada contra la emigración hacia Estados Unidos y siguió con la construcción de un muro entre territorio mexicano y el yanqui.
• Tolerancia y hasta aliento a la represión policiaca ultra violenta en su propio país –especialmente contra gente de color–.
• Justificar las agresiones de blancos radicales a minorías se volvió política pública.
• Desdén y burla a los puertorriqueños afectados por huracanes.
• Salirse del Acuerdo de París. Ampliar ad infinutum el fracking, además de dar permiso para explotar petróleo en Alaska y carbón en territorio continental. Negar la existencia y daños del cambio climático.
• Procacidad y ataques frecuentes a las mujeres (propias o ajenas).
• Uso irreflexivo y vulgar del lenguaje para descalificar al prójimo a su antojo.
• Utilizó mensajes de twitter como ametralladora contra quienes osaran discrepar de su forma de ver las cosas –dentro y fuera de Estados Unidos–.
Su apretada derrota ante su némesis Biden nos deja una lección:
Si el uso perverso de los medios de comunicación cuando se vuelven transmisores de contenidos falsos pueden llegar a acabar con la salud y economía del país más poderoso del mundo: ¿qué no podrán hacer con naciones como la nuestra que tiene mucho menos anti cuerpos para las mentiras?







