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Día de Muertos: una historia de siglos, memoria y patrimonio que tenemos la responsabilidad de preservar.

Por Mariana Navarro

Mariana Navarro
Periodista cultural y escritora.
Especialista en ética aplicada, comunicación e innovación en tecnologías con enfoque humano.

«Hay pueblos que escriben su historia en los libros. México también la escribe sobre una mesa, entre flores, pan y recuerdos».

GUADALAJARA, Jalisco.- —Esa taza está despostillada.

—Ya lo sé. Por eso la guardé.

La mujer la colocó cuidadosamente junto a una fotografía antigua.

Era de loza blanca, con pequeñas flores azules y una grieta junto al asa. No pertenecía a ninguna vajilla elegante. Tampoco tenía un valor que pudiera calcularse en dinero.

Pero cada año, cuando octubre comenzaba a despedirse, aquella taza regresaba al mismo lugar.

Junto a las flores.

Junto al pan.

Junto a una fotografía que el tiempo había comenzado a teñir de amarillo.

Alguien había bebido café en ella durante muchos años. Había conversado, reído, observado pasar las mañanas.

Y aunque la persona ya no estaba, bastaba colocar aquella taza sobre la mesa para que una parte de su historia encontrara nuevamente un lugar en la casa.

Quizá allí reside uno de los secretos más hermosos del Día de Muertos.

No en la posibilidad de detener el tiempo.

Sino en nuestra capacidad para reconocer lo que permanece después de su paso.

Pero aquella taza, como los altares mexicanos, pertenecía también a una historia mucho más antigua.

Una historia que comenzó siglos antes de que alguien aprendiera a colocar fotografías junto a las veladoras.

UNA HISTORIA QUE NO COMENZÓ EN UN SOLO LUGAR

Solemos repetir que el Día de Muertos es una tradición prehispánica.

La afirmación contiene una parte importante de nuestra historia cultural, pero necesita matices.

Los pueblos mesoamericanos desarrollaron complejas concepciones sobre la muerte, los antepasados, el mundo sagrado y los destinos de quienes concluían su existencia terrenal.

Sus prácticas funerarias formaban parte de sistemas de creencias relacionados con la naturaleza, las divinidades, los ciclos agrícolas y la vida comunitaria.

Sin embargo, las fechas del primero y dos de noviembre tienen un origen diferente.

Proceden del calendario cristiano medieval.

La fiesta de Todos los Santos se consolidó en Europa como una conmemoración de quienes habían alcanzado la santidad. La celebración de los Fieles Difuntos, el dos de noviembre, se relaciona históricamente con la iniciativa de san Odilón, abad de Cluny, hacia el año 998.

Con la llegada de los españoles al territorio mesoamericano durante el siglo XVI, aquellas celebraciones encontraron comunidades que ya poseían tradiciones profundas de relación con sus muertos.

El encuentro fue complejo.

Hubo evangelización, imposiciones religiosas, apropiaciones, adaptaciones y permanencias culturales que adquirieron distintas formas a lo largo de los siglos.

El arqueólogo Víctor Joel Santos Ramírez, investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia, ha señalado que no debe confundirse el origen europeo de las fechas cristianas con las antiguas prácticas funerarias mesoamericanas.

Incluso cuestiona que la celebración actual pueda explicarse simplemente mediante la palabra sincretismo.

Otras publicaciones del propio INAH emplean precisamente ese concepto para describir la incorporación histórica de elementos indígenas y europeos.

La diferencia entre estas interpretaciones no disminuye el valor de la festividad.

Por el contrario, nos recuerda que las tradiciones poseen historias complejas que merecen ser investigadas y no reducidas a una sola explicación.

Y existe un testimonio especialmente revelador.

Entre 1535 y 1540, fray Toribio de Benavente, conocido como Motolinía, dejó constancia de que las comunidades indígenas ofrecían a sus difuntos alimentos, maíz, mantas, cacao y velas durante las celebraciones de noviembre.

Aquellas ofrendas muestran cómo las prácticas religiosas cristianas adquirieron expresiones particulares en la sociedad novohispana.

La historia estaba cambiando.

Y con ella, las maneras de recordar.

CUANDO LA MEMORIA SALIÓ A LOS CEMENTERIOS

El Día de Muertos tampoco permaneció inmóvil después de la época colonial.

Durante el siglo XIX, las transformaciones políticas, religiosas y urbanas modificaron algunas de sus prácticas.

La creación de cementerios públicos y la secularización de los panteones en 1859 formaron parte de cambios que alteraron la relación entre los espacios funerarios, la Iglesia y la sociedad.

