NÉSTOR Y. SÁNCHEZ ISLAS nestoryuri@yahoo.com
¿Quién fue realmente el festejado? La pregunta no es retórica ni ociosa. En el
aniversario 494 de la elevación de Oaxaca al rango de ciudad, la conmemoración
oficial pareció desdibujar a su protagonista natural, nuestra capital, para colocar en
el centro a figuras políticas de tercero y cuarto nivel, ajenas a los oaxaqueños y, en
algunos casos, vinculadas a episodios oscuros de destrucción, como el 2006.
El desdén institucional se manifestó desde la organización misma. Apenas unos
días antes de la fecha conmemorativa, la autoridad municipal no contaba con una
lista definida de los galardonados. A ello se sumó una decisión tan reveladora como
incomprensible: el cambio de sede.
El evento fue trasladado del Teatro Macedonio Alcalá, espacio apropiado y digno del peso histórico de la efeméride, a un salón de cabildos reducido, incómodo y carente de simbolismo. El resultado fue doblemente elocuente: no solo se devaluó el significado del acto, sino que ni siquiera logró convocar a una asistencia significativa. El vacío físico reflejó un vacío más profundo: la falta de interés del “pueblo”.
La comparación con celebraciones pasadas resulta necesaria. Fue precisamente un
aniversario de la ciudad el que dio origen al llamado “Homenaje Racial”,
antecedente de la Guelaguetza, una de las expresiones culturales más relevantes del
continente.
Aquella visión supo articular historia, identidad y proyección internacional. Lo ocurrido este año, en cambio, transmite una preocupante falta de conciencia histórica y de sensibilidad política.
No puede entenderse este episodio sin situarlo en un contexto más amplio de
desgaste entre la autoridad municipal y la ciudadanía. El rechazo no es
circunstancial; es acumulativo.
A inicios de este año, el ayuntamiento implementó incrementos desproporcionados en los derechos y trámites municipales, más de 800 en su catálogo, con alzas que en algunos casos alcanzaron el 100%. En una economía tan frágil como la oaxaqueña, estas decisiones no solo resultan insensibles, sino políticamente torpes.
A este malestar se suma el desempeño de la policía vial, percibida por amplios
sectores de la población como un cuerpo más enfocado en la recaudación arbitraria
que en la regulación efectiva del tránsito.
La proliferación de infracciones dudosas, la ausencia de criterios claros y la falta de resultados en materia de movilidad y seguridad alimentan la imagen de corrupción cotidiana que erosiona aún más la legitimidad institucional.
La pregunta inevitable es: ¿dónde se refleja el incremento en la recaudación? La
verdad generalizada es que no existe una correspondencia visible en servicios,
infraestructura o mejoras urbanas. Cuando la mayor parte del presupuesto se destina al sostenimiento de la propia burocracia, la gente difícilmente encontrará
razones para confiar en sus autoridades.
En este contexto, la selección de los personajes homenajeados adquiere un
significado particularmente burlón. Otorgar reconocimientos en nombre de la
ciudad a figuras sin arraigo local ni contribuciones claras a Oaxaca resulta, cuando
menos, desconcertante.
Pero el agravio alcanza su punto más alto al incluir, explícita o implícitamente, a quienes incendiaron la capital en la asonada sindical de 2006. El mentado movimiento social nunca existió. Aquella crisis dejó una huella material y simbólica de destrucción en el corazón de la capital. Para muchos oaxaqueños, rendir homenaje a quienes participaron en ese episodio equivale a un retroceso moral difícil de aceptar.
Las ciudades no solo se administran: también se narran. Y en esa historia los
símbolos importan. Importa el lugar donde se celebra, importa a quién se reconoce,
importa el tono del discurso y, sobre todo, importa la coherencia entre el pasado
que evocan y el presente que no pueden construir.
Cuando esa coherencia se rompe, lo que debería ser un acto de identidad oaxaqueña se convierte en decepción e indiferencia.
Oaxaca es, por méritos propios, una de las capitales culturales más relevantes de
México. Su historia, su gastronomía y su diversidad la colocan en una posición
privilegiada a nivel internacional.
Precisamente por ello, necesitamos autoridades a la altura de esa complejidad y de ese prestigio. Lo ocurrido en este aniversario no solo evidencia improvisación; revela una preocupante desconexión entre el poder público y la ciudad que dice representar.
El daño simbólico está hecho. El mensaje ha sido emitido con claridad. Quedará en
manos de las futuras administraciones reconstruir no solo la confianza ciudadana,
sino también el sentido de dignidad que debe acompañar cada acto público en una
ciudad que no es menor, ni ordinaria, ni prescindible. Una ciudad que, por historia
y vocación, merece mucho más que superficialidad e indiferencia.








