Por: Mtro. José María Villalobos Rodríguez.
Tomándole prestado a Don Octavio Paz el título de esta semana, hemos transcurrido once
meses de un año atípico donde la humanidad ha sido puesta en jaque a partir del menú chino
que incluye platillos a base de murciélago que fue utilizado hábilmente como huésped de un
virus muy astuto y contagioso. Las conexiones aéreas internacionales –uno de los prodigios
de la “globalización” económica aceleraron en contagio sin que al inicio se calibrara el
potencial peligro de contagio y muerte en pocos días.
Una vez decretada la pandemia por la Organización Mundial de la Salud (OMS) Noruega y sus
expertos en salud pública minimizaron su alcance y optaron por dejar hacer, dejar pasar.
En España tampoco lo tomaron muy en serio y en la primera oportunidad se fueron a la playa
o al famoso “botellón” (borrachera en las calles y plazas) dado que tampoco iba a suceder
nada. En la Unión Americana su propio Presidente redujo la peligrosidad del COVID 19 a un
catarrito y culpó a los chinos de omisión y descuido imperdonable. Llegó a sugerir un complot
o que China pagara al mundo tanto contagio. Unos meses después y en su tónica destructiva
usual exigió la salida de su país de la OMS puesto que costaba muchos dólares mantenerla y
de poco servía – que para epidemias, estaban satisfechos con la de el.
En Latinoamérica privó la omisión o el tomar el asunto con mucha calma. El ex militar que hoy
gobierna en Brasil (no precisamente con talento) siguiendo la línea de Donald puso en práctica
aquella frase atribuida a Carlos Salinas de Gortari (“Ni los veo, ni los oigo”) a propósito de las
autoridades sanitarias como la OMS o su propio gabinete de salud pública.
El gobierno socialista ( ? ) en Nicaragua ni siquiera tomó nota de la pandemia y por sus
pistolas la vida siguió inalterable; los argentinos siguieron su vida normal (lamentos, impagos,
exaltación futbolera y churrasco) y no hicieron los honores al COVID 19.
En México ya habíamos tenido experiencia de como bastan unas palabras de alguna autoridad
federal para que a nuestro invencible país no se atrevan a entrar bacterias o virus.
Fue el caso del Doctor Kumate, Secretario federal del Salud que en el caso de la bacteria del
cólera tajantemente declaró a los medios que “en México no entrará el
cólera”…desgraciadamente la bacteria no se dio por enterada, no obedeció y nos llenamos
de casos de cólera….
No intimidó al mexicano un virus neutralizable con un escapulario dado que en la Guerra
Cristera los curas católicos del Bajío dieron esa seguridad a los católicos combatientes contra
los federales. Portar el escapulario era una garantía de que las balas no los tocarían. Las balas
se negaron a obedecer a los curas y hubo cientos de fieles católicos muertos a plomazos.
El pensamiento mágico mexicano tan abundante y creativo está tan enraizado en el “pueblo
sabio” que resulta difícil contrariarlo, mucho más derrotarlo. Su manantial es inagotable ya
que se nutre de tal cantidad de mitos pre hispánicos, virreinales, republicanos, monárquicos,
porfirianos, priistas, panistas, etc.
Prevalece en la mayoría de la gente que a través de los siglos siempre los mexicanos han sido
buenos, bonitos y baratos. Que somos tan trabajadores como los japoneses, tan veraces como
los europeos, tan cumplidores como los asiáticos y tan cultos como los franceses.
Prevalece en el imaginario colectivo la idea (muy difícil de compartir) que México hoy día no es
una potencia mundial pero que por culpa de los gringos no hemos podido concretarlo.
Siempre que logramos una gran “victoria” en la que las armas nacionales se cubran de gloria
(como cuando con un gol del Chucky Lozano humilló el Tricolor a la poderosa escuadra de
ALEMANIA, el campeón mundial) se enciende el delirio generalizado de poseer una grandeza
singular. Suecia y Brasil nos desinflaron en unos días la euforia y volvimos a la depresión.
Llega uno a la conclusión de que los mexicanos no hemos podido lograr la madurez de ser
realistas. En cambio se ha exacerbado un nacionalismo o localismo ramplón muy generalizado.
Los mitos locales son infinitos. Los regiomontanos que producen el 7% del PIB aseguran que
ellos mantienen al resto del país. La gente del Bajío aún cree ser el “granero de México” –
aunque hoy día sea Iowa, Canadá o Illinois desde donde nos llega maíz y trigo. Los de Parras
en Coahuila o los de San Quintín en Baja California aseguran producir el mejor vino del mundo,
como sucede con los mezcaleros que le otorgan a su tequila dones eróticos mágicos –sin
prueba científica alguna.
La gran lección del año 2020 para México es que nos puso en el espejo nuestra verdadera cara.
La salud y la economía en jaque desnudaron una nación muy alejada de las creencias de
grandeza de sus habitantes. Mediante decreto federal que impedía legalmente trabajar se
perdieron millones de empleos precarios, se paralizó la construcción, la industria, el turismo,
los servicios de restaurantes y bares, la minería, los centros comerciales..etc.
El hallazgo de vacunas podría en dos años regresarle la vida a nuestra economía zombie.
Pero ya nada será igual. En México se han producido 150 mil embarazos no planeados, la
violencia de género se expandió, se ha generalizado el “debo no niego, pago no tengo” entre
las familias o emprendedores endeudados con una banca comercial rapaz y se vivirá una
guerra cuerpo a cuerpo entre gobernadores y Hacienda.
Se perdió un año de turismo, de educación presencial, de construcción, de manufactura, de
música y espectáculos en vivo, de ingresos y ahorros para miles de familias en todo el país.
Solo los olvidados productores agropecuarios crecieron en producción y ventas por arriba
del 10 % y los trabajadores de salud pública fueron lanzados una guerra para la cual no estaban
equipados o preparados.
Ha habido pocos sectores ganadores: el comercio por internet hizo que en el mundo Amazon
contratará miles de gentes llegando actualmente a emplear a 2 millones 200 mil personas
mientras que Walmart emplea a 250 mil; la comunidad científica que desarrolló la vacuna en
un breve tiempo, los servicios de educación a distancia demandaron equipos y paquetería
especializada y funerarias y crematorios
La convivencia familiar, las fiestas hasta que el cuerpo aguante, las parrandas de fin de
semana, los puentes Guadalupe – Reyes, las incontables fiestas cívicas y religiosas, los
estadios llenos para hacer del futbol una mega cantina, el teatro y el cine cancelados han
arrastrado a los mexicanos a una inesperada temporada de reflexión y recogimiento.
La comunicación entre la sociedad y sus autoridades no ha dado por resultado que nos
pongamos de acuerdo de que hacer frente a la pandemia y la economía de rodillas.
Corremos el peligro de que una vez vacunados 126 millones de mexicanos volvamos a
extraviar el camino y olvidemos la lección.
Tomar en serio a la ciencia muy por arriba de la política, respetar al otro como quisiéramos
que nos respeten a nosotros, tener menos endeudamiento y más ahorro, ser más cuidadosos
con la higiene en campo y ciudades, cuidar el peso y la nutrición, pagar nuestros impuestos
para no vernos después en problemas por incumplidos y escuchar más a los médicos
especialistas que a los exaltados conductores de medios que narran una epidemia como si
fuera un juego eliminatorio entre Inglaterra y Argentina.
Los anónimos científicos investigadores, médicos y enfermeras que han hecho un esfuerzo
portentoso para llegar a ver el posible final del túnel merecen más reconocimiento y pago que
el que reciben quienes se ganan la vida pateando un balón en un estadio.








