XXXV FERIA DEL SEMINARIO
CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA
Todo el calor que sentimos es calor humano, no es solamente clima, clima, cálido, es calor humano, es amor, es amor.
Su presencia de cada uno de ustedes es un amor para nuestro Seminario. Estamos felices de verlos aquí, muy felices y sé que seguirán llegando y llegando más y más hermanos durante todo el día, a la feria de nuestro Seminario, a colaborar en el sostenimiento de los futuros sacerdotes, a seguir arreglando esta casa, que ya tiene sus años.
La Feria del Seminario tiene 35 años, 35 años, que se ha celebrado la Feria, por tanto, pues vamos pensando que nuestro Seminario va con la Feria y, a la vez, entendamos, necesita de la feria, de la feria que usted regale, de la feria que usted ponga en un canastito al ratito, de la feria que usted entregue comprando unos boletitos para irse a comerse algo, necesitamos de esa feria y, para eso, se organiza la feria, para bajarnos la feria.
Más claro no canta un gallo. Les sirve de paseo familiar, sí, les sirve para conocer este espacio, donde están formándose los futuros sacerdotes, pero yo hablo claro, yo necesito de su dinero para el sostenimiento de esta casa, porque de lo que ustedes aportan, no nada más en la feria, sino en la colecta del seminario y luego muchos de ustedes, mes a mes, en un sobrecito lo hacen llegar aquí en esta casa o lo depositan en una cuentita de banco que tenemos para que se sostengan los futuros sacerdotes.
Agradecido con ustedes, muy agradecido.
Y quiero decirles lo siguiente, le quiero decir lo siguiente. Este pueblo nuestro de Oaxaca y, en especial nuestra Arquidiócesis de Antequera Oaxaca, necesita de manos consagradas, de manos ungidas, con el Santo Crisma. Necesita de estas manos ungidas, consagradas, porque Dios quiere seguir haciendo Su obra, Su obra de salvación, quiere seguir llenando de gracia a este pueblo santo de Dios, que un día comenzó su historia de salvación en las aguas bautismales y necesitamos que esas manos ungidas se sigan imponiendo como nos decía la primera lectura, manos que se impongan sobre la cabeza, sobre la cabeza.
Hermanitos, usted ha visto y tal vez ha experimentado la imposición de manos de un sacerdote, que le llena de paz, que le llena de gozo, que le llena de alegría, que le llena de amor, porque usted, con humildad de corazón, se acerca a un sacerdote buscando el perdón divino y, el sacerdote, impone sus manos sobre su cabeza y le dice: yo te absuelvo de tus pecados. Usted experimenta la misericordia de Dios, el amor de Dios, usted necesita seguirse alimentando del Cuerpo y la Sangre del Señor y usted ha sido testigo y lo va a ser hoy, de que el sacerdote impone sus manos sobre las ofrendas y pide la fuerza del Espíritu para que ese Pan y ese Vino se conviertan en el alimento que nosotros necesitamos para el camino a la vida eterna, para que vayamos a ocupar el lugar que Nuestro Señor Jesucristo nos acaba de decir en el Evangelio que tiene para nosotros, “voy a prepararles un lugar y cuando vaya y les prepare el lugar, volveré y los llevaré Conmigo, para que donde Yo esté, estén también los que me sirven.
Ustedes saben que el alimento que nos asegura vida eterna y resurrección con Dios es la Eucaristía y necesitamos de esas manos consagradas, ungidas con el Espíritu, para que ese Pan y ese Vino sean el Cuerpo y la Sangre del Señor.
Necesitamos que esas manos del sacerdote nos toquen en el momento en que nosotros estamos probados en el dolor, en el sufrimiento, enfermitos. Necesitamos que imponga el sacerdote su mano en nuestra cabeza y le pida a Dios que nos dé salud, que nos dé salud, salud física y salud espiritual. Que esas manos nos unjan en la frente y en las palmas de nuestras manos para que Dios nos conceda la recuperación. Necesitamos de esas manos, para que nos unjan.
Necesitamos de las manos de nuestros Obispos para que, imponiéndolas y ungiendo la frente de los bautizados, reciban el don del Espíritu Santo en la Confirmación. Necesitamos de esas manos para que bendigan y santifiquen el amor matrimonial. Necesitamos de esas manos para que derramen agua en nuestra cabecita y comencemos a ser hijos de Dios.
