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Milka IBÁÑEZ*

CDMX.- Tras años de distancia, una hija regresa a la casa de su infancia para reencontrarse con su padre, detonando un proceso íntimo donde ambos deberán confrontar el pasado y redefinir su relación.

Valor sentimental es una de esas películas que no buscan deslumbrar con muchos conflictos, sino quedarse contigo discretamente, como una pieza que complica el orden y eso hace que tarde en acomodarse, porque los procesos de reenvención no son inmediatos.  Su reciente reconocimiento como Mejor Película Extranjera en los Oscar no solo valida su intima y potente historia, sino también su sensibilidad para hablar de aquello que muchas veces preferimos evitar: las heridas que heredamos y que, sin darnos cuenta, moldean nuestra forma de estar en el mundo.

En el centro de la historia está la relación entre un padre y su hija, atravesada por años de distancia emocional, silencios incómodos y palabras que nunca se dijeron a tiempo. La película entiende algo profundamente humano: que los conflictos no resueltos en la infancia no desaparecen, se transforman. Se vuelven fantasmas que nos acompañan en la adultez, que aparecen en nuestras decisiones, en nuestras relaciones y, sobre todo, en nuestra manera de amar.

Aquí, el conflicto no se grita, se respira. Está en las miradas que esquivan, en los gestos contenidos, en la imposibilidad de nombrar el dolor. Sin embargo, lo más valioso de Valor sentimental es que no se queda en la fractura. Apuesta por la posibilidad de reconstrucción. Nos recuerda que, incluso cuando todo parece roto, el vínculo familiar, con todas sus complejidades, puede ser también el punto de partida para una nueva forma de encontrarse.

Uno de los elementos más poderosos de la película es su relación con el espacio. La casa donde se desarrolla gran parte de la historia no es solo un escenario, es un personaje vivo. Sus paredes, sus grietas, sus sonidos, todo guarda memoria. No solo la de esta familia, sino la de generaciones que han habitado ese mismo lugar. Hay una sensación constante de que cada rincón está impregnado de historias pasadas, desde movimientos sociales, de cambios de época, de vidas que se entrelazan sin conocerse.

La casa se convierte en un archivo emocional. En ella habitan tanto los recuerdos como los olvidos. Y es ahí donde la película logra algo muy especial: hacernos conscientes de cómo los espacios también construyen identidad. Cómo lo que escuchamos, lo que vemos y lo que sentimos en esos lugares se queda con nosotros, incluso cuando creemos haberlos dejado atrás.

Valor sentimental  no ofrece respuestas fáciles ni redenciones inmediatas. Lo que propone es mucho más honesto: un proceso. Uno donde el amor no es perfecto, pero sí persistente. Donde el pasado no se borra, pero puede resignificarse. Y donde, a pesar de todo, siempre existe la posibilidad de volver a empezar. Y aparte viene con guiños sobre la creación cinematográfica, los cambios de la industria y cómo este gremio permea en quiénes cuentan sus historias durante años, el cine como una excusa perfecta para poder contar la historia de esta familia.

Es una película que duele, pero también acompaña. Que incomoda, pero abraza. Y que, al final, nos deja con una certeza suave pero firme: nunca es demasiado tarde para reconstruir lo que creíamos perdido. Disponible en la plataforma MUBI, películas que dejan el corazón bonito.

 

*Oaxaqueña, productora de cine, gestora cultural y directora del Festival Internacional de Cine y Comedia 24 Risas por Segundo.

 

 

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