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Ernesto LUMBRERAS*

GUADALAJARA, JAL.- Las redes sociales nos dan noticias de los éxitos y de los infortunios de nuestros amigos y conocidos. Pero no pueden cubrir zonas de nuestra memoria. Por ejemplo, la telaraña virtual no me podría recordar cuándo fue la última ocasión en la que coincidí —en la realidad cabal y rotunda— con el poeta Eduardo Hurtado, fallecido el pasado 16 de diciembre.  Un hombre cordial y simpático, con un alfiler de humor a flor de labios, guapo según las entendidas, conocedor como pocos de lo que acontecía en la aldea de la literatura mexicana. Claro, me enteré por el vecindario de Facebook de su estancia en Tijuana, una ciudad que marcó su juventud y a la que retornaba con muchos proyectos que tristemente no fueron apoyados por las instituciones de cultura de aquella esquina noroeste del país. Supe también de su regreso, con “antorchas apagadas” a la Ciudad de México y de sus problemas de salud que mes a mes se agravaban hasta su fatal desenlace.

Nacido en 1950, un año bisagra según los historiadores de nuestra poesía, Eduardo Hurtado se formó y dio a conocer su trabajo literario entre dos generaciones, la de Antonio Deltoro, Elsa Cross, David Huerta por un lado, y la de Alberto Blanco, Coral Bracho y Fabio Morábito por el otro. Sobre todo poeta, aunque ensayista lúcido a la hora de explicar sus querencias, con un acento asordinado, festivo de las pequeñas maravillas que hacen habitable el mundo, objetos y asuntos mínimos —al grado de devenir en íntimos— que otorgan un acta de fe a las relaciones humanas tan entusiastas de su mutua destrucción.

Eduardo Hurtado ya estaba en la escena lírica cuando el histórico pase de lista de la Asamblea de poetas jóvenes de México (1980) de Gabriel Zaid, junto a otros vates nacidos también en 1950, José de Jesús Sampedro y Ramón Iván Suárez Caamal, entre los perseverantes y vigentes, lista a la que habrá de sumar a Efraín Bartolomé que llegó un poco después. En la “Canción para un insomne” dedicada a X.V., poema publicado en dicha antología, escribió: “Pájaro y corazón/ hoja sin rama/ sucumbiendo a un otoño/ luminoso”. Versos de contención y extrañeza, —que no contenidos en su decir—, breve enunciación que se repliega en lo dicho, pero sobre todo, en lo que no se dijo o apenas se tocó fugazmente. Un callar, en todo caso, que se dice mejor en lo expuesto con los silencios intercalados entre las sílabas.

Por algo Ramón López Velarde, César Vallejo y Juan Gelman formaban la trilogía de su poética, autores que entendían las palabras como materia verbal de un laboratorio de música. En el poema “Asfixia” acentúa ese regusto prosódico, una práctica cautelosa -desconfiada de las inercias semánticas- al momento de cercar el lenguaje:

Perdón por el pudor. Lo necesito.

Perdón por tanto punto. Irresponsable.

Una pausa menor. Me mataría.

El tiempo de una coma me da miedo.

Nos conocimos en el intermedio de una puesta en escena de Yerma, 1993, en el Teatro Isabela Corona, una función en la que algo tenía que ver Canal Once donde Eduardo colaboraba directamente con su directora, Alejandra Lajous. A partir de entonces nos seguimos frecuentando, coincidiendo en lecturas y fiestas, ocasiones ideales para intercambiar nuestros libros. Por esas fechas acaba de publicar Ciudad sin puertas (1991) en las bellas Ediciones Toledo, un delgado volumen donde disecciona uno de sus temas cardinales, la ciudad, un territorio ambiguo como el título del libro. El último libro suyo que llegó a mis manos, Renata (2016), con ilustraciones de Carlos Pellicer López, es un diálogo con su nieta, un homenaje a la continuidad del asombro, una reeducación del poeta mismo que vuelve a preguntarse los asuntos cordiales de la vida y cardinales del Universo: “Un cajón de palabras/ para estrenar los días”.

 

*Ernesto Lumbreras (Jalisco, 1966) *De la inminente catástrofe. Seis pintores mexicanos y un fotógrafo de Colombia de Ernesto Lumbreras, edición de la Universidad Autónoma de Nuevo León y de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México publicada en este 2021.Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. lumbrerasba@yahoo.es

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