La investigación histórica del INAH documenta cómo las visitas y las conmemoraciones en los cementerios adquirieron nuevas expresiones en ese contexto.

Así, la celebración fue transformándose junto con el país.

Los altares domésticos, las visitas a las tumbas, las oraciones, las ofrendas y posteriormente muchas manifestaciones artísticas populares comenzaron a configurar el amplio universo cultural que hoy reconocemos.

No existe una única manera mexicana de celebrar a los muertos.

Y es importante comprenderlo.

Lo que sucede en una comunidad purépecha de Michoacán no es idéntico a las tradiciones de los pueblos nahuas, mayas, otomíes o de las comunidades urbanas que han construido sus propias prácticas familiares.

Algunas celebraciones poseen un profundo carácter religioso.

Otras incorporan expresiones populares, música, representaciones artísticas y encuentros comunitarios.

Hay hogares donde predomina la oración.

Otros donde las familias comparten relatos y alimentos.

Y muchos donde ambas dimensiones conviven.

Esa diversidad constituye una parte esencial de nuestra riqueza cultural.

Porque México no ha conservado el Día de Muertos dentro de una vitrina.

Lo ha seguido viviendo.

EL RECONOCIMIENTO DEL MUNDO Y LA RESPONSABILIDAD DE MÉXICO

En 2003, las fiestas indígenas dedicadas a los muertos fueron proclamadas por la UNESCO Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad.

Cinco años después, en 2008, quedaron inscritas en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

La distinción reconoció el valor de celebraciones profundamente vinculadas con la vida comunitaria de los pueblos indígenas.

También su relación simbólica con el ciclo agrícola del maíz, la memoria de los antepasados y los vínculos que mantienen unidas a las generaciones.

No se trató simplemente de premiar la belleza de nuestras flores.

Ni el colorido de las ofrendas.

Ni la extraordinaria creatividad de nuestras expresiones populares.

Lo fundamental es que estas prácticas poseen un significado para las comunidades que las conservan.

Y aquí conviene detenernos.

¿Qué significa realmente preservar el patrimonio?

No basta con reproducir sus imágenes.

Tampoco con colocar una ofrenda monumental o convertir una celebración en atractivo turístico.

El patrimonio cultural inmaterial existe porque hay personas que lo conocen, lo practican y lo transmiten.

Una tradición puede fotografiarse miles de veces.

Pero si desaparecen quienes conocen su significado, algo esencial comienza a perderse.

La preservación cultural necesita educación, investigación, participación comunitaria y respeto por quienes mantienen vivas las expresiones tradicionales.

Necesita también reconocer que las culturas no son objetos inmóviles.

Cambian.

Dialogan con otras épocas.

Incorporan conocimientos y encuentran nuevas formas de manifestarse.

La responsabilidad no consiste en impedir esa evolución.

Consiste en procurar que las comunidades conserven la posibilidad de decidir cómo desean transmitir su propio legado.

CUANDO EL PATRIMONIO SE CONVIERTE EN ESPECTÁCULO

Existe una pregunta incómoda que merece formar parte de nuestra conversación cultural.

¿Estamos celebrando el Día de Muertos o hemos comenzado a consumir su imagen?

La expansión internacional de esta festividad ha multiplicado las representaciones visuales de calaveras, catrinas, altares y flores de cempasúchil.

La industria turística, el comercio, el cine, la publicidad y las redes sociales han contribuido a ampliar su presencia.

No todo ello representa una amenaza.

El turismo responsable puede generar oportunidades económicas. Las artes pueden reinterpretar nuestras tradiciones. La difusión cultural puede despertar el interés de nuevas generaciones.

Pero el crecimiento de su popularidad también exige una reflexión ética.

¿Quién se beneficia de la comercialización?

¿Las comunidades que preservan los conocimientos reciben reconocimiento y oportunidades?

¿Las representaciones respetan sus significados religiosos y culturales?

¿Estamos escuchando a quienes mantienen vivas esas prácticas o solamente utilizando su imagen?

La ética aplicada a la cultura no pretende impedir que las tradiciones se compartan.

Nos invita a examinar las responsabilidades que surgen cuando una manifestación comunitaria adquiere valor comercial.

Existe una diferencia entre promover una tradición con la participación de sus portadores y apropiarse de ella sin comprender su significado.

También entre reinterpretarla artísticamente y presentarla como una representación auténtica cuando no lo es.

La belleza no debería utilizarse como excusa para vaciar de contenido aquello que contemplamos.

