HOMILÍA DE MONS. PEDRO VÁZQUEZ VILLALOBOS, ARZOBISPO DE ANTEQUERA OAXACA.
X DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.
7 DE JUN IO DEL 2026

Vamos a meditar un poquito en esta Palabra de Dios. Sé que todos ustedes son hombres y mujeres de fe y de una fe grande, de mucha confianza en Dios, pero ojalá su fe sea también muy firme, que nada ni nadie les haga dudar de lo que ustedes conocen de Dios, de lo que ustedes han experimentado a lo largo de su vida de la cercanía divina, de las bendiciones divinas, del auxilio divino, de la ayuda de Dios.
Todos tenemos momentos difíciles, a veces no muy gratos. No desconfíen del auxilio divino, tengan esa fe grande.
Hoy, escuchamos en la segunda lectura la fe de nuestro Padre Abraham, que Dios le llamó a ser padre de un gran pueblo, estaba casado con una mujer que no podía tener hijos, él era un anciano y Dios le dijo que tendría una grande descendencia, grande descendencia y no tenía hijos y Abraham creyó, porque Dios había prometido darle una descendencia y lo cumple en la persona de su hijo Isaac y usted sabe que, en un momento, cuando Isaac era un adolescente, el Señor le pidió que lo ofreciera en sacrificio y Abraham tomó a su hijo Isaac y lo llevó al monte para sacrificarlo y, cuando estaba a punto de sacrificarlo, Dios lo detuvo a través de la voz del ángel: “no le quites la vida a tu hijo, has probado, has probado”.
Usted también, habrá momentos en que esté intercediendo por algo o por alguien, con confianza, con seguridad, con una fe bien firme, no desmaye, no se desaliente, porque pasan los días, los meses y tal vez los años y su petición ahí está. No se ponga a reclamarle a Dios, “no me escuchas, no me atiendes, no me amas, no te fijas en mí” ¡No! Usted sígale diciendo: “Señor, te presento de nuevo mi plegaria, te presento mi súplica, te platico de mi dolor, de mi tristeza, de mis angustias, como te las he platicado a lo largo de los días, de los meses, de los años. Te lo vuelvo a platicar y, si usted está de pie con esa fe, significa que Dios no lo ha abandonado, no lo ha abandonado ni lo va a abandonar. Dios estará con usted. Confíe, confíe.
Quiero también decirle, al inicio de la misa hicimos una oración en que dijimos: yo confieso que he pecado mucho, de pensamiento, palabra, obra y omisión. Lo dijo también el que está a mi lado derecho, a mi lado izquierdo, atrás, delante de mí. Lo dijimos todos, lo dijimos todos y ¿qué nos dijo el Señor en el Evangelio? “He venido en busca de los pecadores, yo no he venido a los justos, sino a los pecadores”.
¿Por qué ha venido usted aquí?, porque siente la necesidad de fortalecerse en Dios, siente la necesidad de experimentar Su misericordia y Su amor. Siéntalo. Gócelo. Disfrute esa misericordia divina que tiene Dios para usted. ¿Se reconoce pecador? Bendito sea Dios, si ya miró a alguien, conocido de usted, que según usted no se porta tan bien, no sea fariseo, no sea fariseo, ¿por qué su Maestro se junta con publicanos y pecadores? No seamos fariseos.
Si nuestro hermano, que según yo es un pecador, bendito sea Dios que está aquí, porque se va a encontrar con el que tiene misericordia y le va a tocar su corazón, para que él cambie de vida, pero no se la dedique a criticar. No se la dedique a mirar quién entró a esta Iglesia. Dele gracias a Dios por todos los que entran a esta Iglesia Catedral, dele gracias a Dios y no seamos fariseos, que nos creamos tan santos, tan limpios y tan puros, tan cumplidores de los deberes, tan virtuosos, no lo somos, no hemos dejado de ser pecadores, miserables, inclinados al mal, llenos de defectos, así somos y así es él y aquel y todos nosotros, pero bendito Dios que venimos al encuentro y que venimos porque queremos que el Señor Jesús nos mire, nos mire, como miró a Mateo, que estaba sentado en la mesa, haciendo su trabajo, cobrando los impuestos. No bien visto, no bien visto. El Señor lo miró y lo miró con amor, con grande amor y le dijo: “Ven y sígueme”, “Ven y sígueme”.
