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CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA
XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
8 DE NOVIEMBRE DEL 2026

Estamos llegando al final del año litúrgico, sólo nos quedan otros dos domingos y se termina el año litúrgico y empezaremos, si Dios lo permite, un nuevo año litúrgico y siempre que se está terminando el año, la liturgia suele hablarnos de lo que va a suceder al final, al final de la vida, de todos y cada uno de nosotros.

No nos extrañe, pues, que en estos domingos, este y el que sigue, se hable de que debemos estar preparados, para tener el encuentro con Dios. No nos extrañe y es algo que debemos de pensar con frecuencia, no porque queramos irnos de este mundo, sino porque es un acontecimiento que va a suceder y nuestra meta final es llegar al cielo, es poder contemplar a Dios por toda la eternidad. Es llegar con Él y ser feliz para siempre, feliz para siempre.

La más grande felicidad es ver a Dios, esa es la felicidad de los justos y la más grande tristeza y dolor es haber visto a Dios y saber que ya no se le va a ver jamás.

Ese es el sufrimiento de los que no se ganaron el cielo, haber visto a Dios, que les juzga por sus obras, y que pues va a decir: “id, malditos, a fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles”. Usted no debe de escuchar eso, usted debe de escuchar: “ven, bendito de Mi Padre”… y hay que prepararnos y, hoy, el Evangelio nos dice que hay que estar con nuestras lámparas encendidas, pero también con suficiente aceite, suficiente aceite, no sólo nuestra lamparita encendida, también el aceitito para que le sigas poniendo y no se apague y, cuando venga Nuestro Señor y nos llame, nuestra lamparita esté bien encendida, no tengamos que ir a comprar aceitito para ponérselo, porque se va a cerrar la puerta. Eso les pasó a esas cinco jovencitas descuidadas, a las previsoras les tocó recibir al esposo y entraron con él al banquete de bodas y, las otras cinco, se quedaron fuera, porque no tenían su lámpara encendida. Fueron a buscar aceite para volver a encender su lámpara.

¿Qué es estar con un recipiente lleno de aceitito? No se les olvide que Nuestro Señor nos dijo un día que éramos la luz del mundo, la luz del mundo, pero añadió,
“que sus obras brillen, sean obras de luz para brillar”. Las obras de las tinieblas no brillan, no brillan. Las obras de la luz sí brillan y decía Nuestro Señor: “que sus obras brillen ante los hombres, para que viendo lo que ustedes hacen, den gloria al Padre, que está en los cielos”.

Entonces, lo que nosotros hagamos de obras buenas, es para la gloria de Dios, no para la gloria nuestra, para la gloria de Dios y, esas obras buenas, que son para la gloria de Dios, te van a llevar a la gloria, para que glorifiques a Dios por toda la eternidad y usted sabe cuáles son las obras buenas y usted también sabe cuáles son las obras no buenas.

A los niños, sí, les enseñamos y les decimos, pero a los que ya somos adultos, personas mayores, pues yo ya sé qué cosas debo de hacer y qué cosas debo de evitar. Las cosas que debo hacer, hay que hacerlas y las que debo de evitar, pues evitarlas, así de sencillo.

Para hacer las obras buenas tengo que hacer un gran esfuerzo, de eso somos conscientes, tengo que esforzarme, por hacer estas obras que agradan a Dios. Para hacer las obras malas no hay que esforzarnos, se hacen y ya. Ahí no hay que hacer ningún esfuerzo, la tentación llega y caemos, ah, pero para evitar eso, para evitar caer, yo tengo que hacer un gran esfuerzo, tengo que tomar conciencia, ¿qué me pasa si hago esto?, me aparto de Dios y no quiero apartarme de Dios, no quiero perder su amistad, entonces le tengo que decir a Dios: “Señor, ayúdame, dame fortaleza para que yo no caiga, no cometa estos errores, ayúdame, tengo que intensificar mi oración y, además Nuestro Señor nos dijo que para vencer algunos espíritus malos, sólo se vencen con oración y ayuno, con oración y sacrificio, con oración y penitencia, para vencer, para no caer.