Porque una ofrenda puede ser extraordinariamente hermosa.

Pero antes de convertirse en fotografía, fue una expresión de memoria.

Y para muchas familias, también de fe.

LA HERENCIA QUE NO APARECE EN LOS INVENTARIOS

En agosto de 2026, el INEGI informó que durante 2025 se registraron preliminarmente 762 mil 494 defunciones en México.

Es una cifra demográfica.

Necesaria para comprender la realidad de nuestro país.

Pero ninguna estadística puede decirnos cómo reía una persona, cuál era su canción preferida o de qué manera pronunciaba el nombre de sus hijos.

Los números permiten estudiar la mortalidad.

La memoria familiar conserva otras dimensiones de la existencia.

Tal vez por eso los objetos adquieren tanta importancia en estas fechas.

Una fotografía puede contener el instante de una celebración.

Un reloj recuerda la costumbre de quien lo llevaba.

Una receta conserva conocimientos transmitidos entre generaciones.

Y una taza despostillada puede reunir tantas historias como una casa entera.

Pero no son los objetos, por sí mismos, los que mantienen vivo el patrimonio.

Somos nosotros quienes les damos significado.

Cuando un niño pregunta quién aparece en una fotografía y alguien le cuenta su historia, ocurre una transmisión cultural.

Cuando una abuela enseña una receta familiar, transmite conocimientos que no siempre fueron escritos.

Cuando una comunidad comparte el significado de sus celebraciones, conserva una memoria colectiva.

La herencia cultural no está formada únicamente por edificios, monumentos o documentos.

También vive en los gestos.

En las palabras.

En la música.

En los conocimientos cotidianos.

En todo aquello que una generación considera suficientemente valioso para compartirlo con la siguiente.

Y quizá allí encontramos una de las mayores enseñanzas del Día de Muertos.

No podemos elegir cuánto tiempo permaneceremos en este mundo.

Pero sí podemos reflexionar sobre la manera en que participamos en la vida de quienes nos rodean.

LA MESA QUE NOVIEMBRE VUELVE A PONER

Regresemos a aquella casa.

A la fotografía antigua.

A las flores.

A la taza blanca con pequeñas flores azules y una grieta junto al asa.

El café comienza a enfriarse.

Afuera, noviembre anuncia su llegada.

La mujer contempla su ofrenda.

Quizá piensa en los años transcurridos, en las conversaciones que recuerda y en aquellas pequeñas costumbres que alguien le enseñó sin imaginar que continuarían acompañándola.

Entonces comprendemos que la taza no estaba allí porque fuera antigua.

Tampoco porque resultara hermosa.

Estaba allí porque pertenecía a una historia.

Y las historias necesitan algo más que objetos para permanecer.

Necesitan quien las cuente.

El Día de Muertos nos ofrece precisamente esa posibilidad.

Nos permite mirar hacia atrás sin renunciar al presente.

Reconocer a quienes nos precedieron sin olvidar a quienes todavía caminan a nuestro lado.

Celebrar una tradición que ha atravesado siglos, religiones, transformaciones sociales y cambios culturales sin dejar de encontrar nuevas formas de expresión.

Pero también nos exige una responsabilidad.

Estudiar su historia.

Respetar su diversidad.

Reconocer a las comunidades que la mantienen viva.

Y comprender que el verdadero valor de nuestro patrimonio no puede medirse exclusivamente por su popularidad.

México posee una de las expresiones culturales más reconocidas del mundo relacionadas con la memoria de los difuntos.

Que esa riqueza continúe existiendo dependerá, en buena medida, de nuestra capacidad para transmitirla con conocimiento y respeto.

La mujer levanta la taza.

Observa su pequeña grieta.

Y sonríe.

En algún momento alguien le preguntó por qué no la reemplazaba.

Tal vez ahora encontramos la respuesta.

Porque lo importante nunca fue la porcelana.

Era todo aquello que había ocurrido alrededor de ella.

Y acaso eso sea también el Día de Muertos: una mesa donde la historia, la cultura y la memoria encuentran un lugar para seguir conversando.

Las flores cambiarán.

El pan será nuevamente horneado.

Las fotografías seguirán envejeciendo.

Y otras manos aprenderán a preparar las ofrendas.

Porque las tradiciones verdaderamente vivas no permanecen intactas.

Permanecen significativas.

Tal vez por eso, cada noviembre, México vuelve a poner la mesa.

No para detener el tiempo.

Sino para que quienes vienen después comprendan cuánto vale recordar de dónde venimos.

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