José Antonio Hernández Fraguas
Hay quienes aseguran que AMLO es un genio de la comunicación y que su estrategia personal es lo que ha mantenido sus altos niveles de aprobación en las encuestas que miden la popularidad y el respaldo que recibe como gobernante, y sí, es indudable que su decisión de aparecer todos los días, durante dos o tres horas en lo que se conoce como la conferencia mañanera, para decir lo que quiere y contestar algunas preguntas, también cuando quiere, ha servido para fijar la agenda diaria nacional y para centrar los temas que él mismo quiere que sean reproducidos en los medios y que sean analizados y discutidos hasta en la mesa de muchas familias en el país.
Durante los tres primeros años de su gobierno, el presidente se dedicó a repetir lo que una buena parte de la población quiere oír, y a descalificar a todo aquello que pudiera contraponerse a su visión personal o a su interés político. Que ya no hay corrupción, lo que notoriamente no es cierto pero se disfraza muy bien desde el discurso oficial; que no somos iguales, que se acabaron los privilegios y que el pueblo manda, lo que tampoco es cierto pues hay muchas cosas que desmienten esos dichos; que primero los pobres, y ahora resulta que se ha incrementado la pobreza; que habría transparencia y honestidad en el manejo de los recursos, y la gran mayoría de las contrataciones en todas las dependencia se han hecho sin licitación y por adjudicación directa, y se reserva la información de lo importante; que la economía crecería al 5 % anual, y obviamente no hay tal crecimiento, y muchas otras frases que forman parte de su discurso político, repetido insistentemente con la intención de que se vuelva cierto.
Y claro, es un discurso que impacta a una población cansada de la corrupción, harta de ser engañada por mucho tiempo, y necesitada de esperanza para que cambien las cosas, es un discurso que llega a los intereses más íntimos de quienes se sienten traicionados y olvidados por los gobiernos anteriores, y eso hace que la oferta atractiva de terminar con todo lo malo del pasado se convierta en apoyo casi incondicional o en apoyo a la popularidad de quien lo ofrece. Pero, a partir del cuarto año, y en lo que va de este quinto año de gobierno, también se ha empezado a notar una gran desilusión y hasta decepción de muchos que han declarado públicamente, o al interior de su grupo de influencia, o hasta en corto y con cierta vergüenza, que no han visto esos resultados y que si hoy tuvieran que votar porque continúe éste estilo de gobierno, no lo harían.
Sin dejar de reconocer que también hay cosas positivas,la diaria confrontación del presidente con distintos sectores, ha generado molestia y reacción en quienes, en su momento, fueron promotores y defensores de aquella esperanza. La descalificación, la acusación y a veces hasta la ofensa, han demeritado ese discurso al confrontarse con los intelectuales, con los artistas, con los universitarios, con los abogados, con los médicos, con los académicos, con los investigadores, con los medios de comunicación, con las y los periodistas, en fin con todo aquel que no piense igual que él y que en automático quedan convertidos en conservadores, fifís, corruptos o corruptazos, vendidos o alquilados, etc.
La descalificación a los órganos autónomos constitucionales y el desprecio a la división de poderes, especialmente atacando directamente al poder judicial, y la desafortunada política exterior, peleando con España, con los congresistas de la Unión Europea, con Estados Unidos y Canadá por incumplimiento del TMEC, con Perú, y por otro lado manteniendo silencio o respaldo con lo que sucede en Nicaragua, en Venezuela o en Cuba, han propiciado severas críticas a nivel nacional e internacional, y han reducido el apoyo de muchos que antes parecían convencidos, lo que ha irritado notoriamente al jefe del poder ejecutivo.
Esa irritación se nota, cada vez más, en la respuesta mañanera a todo lo que resulta incómodo, y también, cada vez más, se sube el tono de la descalificación directa, como lo que sucedió el pasado viernes, cuando, ante la pregunta de la reportera Nayeli Roldán, de animal político, sobre el presunto espionaje a periodistas y ciudadanos, el presidente reaccionó de una manera agresiva, grotesca y hasta grosera en contra de la periodista y de otros medios llamándoles contrarios a su gobierno, que están al servicio de la oligarquía, que quieren regresar a sus privilegios, que son corruptos, que se venden o se alquilan para golpearlo, y, en fin, durante casi 40 minutos, evadiendo una respuesta directa a los cuestionamientos y señalando con el dedo a su interlocutora, que aguantó el embate, como profesional, digna, serena, y se despidió entregando las pruebas de lo que estaba diciendo para que fueran analizadas y consideradas. Inmediatamente después, el equipo de comunicación, para endulzar el amargo momento, le dió la palabra a otra reportera, de un portal local de Tabasco, quien se desvivió en elogios al presidente.
Yo estoy seguro que todas las mexicanas y todos los mexicanos quisiéramos ver a nuestro presidente más sereno, receptivo, como estadista, abierto a la crítica, demócrata, respetuoso de la ley, eso tendría, sin duda, mejores resultados en la percepción y aprobación local y en el exterior. Todavía se puede, ¿o no?








