Toño SALDAÑA*
BARCELONA, ESP.- Hace un mes aproximadamente publiqué un meme en Instagram, decía algo como: “¿Por qué si el coach del gimnasio sabe tanto está panzón?”, no iba con indirecta, sin embargo, un entrenador que se decía mi amigo se ofendió mucho, a tal grado que me escribió para reclamarme y yo al ver su molestia le pedí una disculpa (es lo que hacen los adultos), sin embargo él respondió con “no acepto tu disculpa” para después decir “tu meme me arruinó el verano”.
Conozco a muy poca gente o casi nadie que acepte su propio ego. Para la mayoría el ego siempre lo tiene el otro: el amigo que necesita ganar cada conversación, el compañero al que se le agria la cara cuando aplauden a alguien que no es él, o esa persona que interpreta algo sin como si fuese personal e irreparable. Pero nosotros no. Nosotros solo tenemos carácter.
Pero ahí está, sentado a nuestro lado desde hace años. El ego no nace de la nada: se fabrica en la infancia, cada vez que un niño aprende que lo quieren más cuando saca buenas notas, cuando no da guerra o cuando destaca. Ese niño crece pensando que su valor depende de un marcador que hay que defenderlo con uñas y dientes el resto de su vida. Así que el ego, en el fondo, es un mecanismo de protección que se quedó anticuado en los adultos: nos sirvió para sobrevivir a la aprobación ajena de pequeños, pero ahora conduce nuestra vida como si siguiéramos en el patio del colegio.

¿Cómo saber si lleva las riendas? Fíjate en lo que te pasa por dentro cuando alguien te lleva la contraria. No hablo de tener razón o no, hablo de esa descarga que sube por el pecho en cuanto cuestionan lo que dices, y de las ganas casi automáticas de devolver el golpe con un argumento que deje al otro callado. Ahí el ego se frota las manos, porque a él nunca le ha interesado entender: le interesa ganar. Y confundir esas dos cosas nos ha costado más de una amistad y más de una pareja.
Y ojo, que esto no se queda en la infancia. Se nota igual en cómo discutimos con la pareja, en cómo reaccionamos cuando un amigo nos da su opinión sin que se la pidamos, en cómo nos sienta que alguien nos corrija delante de otros o cuando alguien publica un meme sin mala intención. El ego convierte cualquier desacuerdo en un examen, y a nadie le gusta suspender delante de gente. Por eso muchas discusiones no son realmente sobre el plato sucio o la llegada tarde: son sobre quién se queda con la razón, que es la moneda que el ego más valora.
Otra pista, más sucia todavía, es lo que sentimos cuando a otro le va bien. Publica un libro, consigue el trabajo que quería o se enamora, y en vez de alegrarnos aparece un comentario mezquino en la cabeza: “tampoco es para tanto”, “ha tenido suerte”. El ego lleva una contabilidad muy precisa de quién tiene más, quién sabe más, quién brilla más, y en cuanto alguien sube en esa lista, siente que a él lo bajan un escalón, aunque nadie lo haya tocado.
Luego está el teatro. Subimos a un escenario con la versión editada de nosotros mismos, la que cae bien, la que parece que lo tiene todo controlado, y nos pasamos media vida pendientes de si el público sigue aplaudiendo. El problema llega el día que el público se va: sin nadie mirando, no sabes muy bien quién eres detrás del personaje.
La buena noticia es que la pregunta no es si tienes ego, porque lo tenemos, y además cumple su función: nos ayuda a poner límites y a sostener una identidad. La pregunta es quién lleva el volante. Se puede aceptar un cumplido sin necesitar diez más, ganar una discusión sin restregarla, equivocarse sin que se te caiga la casa encima, admirar a alguien sin convertir su éxito en tu fracaso. Y sobre todo, se puede decir “no lo sé”, tres palabras que para el ego suenan a rendición y que, en realidad, son la prueba más clara de que ya no necesitas demostrar nada.
Madurar tiene mucho que ver con eso: dejar de necesitar parecer, y empezar simplemente a ser. El día que dejas de necesitar estar por encima de nadie descubres algo curioso: tampoco necesitas estar por debajo. El ego sigue ahí, en el asiento del copiloto, opinando de vez en cuando. Pero ya no conduce él, y esa diferencia, aunque parezca pequeña, es la que separa a alguien tranquilo de alguien que discute hasta con el espejo.

*Master en coaching en inteligencia emocional y PNL por la Universidad Isabel I de Castilla. Nº 20213960.
Diploma en especialización en coaching y programación neurolingüística (PNL) por la Escuela de Negocios Europea de Barcelona.
IG: tonosaldanaartista
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