Necesitamos de las manos de los sacerdotes para que Dios, a través de la administración de los sacramentos nos vaya santificando y nos vaya llenando de Su gracia.
Usted es sacerdote desde el día de su bautismo, usted forma parte del pueblo santo de Dios y usted, y aquí quiero decirles con toda claridad, si ustedes no son promotores de las vocaciones a la vida sacerdotal, a la vida religiosa, a la vida matrimonial, a la vida célibe en el mundo, no nos están ayudando. Nos ayudan con billetes, sí; nos ayudan con su oración, sí; pero yo necesito que me ayude promoviendo con sus labios, diciéndoles a los jóvenes, por lo menos dígale a un jovencito que usted vea por ahí, en su familia, en su pueblo, dígale, ¿no te gustaría ser sacerdote? Dígale eso, anímese, usted, padre de familia, anímese a decirle a su hijo: ¿no te gustaría ser sacerdote? Dígale, anímese a decirlo. Todos debemos de ser promotores.
¿Usted quiere que sólo el sacerdote sea promotor? Pero también quiere que vaya a su comunidad y que vaya a la otra y que vaya a cuarenta comunidades y que ande corriendo de un lugar a otro y no promovemos las vocaciones en esta línea de estar mirando, motivando, insistiendo a tantos jovencitos que hay en nuestro pueblo, que hay en nuestra familia y no nada más en esta casita, hay más familiares nuestros, los primos, los sobrinos, en todo ese ambiente hay que promover las vocaciones a la vida sacerdotal, hágalo, lo necesitamos.
Mire, tenemos una gran casa, pero esta gran casa tiene más cuartitos sin ser habitados, tenemos muy poquitos seminaristas, muy poquitos. Padre Roque ¿cuántos seminaristas tenemos? Cuarenta y uno. ¿Son de los nuestros todos? Ya no son todos. ¿Cuántos son nuestros? Ave María, de los nuestros de la Arquidiócesis de Antequera Oaxaca son 18, uy, 18, ah, 28, ah, ya me animé más, 28, 28, oigan, ¿desde el propedéutico?
Miren, si se logran esos 28, tienen que pasar mínimo ocho años, nueve años para que se logren los 28 sacerdotes. Nueve o diez años, en nueve o diez años tal vez algunos de nosotros ya nos fuimos a ocupar la habitación que dijo Nuestro Señor que tiene.
Sí, yo voy a prepararles un lugar y los voy a llevar conmigo, diez en diez años nos decimos adiós, 28 sacerdotes, si es que se logran todos, si es que se logran.
Oiga, ¿por qué no podemos decir, en la Feria de nuestro Seminario, podamos decir, tenemos 50 seminaristas en nuestro Seminario de la Arquidiócesis de Antequera Oaxaca, 50? ¿cuántos nos faltan? 22, pues que entren el próximo año en este nuevo curso 22 al propedéutico y que el siguiente podamos decir que entraron 30 al propedéutico y que entraron 40 al propedéutico y que entraron 50 al propedéutico, que cada día se aumente el número de los que vienen al propedéutico, para que podamos nosotros pensar que, al final, vamos a tener un buen grupito de sacerdotes, cada año, cada año.
Anden, ayúdenos, ustedes son muy generosos y amorosos. Pues esta generosidad y este amor, yo les pido como su Obispo les pido, ayúdame promoviendo las vocaciones. Tú tienes que ser un gran promotor de las vocaciones, váyanse con ese compromiso, yo voy a promover, yo voy a mirar a los jóvenes y voy a estarles sembrando semillita, me voy a encontrar con uno y le voy a decir, ¿no te gustaría ser sacerdote? Y pasará el tiempo y lo volveré a ver y le diré: “oye, ¿qué has pensado de aquello que yo te dije? Y el muchacho va a decir: ¿qué me dijo? – pues te lo voy a recodar, te dije que si no querías ser sacerdote – “ah, no, yo no” – y usted sígale insistiendo, porque a mí me insistieron una y otra vez y aquí estoy, el padrecito no se cansó de decirme: “¿no quieres ser sacerdote, no quieres irte al seminario?”, insistió una y otra vez. Usted también haga lo mismo y, si es su hijo, pues ahí, cuando esté desayunando, mírelo a los ojos y luego su hijo le va a decir ¿por qué me estás mirando tanto? Y usted le responde, pues es que veo algo muy especial en ti, cómo me gustaría verte un día sacerdote… “mamá, no”, pues mamá sueña, sueña, quiere, porque pienso que Dios te llama al sacerdocio, algo veo en ti y por supuesto, el que ve mejor es Dios, ándale, ¿no te animas a irte al seminario?, nosotros te apoyamos.
