Compartir

Alexandra MARTINEZ DE AGUILAR*

Mientras esperaba pacientemente en la fila para recoger uno de los pedidos para celebrar las fechas decembrinas, escuché una plática sobre el incremento al salario mínimo que entró en vigor el 1 de enero de 2025.

Mi cara lo expresó todo: me sorprendió saber que los ciudadanos cada vez buscan informarse sobre lo que ocurre en el país y dan opiniones sobre ello, por ejemplo, una dijo que, por fin, sentiría menos presión para completar la quincena, mientras la otra, dueña de un negocio, le comentó que estaba preocupada porque no sabía si iba a poder absorber ese nuevo incremento.

Fue claro que lo que escuché reflejaba una mezcla de alivio y preocupación, pero ¿a quiénes alcanza realmente el aumento al salario mínimo? Lo fundamental es tener en claro que hay dos salarios: el salario mínimo y el salario contractual. El primero es el que fija la ley y el segundo es el que se negocia entre trabajadores y empresas de acuerdo con el mercado laboral. Por eso, cuando se anuncia un aumento al salario mínimo, no significa que todas las empresas estén obligadas a ajustar de inmediato los sueldos de quienes ganan por encima de ese monto.

En la práctica, los profesionistas y trabajadores con ingresos mayores al mínimo no reciben automáticamente un incremento, ya que el salario mínimo funciona como un punto de partida, no como una regla que deba replicarse en todos los niveles salariales.

El aumento sí contempla a ciertos oficios y actividades específicas. Existe una lista que agrupa alrededor de sesenta profesiones, oficios y trabajos especiales como albañiles, cocineros o choferes de camión, con montos definidos según la zona en la que se desempeñan. Por eso es importante identificar quiénes están dentro de ese esquema.

Los trabajadores que se encuentren en alguno de los 46 municipios de la región fronteriza norte, recibirán 13,409.80 pesos al mes lo que representa un incremento de $440.87 pesos (5%) mientras que el resto recibirá mensualmente 9,582.47 pesos, reflejando un incremento de $315.04 pesos (13%). Este incremento beneficiará a 8.5 millones de personas de acuerdo con la Secretaría del Trabajo y Previsión Social (STPS).

Traducido a la vida diaria, para los trabajadores que pagan camiones, que estiran el sueldo para útiles escolares o medicinas, el aumento es un respiro permitiéndoles comer mejor, pagar o abonar a una deuda chica o, al menos, no vivir con la angustia permanente que el dinero se acaba antes del mes. Por ello, cualquier incremento cuenta porque cuando el ingreso básico sube, el poder de compra mejora, aunque sea de manera gradual.

Asimismo, comenzamos a ver que hay más consumo local porque el trabajador que ahora puede comprar un kilo extra de carne, una playera o salir por unos tacos el fin de semana, termina moviendo la economía del barrio. El dinero circula y en teoría, eso beneficia a comercios y servicios que dependen de ese consumo diario.

Desde una mirada social, el aumento no resuelve la desigualdad económica, pero sí empuja un poco el piso desde el que millones de personas intentan salir adelante y para muchos, representa un reconocimiento: el trabajo debe alcanzar, al menos, para vivir con dignidad.

La otra cara es que el aumento no llega solo a la cartera del trabajador, sino también a la contabilidad de las empresas, sobre todo en las pequeñas y medianas. Para una gran corporación, absorber el incremento puede significar ajustar márgenes o replantear costos mientras para una PyME como un taller mecánico, una fonda familiar o una panadería, por ejemplo, representa un reacomodo al no tener el mismo colchón financiero que una empresa más grande.

Hay empresarios que reconocen que nadie debería vivir con un salario que no alcance, pero plantean su preocupación ante los costos de insumos al alza, servicios más caros, competencia informal que no paga impuestos ni prestaciones y la inflación. En ese escenario, el salario mínimo más alto se siente como una carga adicional que no siempre viene acompañada de apoyos o incentivos claros de parte del gobierno.

Respeto a la inflación, si el negocio sube precios para poder pagar salarios más altos, el beneficio del trabajador puede verse mermado rápidamente porque el kilo de huevo, el pasaje o la comida corrida se encarecerán, y con ello, el aumento pierde fuerza.

Otro punto es que se vuelve más costoso contratar formalmente y por ende, algunos empleadores opten por detener su crecimiento. No es una justificación, pero sí una realidad que se repite en muchas regiones del país.

En el fondo, el debate no debe centrarse–ni debería serlo- entre trabajadores contra empresarios, ni gobierno contra iniciativa privada; es una conversación que debe darse constantemente para saber cómo repartir mejor las cargas y los beneficios.

El empleado que celebra el aumento y el empresario que se preocupa por pagarlo, suelen coincidir en algo: ambos quieren estabilidad, y el primero siempre buscará que su esfuerzo le traiga rendimientos reales, y el segundo que su negocio siga avante.

Así pues, el aumento al salario mínimo este año vuelve a recordarnos que esta decisión económica se sentirá en la mesa, en la caja registradora y en la nómina, y que es una medida con efectos reales, positivos y complicados, que exige diálogo y ajustes constantes. Además que su éxito no depende solo del porcentaje de aumento, sino de cómo se acompaña con políticas que apoyen a las empresas, fortalezcan el empleo formal y mantengan a raya los precios.

 

*Lic. en Ciencias Políticas interesada en aprender constantemente de todo y de todos.

 

Compartir