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SEAMOS FELICES MIENTRAS PODAMOS: ÉTICA DE LA SIMPLICIDAD EN UN MUNDO ACELERADO

 

Por Mariana Navarro

“No es pobre quien tiene poco, sino quien necesita infinitamente más.” — Séneca

GUADALAJARA, Jalisco.- 2026 — La magia de la simplicidad en el campo
Alejados del tiempo,
en el rincón de un extracto del espacio,
el tiempo se detiene un instante.

Un fraile franciscano,
en la ardua labor del campo,
vive un instante en la eternidad…

Hay escenas que no buscan explicarse… porque ya contienen una verdad completa.

Un hombre en el campo.
Un gesto sencillo.
Niños que ríen sin saber que están siendo testigos de algo irrepetible.

Nada extraordinario… y sin embargo, todo.

En una época que mide el valor en métricas, productividad y velocidad, hay imágenes que interrumpen el sistema. Que lo contradicen. Que lo exhiben.

Porque nos recuerdan algo incómodo:
quizá hemos confundido progreso con prisa…
y éxito con agotamiento.

LA ÉTICA OLVIDADA: EL VALOR DE LO SUFICIENTE

La ética contemporánea suele centrarse en grandes dilemas: inteligencia artificial, poder, decisiones algorítmicas, sistemas complejos.

Pero hay una ética más silenciosa —y más urgente— que rara vez nombramos:
la ética de lo suficiente.

Saber detenerse.
Saber habitar el momento.
Saber reconocer cuándo algo, simplemente, es.

En el campo, lejos de la hiperconectividad, esta ética no se teoriza… se vive.

No hay urgencia por demostrar.
No hay ansiedad por acumular.
No hay necesidad de ser visto.

Hay trabajo, sí.
Hay esfuerzo.
Pero también hay sentido.

Y ese matiz lo cambia todo.

CUANDO EL TIEMPO DEJA DE SER UNA CARRERA

Vivimos en una lógica donde el tiempo es recurso, agenda, presión constante.

Todo debe optimizarse.
Todo debe aprovecharse.
Todo debe avanzar.

Pero en esa carrera, algo se ha ido perdiendo:
la capacidad de detenernos sin culpa.

La escena del fraile en el campo —entregado a una labor sencilla, rodeado de vida, sin prisa visible— plantea una pregunta profunda:

¿Y si el tiempo no fuera algo que se persigue… sino algo que se habita?

Porque hay instantes que no se “usan”.
Se viven.

Y en esos instantes, ocurre algo extraño:
el tiempo deja de fragmentarse… y se vuelve experiencia completa.

FRANCISCANISMO Y CULTURA: UNA LECCIÓN VIGENTE

El pensamiento franciscano no es solo espiritual; es profundamente cultural.

Propone una relación distinta con el mundo:
menos dominio, más cuidado.
menos posesión, más vínculo.
menos ruido, más presencia.

En un contexto como el actual, esta mirada no es nostalgia… es alternativa.

Una forma de resistencia.

Porque elegir la simplicidad, hoy, no es renunciar:
es discernir.

SEAMOS FELICES MIENTRAS PODAMOS

La frase parece ligera. Casi cotidiana.

Pero encierra una ética completa.

No habla de evasión, ni de ingenuidad.
Habla de conciencia.

De entender que la vida no se pospone.
Que la felicidad no es un premio diferido.
Que el sentido no está siempre en lo extraordinario… sino en lo que ocurre sin ruido.

CONCLUYENDO

Quizá el verdadero dilema ético de nuestro tiempo no está solo en la tecnología que construimos…
sino en la vida que estamos dejando de vivir mientras la construimos.

No sé si en el infinito del tiempo vivido de este siglo XXI alguien crea que, acaso, escondido en un rincón del tiempo, en el valle de la misericordia, en una capilla silenciosa, habita un hombre bueno…

Un hombre que deja en legado la eternidad.

Que nos hace sentir que lo bello, lo natural, lo vivido… es permanencia.

Que solo lo bueno ocurre en manos de los franciscanos,
que con el tiempo se han vuelto los jardineros de Dios.

Usted que me lee:
viva.

Atrévase a vivir desde la simplicidad del campo,
desde la inocencia de los ojos de un niño,
donde no exista más que usted…
en la lógica divina de Dios.

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