Son miedos no adaptativos, en los que en realidad no existe un peligro real. En muchos casos, este tipo de miedo puede transformarse en una fobia; es algo que ocurre cuando este malestar y las estrategias que utilizamos para evitar estos momentos interfieren de algún modo con nuestra calidad de vida.
Fuente: unamglobal
Y las fobias, de manera característica, lo que hacen es anticipar un sufrimiento que aún no se ha producido, utilizando, en este caso, el recuerdo de una mala experiencia anterior. Lo que te ha pasado antes lo extrapolas a todas las situaciones posibles, y en lugar de verlo como algo concreto de ese momento, piensas que te va a suceder cada vez que estés frente a aquello que te da miedo. Por tanto, se genera un montaje, un constructo mental, que va en la dirección de decir: “No puedo, no puedo, no puedo”. Y así comienzan esas maniobras evitativas, que son precisamente las que terminan por cronificar las fobias.
Fuente: lavanguardia
EXPERIENCIA
Antes de llegar a la agrupación, sentía un gran miedo al experimentar esa sensación de ir cayendo al vacío, a un pozo sin fondo, a la nada, donde no hay un final.
Desde niño me daban mucho miedo las alturas, pero me costaba aceptarlo por vergüenza al qué dirán, más por mi familia. Crecí en un ambiente donde sentir miedo era de personas débiles, donde mi papá siempre me decía que tenía que hacer todas las cosas, pero él no sabía lo mucho que sufría tan solo de pensar cómo sería el caer y lastimarme.
Yo era de los niños que subía a los árboles, a la azotea de la casa o a lugares altos, pero lo hacía por competir con mi hermano y sintiendo ese terrible miedo a caerme; antes de hacer estas cosas pensaba que no iba a poder, me daba miedo lastimarme, por eso esperaba algunos minutos pensando en si lo hacía o no, ya que solo imaginaba cómo caería del árbol, cómo las ramas se romperían, y yo terminaría en el suelo golpeado. Si estaba en el techo sentía que este se movía y me acercaba al suelo; así que me acostaba para alejarme de la orilla, arrastrándome por el miedo a caer.
Con el paso de los años este miedo fue aumentando, a tal grado de pensar en que nada podía hacer. Recuerdo que cuando entré a la secundaria y vi que eran edificios de dos pisos me dio mucho miedo a estar arriba, pensaba que la escuela se caería, que todo se destruiría y yo me iba a morir.
Me aterrorizaba cruzar los puentes, peor si eran puentes colgantes; me daba miedo cruzar, estar arriba me mareaba. En todos los trabajos que tuve, en ocasiones tenía que subir a los techos, pero sentía muchas ganar de saltar o de abrazar mis rodillas y ponerme a llorar; veía la orilla y todo me daba vueltas, mis manos me sudaban y cruzaba, pero pensando que iba a morir; a veces prefería atravesar por la carretera por el pánico que sentía. Cuando comencé a trabajar con mi papá en la construcción, no podía subir a los puentes que colocaba o al techo para colar, tenía miedo de caer; me di cuenta de mis síntomas y terminaba enojado por no poder trabajar como mi padre quería que lo hiciera.
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Llegué a un fondo emocional por estos miedos, sentía un dolor tan real cuando pensaba en que caería y me golpearía contra el suelo, me dolía todo mi cuerpo y esa sensación de confusión en mi cabeza como cuando me golpeaba y me mareaba. ¡Era mucho sufrimiento!
Cuando llegué al Movimiento Buena Voluntad 24 Horas de Neuróticos Anónimos, empecé a comentar todos estos miedos y me di cuenta de que no eran reales, solo eran cosas que generaba en mi cabeza. Gracias a la agrupación pude enfrentar estos miedos, ya que en mi trabajo tengo que estar subiendo y bajando escaleras constantemente, y pues, a veces aparecen, pero ya sé que no son ciertos. Ahora puedo trabajar sin miedo, porque me dicen que no va a pasar nada.
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