Karla MARTÍNEZ DE AGUILAR
Fotografías: Gala Plata
Entre el pasado ancestral y los objetos del presente, el escultor oaxaqueño Amador Maya construye un universo visual que invita a la pausa, la reflexión y la reconexión con lo esencial. Su obra es un diálogo profundo entre identidad, materia y espíritu.
El comienzo en el camino en el arte
Nací en Oaxaca, aunque toda mi familia es de Ocotlán de Morelos, un lugar que forma parte fundamental de mis raíces y de mi manera de ver el mundo.
Y, el gusto por las artes y en especial la escultura comenzó gracias a mi padre Romeo Amador. Él estudió artes plásticas y, aunque nunca pudo dedicarse por completo a ello, su talento impregnaba toda la casa y nos inspiraba constantemente. Al principio no pensaba dedicarme al arte; estudié comunicación publicitaria, después hice una especialidad en diseño digital y trabajé muchos años en ese ámbito. Amo el diseño, pero algo había dejado un vacío en mí. Siempre sentí la necesidad de crear, de darle alma a las cosas, de vivir esa libertad intrínseca del ser que solo el arte permite. Por eso decidí estudiar artes plásticas y visuales, y fue ahí donde me enamoré de la escultura. Dejé el estudio creativo que mantuve por más de 15 años para empezar de nuevo, desde el arte.

¿Cómo influyó tu origen oaxaqueño en tu decisión de dedicarte a la escultura y en el lenguaje visual de tu obra?
Nos expresamos a partir de nuestros referentes, de nuestras experiencias y de nuestro origen. Oaxaca me da la cosmovisión que interpreto a través de mi obra; aquí respiramos y transpiramos cultura prehispánica. Elegí la escultura porque la considero un lenguaje visual muy potente y completo, que me permite expresarme a través de distintos materiales. Necesito sus características técnicas y físicas para sentirme pleno.
¿Qué materiales utilizas con mayor frecuencia y qué significan dentro de tu proceso creativo?
Regularmente trabajo con una sinergia de materiales. Me gusta explorar elementos reciclados o reutilizados: piezas metálicas, plástico, juguetes, fibra de vidrio, barro, plastilina epóxica, aluminio, huesos, resinas, losetas, vidrio, llantas, aerosoles y todo aquello que nos regale un poco de magia para que la obra se exprese. Para mí, los materiales son extensiones de uno mismo.

Muchas de tus piezas evocan la tradición y la memoria colectiva. ¿Qué papel juega la cultura local en tu trabajo?
Considero mi trabajo como una ofrenda visual a nuestros ancestros. Es una línea que busca reconectarnos con la herencia cultural de las civilizaciones antiguas de todo el mundo. Me gusta imaginar que existen civilizaciones ancestrales que nunca fueron invadidas ni despojadas de su cosmovisión, que siguen vivas en un mundo paralelo y que de alguna forma permean nuestra actualidad.
¿Cómo es tu proceso creativo, desde la idea inicial hasta la pieza terminada?
El ensamblaje me da mucha libertad creativa, y no me gusta limitar el proceso. A veces dejo que las piezas decidan su lugar y las voy colocando donde “me dicen”; otras veces las ayudo a decidirse o les pido apoyo para materializar lo que ya tengo en mente. Hago bocetos directamente en físico, probando combinaciones. Mi taller es un espacio donde el pasado dialoga constantemente con los objetos del presente.

¿Hay algún artista o movimiento que haya marcado tu forma de entender la escultura?
Me hubiera gustado tener maestros a quienes seguir, pero mi camino ha sido bastante solitario. Aprendí haciendo. Tengo muchos referentes: el cine, la música, el diseño, la pintura, la literatura. Por eso también disfruto mucho dar clases en la universidad; compartir es reiniciar. Si debo mencionar a un artista plástico, sería Tomás Barceló. Lo descubrí en internet y su obra me hizo un clic inmediato; su escultura me inspira profundamente.
¿Qué retos has enfrentado como escultor oaxaqueño en el ámbito artístico contemporáneo?
Es complicado. Somos muchos artistas emergentes y todos buscamos sobresalir. La mayoría de galerías y museos trabajan con quienes “ya venden”, y como en muchas profesiones, también existe el nepotismo. El buen arte por sí solo ya no es suficiente, aunque la comunidad artística sabe reconocer una buena obra. Por eso el esfuerzo debe ser doble y la disciplina constante. Estoy muy agradecido con las personas que me han apoyado; gracias a ellas sigo aquí.

¿Qué emociones o reflexiones te interesa provocar en quien observa tus esculturas?
Tiempo. Me gustaría que las personas se regalen tiempo a través de mi obra: esa pausa que todos necesitamos para imaginar, soñar y cerrar los ojos para ver. Que mi trabajo invite a reflexionar sobre lo que estamos perdiendo: la humildad, la conexión con la naturaleza, la empatía, la bondad y la fraternidad. Necesitamos desaprender muchas cosas de este “mundo moderno”.
¿En qué proyectos estás trabajando actualmente y hacia dónde te gustaría llevar tu obra?
Para mí, el arte es una exploración constante. Busco los medios necesarios para provocar emoción y reflexión en el espectador. No sé a dónde me lleve ese camino; creo que es cíclico, sin principio ni final. Solo sé que quiero llegar a más personas con mi mensaje, porque considero que lo vale. Siempre es importante ser autocrítico y seguir mejorando.

Si tuvieras que describirte como artista, ¿qué adjetivos escogerías?
Experimental, crítico, interdisciplinario y reflexivo.
Tres influencias que han marcado tu vida
Mi mayor influencia siempre será mi familia: el amor que compartimos, la bondad que veo en los ojos de mi hijo, el apoyo de mi esposa, mis padres y mis hermanos. En lo profesional, agradezco profundamente a los buenos maestros que he tenido, pero sobre todo a los grandes seres humanos que he conocido a lo largo de mi vida; ellos no caben en una sola categoría.







