Compartir

III DOMINGO DE PASCUA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA

Por estos días, hemos escuchado la siguiente afirmación, que después de la muerte de Nuestro Señor, los discípulos estaban encerrados por miedo a los judíos y ahí, encerrados, se presentaba Nuestro Señor, el Resucitado. Les saludaba “la paz esté con ustedes” y les mostraba los signos del Crucificado: los agujeros de los clavos de sus manos, de sus pies y de su costado y, el domingo pasado, escuchábamos el encuentro del Resucitado con el apóstol Tomás, que cuando le platicaron que Jesús había resucitado, él dijo tranquilamente, si yo no veo esto, los agujeros de sus manos y no meto mis dedos en esos agujeros y no meto mi mano en su costado, no voy a creer.

El Resucitado le concedió una gracia, se presentó y le habló directamente a él: Tomás, trae acá tu dedo, trae acá tu mano, no sigas dudando, pero cree, – “Señor mío y Dios mío”- esa fue la expresión que salió de los labios del apóstol Tomás, que pedía un signo del Resucitado, poderlo tocar, para poder creer.

Hoy, la primera lectura nos presenta al apóstol Pedro hablándole a la multitud, ¿y cuándo fue eso?, después de la venida del Espíritu Santo sobre ellos, ya no había miedo, ya no estaban encerrados, salieron a hablar y a dar testimonio del Resucitado y decían lo que ellos habían vivido con Jesucristo Resucitado, los encuentros que habían tenido con Él, hemos comido y bebido con Él, somos testigos de que Él está vivo, de que ha Resucitado.

Espero que usted no tenga dudas de la Resurrección, porque la Resurrección es la Verdad central de nuestra fe. Lo dice San Pablo: Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe, somos los más insensatos de los hombres, siguiendo a un muerto. Nosotros no seguimos a un muerto, seguimos al que está Vivo, al que ha resucitado, al que va caminando con nosotros.

El Evangelio, hoy nos presenta una vivencia de dos discípulos que iban camino a un pueblo, a Emaús, hasta hemos cantado nosotros, en diferentes ocasiones ese canto, por el camino de Emaús, lo hemos cantado.

Pues, hoy, hemos escuchado esa narración que hace el Evangelista San Lucas de un encuentro del Resucitado con dos de sus discípulos. Comenzó a platicar con ellos, pero primero les preguntó por qué iban tan tristes, tan desilusionados de la vida, tan amargados, por qué. Y le expresan y le dicen forastero, eres tú el único forastero que no sabe lo que ha pasado en Jerusalén, ¿eres tú el único?… lo que ha pasado con Jesús el Nazareno, un hombre, un gran profeta lleno de poder, creíamos, creíamos que Él iba a ser el libertador de Israel, pero fue Crucificado, murió. Es cierto – dicen- algunas mujeres nos han platicado que fueron al Sepulcro y no lo vieron y regresaron contando que había Resucitado, pero no lo vieron.

Y el Señor Jesús, entra en un diálogo con ellos, comenzó a explicarles… cómo nos hace falta a veces entrar en diálogo con el Resucitado, porque en ocasiones nos domina la tristeza, el desencanto, la desilusión, la angustia, la soledad. ¿Por qué no entrar en diálogo con el Resucitado? ¿por qué no sentir su presencia?

A veces andamos con tantas preocupaciones, con tantas angustias, con tanto sufrimiento, con tanta tristeza que para huir de eso, tomamos una botella y comenzamos a embriagarnos, para olvidar lo que estamos viviendo, creyendo que esa va a ser la solución, para olvidar mis penas -decimos- para las penas y qué pasa, se agrandan las penas, se agranda el sufrimiento y, a veces, hacemos cosas que dan vergüenza que nos digan que las hicimos, porque perdimos la razón, el dominio de nosotros mismos, porque nos tiramos sin control… no, hermanos, ahí no está la solución de las vivencias que duelen, que calan, que mortifican. No está ahí.

Piensa en el Resucitado, siente Su presencia, Su compañía. Siéntela y que Él te llene de paz, que Él te llene de gozo, que Él te llene de alegría, que Él te llene de esperanza, que Él te dé mucha fuerza para seguir caminando hacia adelante, siempre hacia adelante, pero cree en lo que el Resucitado puede hacer en tu favor, lo puede todo, lo puede todo, pero es necesario que, así como los discípulos de Emaús dejaron que los acompañara y, al final, le dijeron: quédate con nosotros, ya es tarde y pronto va a oscurecer, quédate con nosotros y, ahí, en ese quedarse con ellos, descubrieron quién era el que los iba acompañando por tantos y tantos kilómetros, hasta llegar a Emaús, el Resucitado y hay una expresión de gozo y alegría, “con razón nuestro corazón ardía cuando nos explicaba las Escrituras, ardía nuestro corazón”.

Haz que arda tu corazón cuando tú entres en diálogo con el que está vivo, con el que resucitó, con el que está contigo, en tu casa, allí vive, contigo. Encuéntrate con Él, para que haga arder tu corazón, para que te llene de ilusión y de esperanza, para que te anime, para que te levante y tú sigas.

¿Qué hicieron los dos discípulos después de reconocer a Jesús Resucitado? Ya no pensaron en que era tarde y noche, regresaron a platicar de su experiencia, de lo que ellos habían vivido. Así también tú podrás encontrarte con algún amigo, con algún compañero de trabajo, con algún familiar que tal vez tiene unas vivencias como las que has tenido tú, pero traes el corazón ardiendo, porque entraste en un diálogo, en un momento, en una experiencia de encuentro con el Señor, platícale, platícale, dile que así andabas tú, muy caído, muy desilusionado, pero que te sentaste a sentir la presencia, la cercanía de Dios. Dile que haga lo mismo, que busque tener un momento de silencio y pueda dialogar.

Pues es lo que yo encuentro hoy en la Palabra de Dios y quiero que, hoy, después de haber escuchado la Palabra de Dios, también puedas descubrir, como lo descubrieron aquellos discípulos en la fracción del pan, que también tú hoy mires al Resucitado en la Hostia Consagrada, en el Cáliz, donde está Su Sangre.

Puedes vivirlo hoy, vívelo intensamente, siente Su presencia, descubre Su presencia en ese Pan Consagrado y, si puedes recibirlo, recíbelo, recíbelo, aliméntate de Él para que puedas regresar a tu casa lleno de esperanza, lleno de fortaleza, animado siempre.

Feliz semana para todos, feliz semana y que nunca nos sintamos solos, Dios está con nosotros. ¿Crees en el Resucitado? Él dijo: Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”. Yo estaré con ustedes… contigo, contigo estará el Señor, siéntelo, habla con Él y abre para que Él haga arder tu corazón de alegría, de paz, de gozo, de esperanza.

Que María, que contempló al Resucitado, también nos vaya acompañando en nuestro caminar hacia esa Casa del Padre. Mientras somos peregrinos, que Ella esté con nosotros y nos alcance las gracias que necesitamos en todo momento.

Que así sea.

Compartir