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Toño SALDAÑA*

BARCELONA, ESP.- A veces me pregunto cómo hacemos para seguir adelante cuando la vida nos sacude. No hablo de grandes tragedias, necesariamente. A veces basta una discusión, una decepción, una mirada que nos hiere más de lo que debería. Y sin que lo sepamos, la mente empieza a trabajar en silencio, como una especie de mecánico emocional que ajusta piezas para que no nos desmoronemos.

Es ahí donde entran los mecanismos de defensa. No los vemos, no los elegimos, pero están. Son como trucos que usa el cerebro para protegernos del dolor, del miedo, de lo que no queremos —o no podemos— enfrentar, pero sobre todo, para reducir la ansiedad de manera automática. Y aunque hay muchos, hay cuatro que quiero mencionarte porque los usamos más de lo que creemos, estos son: proyección, sublimación, desplazamiento y negación.

La proyección básicamente es cuando el otro carga lo que no queremos ver. ¿Nunca te ha pasado que alguien te cae mal sin saber bien por qué? O que acusas a otro de algo que, en el fondo, sabes qué te pasa a ti. Eso es proyección. Es como si la mente dijera: “Esto me duele, así que lo pongo en otro para no tener que mirarlo en mí”. Es más fácil decir “ella es muy envidiosa” que aceptar que uno también siente celos. Pero claro, eso complica las relaciones. Porque empezamos a ver enemigos donde no los hay, y a pelear batallas que no nos corresponden, o queremos que los demás cambien cosas que uno debería cambiar en uno mismo.

El siguiente que te explicaré es la sublimación, que es convertir el caos en algo bello. Este es el mecanismo más elegante, si se quiere. La mente toma algo que podría ser destructivo —como la rabia, la tristeza, el deseo— y lo transforma en arte, deporte, trabajo. Es el tipo que canaliza su frustración en escribir poesía, la chica que convierte su ansiedad en pasión por el yoga o el pirómano, que su atracción por el fuego lo hace ser bombero. No es que el dolor desaparezca, pero se vuelve útil. Y a veces, incluso hermoso.

Otro es el desplazamiento, cuando pagamos justos por pecadores. Este lo usamos todos. Te peleas con tu jefe, llegas a casa y le gritas al perro. O te sientes inseguro en tu relación, y te molesta cómo tu amigo mastica. La emoción no se va, solo cambia de lugar. Es como si la mente dijera: “No puedo enfrentar esto aquí, así que lo suelto allá”. El problema es que muchas veces lo soltamos donde más nos quieren, y eso deja marcas.

Este que seguro lo conoces bien: la negación. La negación es como ponerse una venda en los ojos. Sabemos que algo está mal, pero no lo aceptamos. “No puede estar pasando”, “Seguro se va a arreglar solo”. Es común cuando algo nos supera: una pérdida, una noticia dura, una verdad que no queremos ver. Y aunque al principio nos da aire, si se alarga demasiado, nos deja atrapados en una mentira que nos impide avanzar.

Y entonces, ¿nos ayudan o nos complican? La verdad es que ambos. Nos salvan cuando no sabemos cómo seguir, pero si los usamos demasiado, nos alejan de lo que realmente sentimos. Lo ideal no es evitarlos, sino entenderlos. Saber cuándo estamos proyectando, cuándo estamos negando, cuándo estamos desplazando lo que no podemos decir. Porque cuando los reconocemos, podemos empezar a elegir. Y ahí, la mente deja de defenderse y empieza a sanar.

Quizás crecer no sea dejar de usar mecanismos de defensa, sino aprender a verlos sin juzgarlos. A veces, lo más valiente no es enfrentarse al mundo, sino atreverse a mirar hacia dentro. Porque solo cuando dejamos de escondernos de lo que sentimos, empezamos a vivir con más verdad. Y en esa verdad, aunque duela, hay libertad.

*Master en coaching en inteligencia emocional y PNL por la Universidad Isabel I de Castilla. Nº 20213960. Diploma en especialización en coaching y programación neurolingüística (PNL) por la Escuela de Negocios Europea de Barcelona.

IG: tonosaldanaartista

YouTube.com/c/TonitoBonito

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