Déjese mirar con amor y misericordia de parte del Señor Jesús en este mediodía, déjese mirar y Él le va a decir “ven y sígueme”. Ven y sígueme en la vida matrimonial, te invito a tener misericordia, te invito a crecer en el amor, en tu vocación de esposo, de esposa, te invito, “ven y sígueme”. Te llamé para que tú crecieras en santidad de vida en esta vocación matrimonial, sígueme, sigue siendo fiel, sigue amando, sigue perdonando, no lleves cuentas del mal, sé un buen esposo, una buena esposa. Perdona, ten misericordia, ten compasión. No te pases la vida reprochando, eres esto y eres aquello, no, pásate la vida amando, amando, porque esa fue tu promesa, te voy a amar todos los días de mi vida, esa fue tu promesa ante Mí. “Te voy a amar todos los días de mi vida”.
Te llamé a la paternidad y maternidad, sé un buen padre, con testimonio de vida, con amor, con paciencia, con caridad entrañable, imitando al Dios que es padre y el Dios que es madre, imítalo, entrégate a Él.
Sé un buen hijo, el amor a tus padres llega hasta a mí y alcanza bendición. Yo quiero bendecirte a lo largo de toda tu vida, porque eres un buen hijo, te has ido ganando la bendición para siempre, amando y respetando a los seres que te dieron la vida. Sigue así, siendo un buen hijo.
A mí me llamó a otra vocación, a la vocación sacerdotal, soy feliz en este ministerio, soy feliz y sé del grande amor que Dios me tiene y recibo ese amor de Dios a través de ustedes, a través de ustedes. Gracias por amar a Dios sacerdote, en mi persona. Gracias. Él me miró, como miró a Mateo y me eligió, yo no era el más santo, ni lo soy; ni el más virtuoso, ni lo soy, pero Él se fijó en mí, “ven y sígueme”, y aquí estoy, “ven y sígueme”.
Dele gracias a Dios por su vocación y dejémonos mirar por el Señor, su mirada es una mirada de amor que nos llena de paz, que nos llena de gozo, que nos llena de alegría. Le llamó a ser hijo de Dios, Nuestro Padre Dios. Jesucristo le llamó a usted a ser discípulo, sea un grande discípulo. El Espíritu Santo le llamó a usted a ser templo vivo, templo vivo. Imagínese lo que somos, los hijos del Padre Dios, los discípulos de Jesucristo y los templos del Espíritu. La Santa Trinidad haciendo Su obra en nosotros. Amor al Padre, amor al Hijo y amor al Espíritu y todo eso nos tiene que llevar a amarnos unos a otros, así como el Señor Jesús nos ha amado.
La Madre de Dios nos ayude con Su intercesión, para que así como el apóstol Mateo lo dejó todo para seguir al Señor, así también nosotros, cuando el Señor nos llame a alguna actividad, estemos bien dispuestos a hacerla y pidámosle esa gracia a la Santísima Virgen, que en el momento en que Dios la llamó para ser la Madre del Mesías dijo: “Yo soy la esclava del Señor, hágase en mí según Tu palabra. Yo soy la Sierva”.
Que usted pueda decir: “yo soy quien sirve al Señor”.
“El que quiera ser mi discípulo que renuncie a sí mismo, que tome su cruz de cada día”. El que quiera ser el primero que sea el servidor de todos.
Eso es lo que yo encuentro en la Palabra de Dios en este domingo. Que disfrutemos esta semana en nuestro trabajo, en nuestras actividades, en nuestro descanso o lo que estemos haciendo, que los disfrutemos y que siempre sintamos que Dios no nos abandona, que está siempre con nosotros y que es misericordioso y nos perdona porque nos ama.
Que así sea.








