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Psicoactiva nos dice que: La nosofobia es el miedo extremo a contraer una enfermedad mortal. Este temor es irracional e incontrolable y deviene en un comportamiento de evitación de aquellas situaciones que podrían confirmar la existencia de la enfermedad. Las personas nosofóbicas son incapaces de controlar este temor que les llega a paralizar y bloquear completamente, incapacitándoles para vivir una vida en total normalidad.
Entre los factores externos pueden encontrarse diversas experiencias vividas que por sus características traumáticas pueden haber condicionado a una persona a tratar de evitar estímulos parecidos. En este caso, haber vivido una enfermedad o muerte cercana o estar relacionado con un contexto sanitario en el que se ven casos de enfermedades constantes puede haber condicionado a la persona. Pueden llegar a presentar síntomas físicos como: Respiración agitada, aumento de la frecuencia cardíaca, sudores, fatiga, náuseas, tensión muscular, ideación irracional y obsesiva en torno al estímulo temido, ansiedad y estrés elevados, falta de concentración y atención, rumiación de ideas, sensación de pérdida de control.

HISTORIAL
Trato de recordar en qué momento empecé a sentir miedos obsesivos. Lo que puedo acordarme es que desde que ingresé a preescolar sentía mucho temor y angustia de que mi madre me dejara ahí, sentía que había hecho algo mal y que no era de su agrado, y por ese motivo me había abandonado.
Después de mucho tiempo empecé a sentirme rara, en ese momento no sabía lo que me pasaba; por hoy sé que era angustia, depresión, intranquilidad y mucho miedo a sentir dolor, a enfermarme; me daba pánico experimentar algún síntoma y por eso lo exageraba, el solo hecho de sentir taquicardia o una opresión en el pecho, imaginaba que me iba a dar un paro cardiaco. Me empecé a enronchar como si estuviera intoxicada, creía que las ronchas estaban recorriendo mi cuerpo y que llegarían a mi cerebro, provocándome algo grave Mi imaginación empeoraba las cosas y tenía mucho miedo, incluso llegaba a pensar que ningún medicamento me estaba funcionando.
En las noches no podía dormir porque estaba con esas obsesiones de que si era una enfermedad o era otra; me la pasaba analizando minuciosamente los síntomas que padecía y los relacionaba con alguna enfermedad, y nadie ni nada me quitaba de la cabeza que ese padecimiento era grave e incurable. Esos pensamientos me provocaban mucho sufrimiento.
Las noches se volvían interminables y, a veces, no quería que llegaran porque sentía más angustia y ansiedad, muchas ganas de estar yendo al baño a cada rato, un hormigueo y temblor en el cuerpo. Estar en mi cuarto me provocaba intranquilidad, me sofocaba y quería salir a caminar a la calle, sin importar la hora. Me daba migraña, seguida de muchas náuseas y mareos. Pensaba que no dejaba descansar a mi cerebro de tanto estar dándole vueltas a lo mismo, y por esta razón, alguna de las venas de mi cerebro se inflamaría y no resistiría, provocándome un derrame cerebral. Al siguiente día estaba agotada, sin ánimos de nada. Me imaginaba tirada en una cama, enferma, con varios malestares, y me angustiaba mucho.
Estando en el grupo pude darme cuenta que le tenía mucho miedo a sentir dolor o padecer de algo. Cuando lo empecé a comentar pude conocerme, igual a mi enfermedad emocional; me di cuenta que todo eso estaba en mi mente y que el imaginarlo me enfermaba más de lo que realmente estaba pasando; empezar a hablarlo me ayudó mucho.
Hoy tuve que pasar una difícil prueba con la situación que estamos viviendo, y esas obsesiones regresaron. Desde que empezó esta problemática (pandemia), sucedieron cosas fuertes en la familia: el fallecimiento de mi abuelita, el que mi madre y yo diéramos positivo en COVID-19, el tomar la decisión de aislarme lejos de mi familia y de mis hijos por temor a contagiarlos, el pasar ese tiempo sola, no saber cómo iba a reaccionar mi cuerpo, el tener algún síntoma (afortunadamente y gracias a Dios fui una persona asintomática). Estaba muy sensible, hasta el hecho de leer una noticia en el celular relacionado con ese tema me ponía mal; ya no quería saber ni escuchar nada referente a esa enfermedad.
Mis miedos obsesivos y exagerados empezaron a regresar, pero durante ese tiempo estuve en comunicación con mis compañeros de grupo, las terapias seguían vía telefónica; eso me permitió controlarlos. El comentar todo lo que estaba imaginando en esos momentos me ayudó mucho, y cada vez que regresaban esos pensamientos alguno de mis compañeros me escuchaba, o el estar en juntas me hacía sentir tranquila. Era como volver a la realidad de que no iba a pasar nada.
Ahora que conozco un poco más de mi enfermedad emocional puedo sentirme tranquila. El día de hoy ya estoy con mi familia y puedo sobrellevar el día a día, con ayuda de la terapia.

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