Lalo PLASCENCIA
Tal vez la única certeza es el movimiento. Nada se detiene, todo marcha. Es una espiral de cambios a veces inocentes o dramáticos. Moverse es cambiar el pasado para convertirlo en presente inexistente. Evolucionar es la maximización del cambio. Es devenir fenomenológico históricamente irrelevante. Pero el actuar humano, aunque diminuto, no pasa desapercibido para la inmensa historia. Decidir desde la ética o desde la ventaja cínica define el carácter individual con consecuencias generacionales. Es la diferencia entre ser humano y pretender serlo.
El mundo gastronómico parece debatirse entre la mentira y la verdad. Un péndulo continuo que pasa por todos los matices de la hipocresía, la verdad a medias, la simulación pretensiosa, la honestidad valiente y la pureza. Todos son cómplices: quien ejecuta, quien analiza, quien pertenece, quien está fuera de los círculos rojos, y quienes dicen ser felices, pero en el fondo sufren por no estar. Hipocresía esencial materializada en relaciones de poder. Unos pertenecen, otros no. Pero todos conforman una telaraña de complicidades que atrapa a quienes deambulan. Todos son eslabón de una cadena alimenticia de ambición, obsesión y ansiedad. Unos comen, pero todos son comidos. La vida es alimentarse sin asesinar a quienes dan de comer, alimentar sin someter a quien es convidado. Comer y ser comido en paz es vivir en libertad.

Definirse desde la sombra
Para entender la vorágine actual hay que retirarse un poco de la escena. Comprender que, a manera de cueva platónica, la mayoría de las realidades publicadas son proyecciones de intereses. Sombras de figuras monstruosas reflejadas en frías paredes que no dejan despertar a las conciencias. Pero del otro lado de la luz, de donde vienen las proyecciones, hay solo pequeños seres cuyas inseguridades son proporcionales a la terrorífica magnificencia de su sombra. La luz que los ilumina es la del dinero, la del negocio fatuo, la de la transacción publirrelacionista que transforma a engendros en titanes, a destalentados en creativos, y a ignorantes en mesías. La cueva apesta a falacia, oropel, drogas y egolatría. Todos conviven orgiásticamente hasta que alguien revela el verdadero rostro de los monstruos.
En ese oscuro sitio, que es la vida, nadie es puro. Todos mienten, tienen intereses y ceden para sobrevivir. Quien acuse pureza para distinguirse de otros es intelectualmente perezoso para mentir, pero quien les crea es dolorosamente idiota. Si bien la mayoría prefiere vivir bajo el consuelo ignorante, habrá quienes decidan desvelar monstruos. Y aunque la muerte social sea el precio por descubrir las auténticas formas y fondos de los seres proyectados, siempre será mejor morir bajo la luz de la verdad.

La cocina mexicana pasa por momentos tensos, de seres cuyas grandísimas sombras se erigen como olímpicos triunfantes desde cuya reducida visión se pretende construir la moderna mexicanidad. Desde sus abarrotados espacios llenos de no-mexicanos tejen relaciones de poder con otros similares a ellos. Siempre facturando en dólares, pensando en cómo verse mejor, proyectando imágenes de grandilocuencia incongruentes con sus inseguridades, persiguiendo a quienes les abrirán las puertas de nuevos círculos que los usarán y desecharán cuando pasen de moda. Los que viven detrás de la luz, proyectando sus sombras a la masa gassetiana, se perciben más fuertes en conjunto, a diferencia de los dominados cuyas soledades compartidas son condena y cadena. Hace falta una pizca de valor para iluminar por completo la cueva y revelar que nadie es tan bello, perfecto, inteligente o propositivo sin la luz de la única vela que los proyectaba.
La cueva de sombras terroríficas, que es la cocina mexicana contemporánea, debiera repensarse para su supervivencia. Debiera de iluminarse a sí misma no con verdad absoluta, pero sí con autocrítica que rechace aquello que genere tranquila satisfacción. Nada es para siempre, pero si los sometidos por los monstruos no hacen por incomodarse, su único destino es morir en la sombra ahogados en su propia ignorancia, convertidos en entremés de los poderosos. La muerte será física y moral, porque no hay alma que pueda trascender tras haber rechazado el llamado para obtener su libertad.

La cueva iluminada
Cuando la cueva pestilente se ilumina con verdad las sombras se disipan, los seres proyectados huyen para no ser pisoteados, pero los dominados siempre se dividirán en dos grupos. Los primeros se resistirán, protegerán a los que alguna vez fueron sus monstruos para no sentirse abandonados y tratarán de oscurecer nuevamente la cueva para volver a la placentera seguridad de la mentira. Esos no merecen nada más que ser punto de apoyo para quienes quieran abandonar la cueva. ¡Que mueran en hedionda compañía! El segundo grupo usará a los voluntariamente rezagados como escalón para salir del oscuro encierro, renunciarán a la comodidad que les ofrecía haber sido dominados y resurgirán como humanos libres. Unos se quedarán ciegos tras años de penumbra, otros enloquecerán porque la realidad es más grande que los monstruos proyectados en las grises paredes. Pocos decidirán volver a las tinieblas, porque al saberse sin amo a quien servir o temer su sentido vital desaparece. A aquellos que lograron pasar la prueba de la luz extrema, de la confrontación de la realidad en plenitud, y de la desorientación tras romper las cadenas el mundo será suyo. El secreto de la vida es definirse entre seguir en la cueva o despertar. Vivir en las sombras no es opción. El camino de la libertad se construye lento, seguro, con decisión y sin regreso. Los enanos con deseos de ser monstruos siempre acechan. Habrá que mantener las luces encendidas, la cueva ventilada, y la conciencia insatisfecha.

Lalo Plascencia
Chef e investigador gastronómico mexicano. Fundador de CIGMexico dedicado a la innovación en cocina mexicana. El conocimiento lo comparto en consultorías, asesorías, conferencias y masterclass alrededor del mundo. Informes y contrataciones en www.elcig.mx







