Ernesto LUMBRERAS*
GUADALAJARA, JAL.- Dice Michel Leiris en la introducción de La edad del hombre: “La escritura, como la tauromaquia, no ofrece segundas oportunidades: cada gesto cuenta, y cada forma que fracasa deja una cicatriz más profunda que la de la página. No hay inspiración sin pérdida. El escritor, (yo agregaría también el pintor) como el torero, trabaja para una forma que quizás nunca llegue”. Lo dicho por Leiris, pero especialmente lo dejado en los márgenes, me resulta sugestivo para llevarlos a las faenas de la creación visual. Márgenes, es decir, orillas para observar desde distintos puntos lo lejano y lo próximo, una mirada panorámica en movimiento.
Vislumbro, entonces, en el arte de Alfonso López Monreal, una tensión inevitable por encontrar esa forma -la búsqueda que no cesa-, conciencia de una cita donde la amenaza es también iniciación y, desde luego, revelación. De Teseo a Morante de la Puebla, de Goya a Picasso, la conciencia del peligro despeja toda impostura, cada paso, cada trazo nos coloca en un instante que congrega todos los instantes de una vida para decidir el siguiente paso, el siguiente trazo. Experiencia, memoria y corazonada. El pintor, el dibujante, el escultor y el artista gráfico que es Alfonso López Monreal busca (podríamos decir “propicia”) afanosamente esa encrucijada, la añorada silueta de las astas del toro que buscó siempre Michel Leiris en su escritura, metáfora del riesgo y de la salvación.
Para el artista, la mano y el ojo funcionan como una misma experiencia y, por qué no, como un mismo organismo que elige instrumentos y materiales, que decide rutas de exploración, que afirma y duda en torno del territorio que devela gracias al dibujo y el color. Pero también, en ciertos artistas como Alfonso López Monreal, la mano y el ojo encarnan al amado y a la amante, una imagen plástica del mítico hermafrodita. Saberes e intuiciones de Eros, la mano y el ojo prolongan su pasión en el pincel, en la gubia, en el lápiz y en el buril. El papel, la placa de metal y el lienzo se convierte entonces en tálamo amoroso -a batallas de amor, campos de plumas dirá Góngora- superficies que darán testimonio fiable como evocador de la vida allí soñada, de “la pequeñas muerte” procurada y claro, de las inacabadas resurrecciones.
A la casa de las imágenes de Alfonso López Monreal, de día, de noche y de madrugada, la poesía entra y sale como si fuera su propio hogar. Tiene llave para entrar por la puerta y escalera para trepar a la azotea. Pero también su introduce por cualquier rendija como el polvo enamorado, como la luz, ese animal primero de lo invisible. La poesía es un ojo que sueña, incluso, cuando está despierto y abierto. Especialmente los poetas mexicanos y los poetas irlandeses, muy presentes en las páginas de La búsqueda incesante, recorren su casa, interrogan a sus fantasmas y a sus hormigas, hacen preguntas indiscretas a las lámparas y los grifos de agua, seducen a los gorriones que se aparecen en el balcón, todo con la intención de tener alguna noticia en torno de las fulguraciones y de las sombras que surgen en los cuadros de López Monreal. La palabra pregunta por la imagen. La imagen se desnuda ante la palabra. La palabra se descubre en la imagen. Entre las dos inventan un mundo de una intensidad fugaz que siempre está recomenzando.

*Ernesto Lumbreras (Jalisco, 1966) *De la inminente catástrofe. Seis pintores mexicanos y un fotógrafo de Colombia de Ernesto Lumbreras, edición de la Universidad Autónoma de Nuevo León y de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México publicada en este 2021.Miembro del Sistema Nacional de Creadores de