Que nuestra lamparita no se apague, que podamos tener el suficiente aceite en un recipiente para estar alimentando esta lamparita y permanezca esta luz encendida hasta el encuentro con Dios. Entonces, tenemos que llenar el recipiente. Ahorita lo estamos llenando, ese recipiente lo estamos llenando de aceite, porque es una obra buena. Vamos a regresar a nuestra casa, vamos a ir a cumplir con nuestros deberes. Cada uno de nosotros tiene responsabilidades, tiene obligaciones, tiene cosas qué hacer. Te invito a hacerlas con mucha responsabilidad, con mucha conciencia y, todo eso que hagas y lo hagas bien, eso llena el recipiente, eso lo llena, porque tus obras son buenas y es el aceitito que vas a ocupar para que tu luz de la lámpara esté encendida. Que no se apague tu lámpara, que nunca se apague, porque no sabemos a qué hora va a llegar Nuestro Señor a llamarnos al banquete de bodas, al banquete de la eternidad, no lo sabemos.

Los que ya somos mayores decimos: “nos faltan poquitos años”, pero no queremos que sean poquitos, queremos que sean muchos años más, pero no sabemos, lo que Dios tenga determinado.

A ti y a mí nos toca pues llenar el recipiente de aceite, de obras buenas. Dediquémonos a hacer el bien, aunque nos cueste, lo que nos cuesta tiene su valor, lo que no nos cuesta pues no tiene valor. Hacer el bien a todo mundo le cuesta, a todo mundo le cuesta, pero no estamos solos. Dios no nos abandona, Dios no nos deja a nuestra suerte, no. Dios está ahí, para ayudarnos. Tenga esa fe y esa confianza. Dios está con usted y está para escucharlo, para derramar gracia, para regalarle la fuerza que usted necesita. Búsquelo, llénese de Él, siga siendo una persona de grande fe y confianza en Dios, una persona de oración, no quiera vencer con sus solas fuerzas. Ninguno de nosotros puede, no podemos vencer con nuestras solas fuerzas.

Cuando hemos intentado vencer con nuestras solas fuerzas es cuando hemos caído, es cuando hemos caído. Si le pido a Dios fuerza, no voy a caer, porque voy a poner mi parte y Dios me mandará su auxilio, pero cuando nosotros decimos o pensamos “yo puedo solo”, no es cierto, no podemos, no podemos, el tentador es más fuerte que nosotros, no se puede vencer al tentador con la fuerza humana, se necesita la fuerza divina y, esa, se pide, se busca, se recibe.

Que usted busque esa fuerza y verá que va a poder, siempre va a poder y, eso, llena su recipiente de aceite, para mantener su lámpara encendida. Somos llamados al banquete eternos, al banquete con Dios.

Que todos los días recordemos, yo debo de trabajar para ganarme el cielo y ver cuáles son esas obras que me hacen ganar el cielo y hay que hacerlas. Las que ponen en peligro que me gane el cielo, no las haga, evítelas.

No debemos de pensar “ah, voy a hacer esto, sé que me aparta de Dios. Enseguida me confieso y pido perdón”, no, pues por ahí no va el asunto, no va el asunto por ahí. Ya está decidido a cometer un error, apartarse de Dios y pensando que enseguida va buscar el perdón y la misericordia. Oiga, está este momento y este otro y, si en este momento le llama Dios y no llegó a este, ¿qué va a pasar? No piense así, piense cómo evitar esto, cómo no caer, eso es lo que debemos pensar, no nada más decir, bueno, un pecadito qué tanto es, luego me confieso. Ande pues, no, así no se vale, así ponemos en tela de juicio el perdón, porque no lo estamos buscando, es mejor no caer, es mejor no caer, que pensar que enseguida pido perdón.

No baje el recipiente de aceite con esas obras malas, llénelo con esas obras buenas, siempre lleno, para que así mantenga su lámpara encendida.

Que Dios nos siga concediendo gracia y fuerza, para no perder de vista que nuestra meta final es el cielo, ahí donde queremos que estén todos los que ya murieron, en el cielo. Lo hemos pedido en este mes y lo pedimos siempre, eterno descanso para los que ya se fueron y, entre nosotros, pidamos misericordia, misericordia divina, perdón divino y ayudémonos con nuestra oración diciéndole a Dios: “Señor, no permitas que mi lámpara se apague, que mi recipiente no tenga aceite. Ayúdame para mantener siempre encendida la luz y mi recipiente lleno de ese aceite de buenas obras, para que yo pueda estar siempre preparado, en todo momento, para recibirte cuando Tú vengas por mí.

Eso hay que decirle a Nuestro Señor en todo momento y que Nuestra Madre, la Santísima Virgen, siga intercediendo por nosotros, que ruegue, que pida, que ore y que nos alcance esas gracias, para mantenernos con esa luz encendida y con ese recipiente lleno de obras buenas.

Que así sea.