Antonio SALDAÑA*
BARCELONA, ESP.- Hay cosas que uno aprende a base de golpes, de esos que no te rompen, pero te despiertan: cuando persigues, pierdes, y no porque la otra persona sea mejor que tú, sino porque esa energía de ir detrás de alguien huele a necesidad, a vacío. Es como correr detrás de un globo que se escapa entre edificios: cuanto más corres, más sube, y tú te quedas abajo, respirando mal, con esa mezcla de frustración y absurdo. Ya te lo digo yo, la atracción de verdad no nace del esfuerzo desesperado, sino de algo mucho más simple y más poderoso: el magnetismo que aparece cuando estás tan metida en tu vida, tan presente en ti, que no necesitas que nadie venga a completarte. Es curioso, casi cruel: cuando dejas de perseguir, empiezas a atraer.

Piensa por un momento que eres un imán. Un imán no corre detrás de nada, no manda mensajes a las tres de la mañana, no intenta demostrar su valor. Solo está, emite energía, vibra y lo que encaja en él, se acerca. Lo que no, se cae solo, o sea, el plástico no se le pega. Ser atractivo es eso: dejar de empujar y empezar a ser, pero claro, decirlo es fácil. Perseguimos porque confundimos interés con urgencia, porque creemos que si no insistimos, el otro se va, porque crecimos con la idea de que el amor se gana, como si fuera un premio al esfuerzo. Y, sin embargo, la psicología lo deja clarísimo: cuando alguien siente que lo necesitas más de lo que te necesitas a ti misma, se activa su instinto de huida. No es maldad, es biología emocional.
Mira a ese amigo que siempre está disponible, que dice “sí” a todo, que se adapta a tus horarios, tus silencios, tus caprichos. Lo quieres, sí, pero no te enciende nada. Ahora piensa en esa otra persona que tiene vida propia, proyectos, límites, humor, misterio. Esa que no siempre está, pero cuando aparece, se siente. ¿Quién te atrae más? La diferencia no está en la cara ni en el cuerpo: está en la energía. Uno se diluye para agradar; el otro se sostiene. Es como si en tu casa pudieras comer chocolate a todas horas, es más, no hay otra cosa que chocolate, terminarías hartándote de algo que podría ser delicioso, solo porque está ahí siempre disponible.
Tu vida es un jardín: si lo abandonas por correr detrás de alguien, se seca, pero si lo riegas, lo cuidas, lo llenas de color, la gente se acerca sola, como mariposas y abejas no porque los llames, sino porque da gusto estar ahí. Y esto no va de volverte fría ni distante, sino de volver a tu centro y ello significa comenzar a responder en vez de reaccionar, preguntarte antes de escribir o llamar si lo haces desde la calma o desde la ansiedad. Se trata de poner límites sin temblar, porque decir “esto no me sirve” es mil veces más atractivo que cualquier intento de complacer. Es hacerte escaso sin desaparecer, porque desaparecer es indiferencia, pero estar siempre disponible es necesidad. El equilibrio es donde está la fuerza.
La paradoja es preciosa: cuando dejas de perseguir, no solo te vuelves más atractiva para los demás, sino para ti misma. Y ahí es donde pasa la magia porque la persona que no necesita correr detrás de nadie, es la misma que camina con la cabeza alta, que sabe lo que vale, que no acepta migajas emocionales. Esa persona -tu versión más honesta y más luminosa- no persigue, atrae y cuando esa atracción es desde un lugar auténtico, lo que llega no es casualidad: es coherencia. Es la vida respondiendo a tu nueva frecuencia.

*Master en coaching en inteligencia emocional y PNL por la Universidad Isabel I de Castilla. Nº 20213960. Diploma en especialización en coaching y programación neurolingüística (PNL) por la Escuela de Negocios Europea de Barcelona. IG: tonosaldanaartista. YouTube.com/c/TonitoBonito







