Claudia SAGREDO*
CDMX.- En la intimidad del pensamiento imaginamos formas, figuras, personas, paisajes, redondeamos colinas, gestionamos colores y entendemos formas. La imaginación es la parte prioritaria de nuestro ser, el ser humano, pero ¿conceptualizas el tener que imaginarte una obra? algo que en realidad “no existe” o ¿existe con el simple hecho de nombrarla? El arte invisible a los ojos o los ojos invisibles al arte. Si no se toca, ¿no se exhibe?
Desde el pensamiento profundo que grita ¡estafa! o tal vez nos susurra incomprensión, te contaré sobre la “escultura inmaterial”, en específico, la pieza llamada Io Sono (Yo soy) que responde al arte contemporáneo, a lo conceptual. Sí, a aquello que uno no logra entender del todo, que en un principio responde a la superioridad intelectual de una élite o tal vez a la disrupción artística. Pensemos que, en su momento, Picasso fue criticado por pintar caras sin forma, así que el arte conceptual responde un poco a la necesidad de interpretar, de hacer un poco más personal el arte, de darte pistas, de sugerir, de provocar o de repudiar, pero al fin y al cabo de conversar.
De ahí el por qué Io Sono, de un artista italiano llamado Salvatore Garau, resulta relevante; la pieza fue vendida en $15,000 euros, en 2021, en una subasta en donde sólo se entregó un certificado de autenticidad y la indicación de “dónde” debía imaginarse la obra. Ello da de qué hablar: si el artista hizo el negocio del siglo o si nos hemos vuelto locos al punto que debemos de imaginarnos el arte porque el ser tangible ya no es una opción viable.

Sin duda, este acontecimiento insólito alteró el mundo del arte contemporáneo planteando que una obra sin materia, sin forma, sin presencia física es una pieza de arte. ¿Lo es? ¿Es arte el vacío? ¿Puede el concepto ser más importante que el objeto? ¿Qué papel juegan las instituciones -museos, casas de subasta, expertos- en determinar lo que merece llamarse arte? Estas preguntas no solo atañen a la estética, sino a la economía, la sociología y la filosofía cultural contemporánea.
La venta de Io Sono trascendió rápidamente las páginas especializadas en arte para convertirse en tema de noticia global. Medios noticiosos y culturales en distintos idiomas reportaron la subasta reflexionando sobre el carácter provocativo de la obra y su impacto en las nociones definitorias del arte.
Lo icónico del caso no fue únicamente que alguien pagó por algo invisible, sino el debate que generó sobre el valor perceptivo y conceptual del arte. ¿Puede algo sin forma despertar emociones, reflexiones y discusiones profundas? ¿Dónde reside el valor artístico: en la percepción individual o en la legitimación institucional? ¿Cómo influyen los museos y casas de subasta en lo que definimos como arte genuino?
Estas preguntas llevaron a curadores, críticos e instituciones a revalorar no solo la obra en sí, sino su contexto. El impacto mediático ayudó a consolidar la obra como un hito paradigmático de cómo los museos y el mercado del arte contemporáneo pueden redefinir sus propios límites. Este tipo de acciones reflejan un movimiento más amplio dentro del universo museístico: el interés por experiencias más allá del objeto físico.
Los museos contemporáneos han estado explorando formas de exhibición que dejan atrás la mítica presencia del “artefacto único” para incursionar en instalaciones, performances, conceptos y experiencias sensoriales o cognitivas.
En este sentido, Io Sono no solo desafía la noción de escultura, sino también la del museo como lugar que preserva y exhibe objetos físicos. La obra plantea: ¿puede un museo “mostrar” un vacío? ¿Puede un espacio expositivo dedicar atención a lo que no se ve? Estas preguntas abren una reflexión museológica valiosa para curadores y gestores culturales que buscan ampliar las formas de exposición y participación episódica del público.
Y entonces… ¿lo es?

*Especialista en procuración de fondos y relaciones públicas para instituciones culturales.