Ande, invite, toque, hable, promueva, lo necesito, lo necesito. Y necesitamos sacerdotes para que nos sigan diciendo que Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida, nadie va al Padre si no es por Mí.
Necesitamos del sacerdote para que siga llenándose su corazón, su interior de mucha espiritualidad y el sacerdote, el sacerdote, en la administración de los sacramentos, en la meditación de la Palabra Divina puede llegar con un mensaje a su corazón y usted tener el encuentro vivo con el Señor y sentir que va por el camino, de ese camino de sacrificio, de renuncia, de penitencia, porque ese es el camino de Nuestro Señor y le va a ayudar para que usted tenga la verdad de Dios, para que usted profundice en la Palabra Divina, para que haga suyo el mensaje divino y para llenarlo de Dios, sobre todo en la Eucaristía, en la Eucaristía.
Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Busquemos al Señor, llenémonos de Él, cambiemos nuestro corazón, alegrémonos por lo que hacemos. Hoy usted me alegra, usted me alegra, alegra a Monseñor Luis Alfonso, alegra a los formadores de esta institución Seminario, alegra a los Seminaristas, alegra a todos los sacerdotes, aquí están dos que tres de nuestra Arquidiócesis. Su presencia, su amor al Seminario nos alegra, nos entusiasma, nos ilusiona, nos llena de esperanza. Pues muchas gracias, muchas gracias. Sigamos disfrutando de nuestra feria del Seminario, soltemos los billetes, eso no se me olvida ¿verdad? Pues que a usted no se le olvide que tiene que ser promotor vocacional y no nada más como los que andan por aquí con una playera que dice promotores vocacionales, no, no se ponga playerita, no hay necesidad, pero si quiere ponerse playerita e integrarse al equipo, ah, pues bienvenido, bienvenido, pero no se necesita, se necesitan sus labios, sus palabras, sus miradas, sus manos, sus gestos, para que pueda entrar en diálogo, para que Nuestro Señor se valga de usted y utilice sus labios para llegar a hacer una invitación. El Señor necesita de su mirada para mirar con amor. Ven y sígueme, ven y sígueme. Mírelo como miraría Nuestro Señor a ese joven, y como le diría Nuestro Señor: Ven y sígueme.
Preste eso a Nuestro Señor.
Dios nos guarde a todos y nos dé ánimo para seguir en esta tarea Evangelizadora y en este trabajo de promover las vocaciones a la vida sacerdotal, a la vida religiosa, a la vida matrimonial, a la vida célibe en el mundo. Son las vocaciones, son los estados de vida en los que podemos nosotros realizarnos como hijos de Dios, como hombres y como mujeres en estas vocaciones.
Pues que Dios siga colmando de gracia a nuestro Seminario, que los jóvenes sigan perseverando, que los formadores no se nos desanimen y siempre vivan fortalecidos y pidan mucho por don Luis Alfonso y por su servidor. Nuestra tarea y la cruz que llevamos, el pectoral nos recuerda que va Nuestro Señor con nosotros, que llevamos una cruz y una de las cosas que más nos preocupan son las vocaciones, porque nuestras comunidades están solas, parroquias solas, pueblos de miles de habitantes solos, solos. No hay sacerdote, esa es de las grandes preocupaciones que tenemos como Obispos.
Si ustedes nos ayudan con la carguita, pues nos van a alivianar el peso, ayúdenos y usted venga y me dice: Monseñor, estoy promoviendo a un joven, ya casi lo convenzo y yo le voy a decir, pues dígale a ese joven que venga, que lo voy a convencer y yo le doy la última pasada, pero usted ya lo trabajó, ya lo convenció yo nada más le voy a decir: pues ya estamos aquí, ándale, vamos entrando ya, qué esperas, no te esperes más, te vas a hacer viejito y vas a salir a celebrar tu misa exequial, no, ahorita, para que puedas celebrar el matrimonio de tu hermanito más chiquito, de tu hermanita, dentro de diez, quince años tú vas a ser sacerdote y él ya se va a estar casando y tú vas a celebrar tu boda.
Trabájele y yo también trabajo. Trabajemos juntos.








