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La reconfiguración geopolítica global pasa por la invisibilidad de los organismos internacionales
Punto de quiebre
Rodrigo González Illescas

“La democracia fue para los autócratas como el árbol que ofrece su sombra a quienes van a cortarlo.”

Si alguien pidió emociones fuertes como propósito de Año Nuevo, todo indica que su deseo fue concedido. El escenario global se asemeja cada vez más a una película de ciencia ficción: una Guerra de las Galaxias entre bloques. De un lado, el imperio de los autócratas; del otro, una supuesta alianza rebelde que dice defender la república, pero que en los hechos se ha reducido a la mera resistencia.

Siguiendo la analogía, el mundo se disputa entre potencias y gobiernos que, a través de la democracia, absorbieron las instituciones e instalaron autocracias. Ambos avanzan sin contrapesos, ante la incapacidad de los organismos internacionales —como la ONU— para mediar conflictos o resolver disputas. La consecuencia es clara: los autócratas se apropian de las instituciones utilizando la democracia misma, rompiendo equilibrios comerciales, económicos, migratorios y políticos.

Las potencias, sin puntos medios, operan bajo una lógica de autoequilibrio, como si solo el autocontrol fuera el único freno posible. Así, los organismos internacionales han quedado reducidos a una burocracia dorada global: capaces de reunirse en cualquier parte del mundo y de producir diagnósticos prolijos sobre problemas regionales y globales, pero sin que exista certeza alguna sobre su utilidad real.

Ucrania, Taiwán, Venezuela e Irán son hoy las principales arenas de batalla. En ellas, intereses domésticos profundamente locales se entrecruzan con agendas globales o de bloques de países que, como en un tablero de ajedrez, buscan posiciones de ventaja: control de materias primas, rutas energéticas, poder comercial, influencia ideológica y propaganda. Todo con un mismo objetivo: reposicionarse frente a los demás y ganar terreno en un orden internacional cada vez más fragmentado.

“América para los americanos”, como consigna de lucha libre, vuelve a resonar. Venezuela es una muestra clara del cambio de timón: acercarse a Washington implica alejarse de Moscú y Pekín. La visita de María Corina Machado a Estados Unidos, las declaraciones de la encargada del despacho, Delcy Rodríguez, sobre una supuesta apertura al mundo y la promesa de una “vuelta a la democracia real” dibujan con nitidez los trazos de una nueva hegemonía en construcción.

Mientras tanto, en México se aproxima una reforma electoral que amenaza con darle el tiro de gracia a una democracia aún incipiente: convertir al INE en una oficina más del gobierno en turno, eliminar a los plurinominales y consolidar, en los hechos, una democracia de partido hegemónico con aliados satélite. Un regreso al México de los años sesenta.

La ironía es brutal y queda bien resumida en la advertencia de Friedrich Nietzsche: “Quien con monstruos lucha, cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Y si miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.” Paradójicamente, en este escenario, es el PRI el único que hoy asume una postura institucional y democrática, mientras el PAN y MC evitan la conformación de un bloque opositor, fortaleciendo así al oficialismo.
“¡Una paradoja más de nuestro tiempo!”.

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