Rodrigo González Illescas
La Generación Z: ansiedad, democracia y el verdadero punto de quiebre
Estimado lector:
A las dos de la mañana, mientras cualquier ciudad de México duerme, millones de jóvenes siguen despiertos frente a una pantalla. El teléfono no está sobre la mesa: está en la mano, en el bolsillo, bajo la almohada. No se trata de una simple costumbre, sino de una forma de vida. Nunca antes una generación había crecido con un dispositivo que la conecta, la mide y la evalúa de manera constante.
En México, la Generación Z —nacidos aproximadamente entre 1997 y 2012— suma entre 38 y 40 millones de personas, casi un tercio de la población nacional, de acuerdo con proyecciones del INEGI. Son la primera generación plenamente nativa digital y, por lo mismo, la más expuesta a una transformación profunda de la experiencia humana: la vida social trasladada a una pantalla.
Hoy tienen entre 13 y casi 30 años y enfrentan desafíos que van más allá del empleo o la economía. El aumento de la ansiedad, la depresión, los trastornos del sueño y el aislamiento social no es una percepción subjetiva, sino una tendencia documentada en múltiples países. A este fenómeno, el psicólogo social Jonathan Haidt lo ha llamado “la generación ansiosa”.
Pero Haidt no culpa a los jóvenes. Señala algo más inquietante: esta generación creció dentro de un entorno diseñado para capturar atención, provocar comparación constante y estimular el cerebro de forma ininterrumpida. Smartphones, redes sociales y algoritmos sustituyeron, en gran medida, al juego libre, al aburrimiento, a la interacción cara a cara y al aprendizaje emocional que antes ocurría en el mundo físico.
Nunca tantos adolescentes habían vivido bajo un sistema de validación pública permanente: likes, vistas, seguidores, comentarios. Cada notificación funciona como una pequeña descarga de dopamina; cada silencio digital, como una forma de rechazo. Este entorno no solo moldea la conducta: moldea el cerebro.
El resultado es una generación más informada, más conectada y más sensible, pero también más vulnerable al estrés, a la comparación constante, al miedo al error y a la desinformación.
A esta fragilidad psicológica se suma un contexto político global marcado por la incertidumbre. Desde México hasta Pakistán, Irán, Perú o Paraguay, los jóvenes expresan frustración frente a sistemas que perciben como cerrados, injustos o incapaces de ofrecerles un futuro claro. No se trata necesariamente de un rechazo a la democracia, sino de una profunda desconfianza hacia instituciones que parecen no responder a sus realidades.
Aquí aparece un punto de quiebre crucial: una generación crónicamente ansiosa busca certezas. Y cuando la incertidumbre se vuelve insoportable, cualquier promesa de orden, seguridad o control puede resultar seductora, incluso si implica sacrificar libertades. No es ideología; es una reacción humana al miedo.
Por eso la pregunta no es si la Generación Z “quiere” menos democracia. La pregunta es si estamos construyendo sociedades capaces de ofrecerles estabilidad emocional, sentido y participación real en un mundo que los sobreestimula y los sobreexige.
La Generación Z no es una generación perdida ni peligrosa. Es una generación sometida al mayor experimento tecnológico de la historia humana, sin manual de uso ni redes suficientes de protección. Como advierte Haidt, es “como si se tratara de la primera generación de habitantes en Marte”. Entender esto no es justificarlos: es asumir nuestra responsabilidad colectiva.
Porque, al final, no están redefiniendo el futuro por capricho. Están reaccionando al mundo que les dimos. El verdadero reto es construir sociedades más justas, con gobiernos emanados de la libertad y una democracia viva, donde todos seamos parte: sin excluidos, sin vencedores ni vencidos.
Soñar, hoy más que nunca, también es una forma de responsabilidad.








