- Eduardo Aragón Calvo
Kiki era un gato casi feliz. Su fino pelambre blanco, sus rasgados ojos verdes, su hocico rosado, sus rubios bigotes, su ágil figura…
Su noble presencia hacía el más grande placer y felicidad de su ama, vivía en una amplia y confortable casa urbana, su ama realmente lo amaba. Tenía todo lo que un gato podría desear, excepto una cosa.
Aquel día del mes de julio había escuchado atentamente la misma conversación que antes le enfadaba, simplemente no le interesaba, un tema de conversación del cual se hablaba en la casa a todas horas.
En ese tiempo se hablaba del conflicto que vivía Oaxaca: en la sobremesa del almuerzo, de la comida, de la cena; en la sala al reunirse a ver la televisión; en las conversaciones telefónicas con las amistades, con las visitas; en el comentario del periódico, en el noticiero en la televisión, todos los días a las ocho de la mañana al oír las noticias de La Grande de Oaxaca… No se hablaba más que de la APPO. Oía decir que los apos eran unos revoltosos, ladrones, violadores, asaltantes, asesinos, muertos de hambre, mugrosos, títeres del PRD y de López Obrador; que habían acabado con la paz y la tranquilidad de la gente “decente”, con el progreso de Oaxaca, con la “decencia y las buenas costumbres de la gente bien nacida”; que era injusto lo que hacían, que su primer consigna era tumbar al “gobernador” Ulises Ruiz Ortiz. Decían también que iban a poner a un gobierno comunista que aboliera la religión católica, que terminarían con la propiedad privada; que Flavio Sosa era el jefe de los apos, que exigían cosas imposibles, por lo que debería ser colgado -con todos sus secuaces- del árbol del Tule y quemado con leña verde de pirul.
Se quedó reflexionando: Exigían lo imposible. Él era un gato casi feliz, tenía todo en esa casa, al grado tal que a veces se dudaba quién era realmente el amo: él o su ama. Sin embargo, para completar su felicidad le faltaba una cosa que todos los gatos tenían y que a él se la habían quitado, que había buscado afanosamente en sus correrías nocturnas, pero no lo había conseguido.
Los apos exigían lo imposible, ¿por qué no unirse a ellos o por lo menos conocerlos? Conocer el mundo “de la otra gente” al que él no pertenecía, él era un gato de la gente “decente”, de la gente “bien nacida”… ¿Cómo sería la otra gente?
Esa noche de julio decidió ir más lejos que de costumbre (nunca en sus paseos nocturnos había ido más allá de los límites de su colonia), decidió conocer las colonias donde vivía la otra gente. Tomó rumbo al noreste de la ciudad, caminó, corrió y saltó por tejados, banquetas, pavimento y árboles – sin dirección precisa-; y percibió los olores y los chillidos de las hembras en brama, ese ritual felino previo, concomitante y posterior del amor gatuno, placer que se le había prohibido en una condena injusta, (el peor castigo al que puede ser condenado un macho), y por la cual no era completamente feliz.
Su “mínima” infelicidad lo había llevado a pensar en el suicidio, había oído decir que los hombres lo practicaban, pero él era un gato, tendría que practicarlo siete veces. Pensaba en ello en sus desesperadas noches de frustrada pasión, cuando tenía la mesa servida con un exquisito banquete, pero él no tenía el ánimo para comer, aunque se moría de hambre.
Se introdujo al bosque urbano saltando por varios tejados y atravesó mansamente las calles desiertas. De pronto escuchó el tronido de unos cohetes y luego, por un rumbo opuesto, detonaron otros, y después por otro lado y por otro, sucesivamente. Comprendió que eran claves secretas de los apos y que seguramente provenían de los lugares donde se encontraban apostados en sus barricadas. Decidió tomar el rumbo de la barricada más cercana. Al llegar, pudo contemplar efectivamente una barricada, construida por varios troncos de árboles y piedras, había una fogata y gente alrededor. Se acercó sigilosamente, nadie lo tomaba en cuenta, y pudo llegar hasta donde estaban los de la barricada, al fin iba a conocer a tan famosos personajes.
De pronto se percató de la presencia de un perro que maliciosamente lo seguía con la mirada, lo acechaba para atraparlo. Era un perro meco, flaco, mugroso, pulguiento; era un perro apo y él un gato “bien nacido”. Lo que siguió fue una corretiza por media cuadra, en la que sintió muy cerca de su trasero los dientes del apo, pero al fin trepó a una jacaranda y de ahí a un tejado, se puso a salvo. Sin embargo, siguió corriendo hasta donde tronaban otros cohetes, la escena era la misma: troncos, piedras, palos, fogatas, hombres, mujeres, perros hambrientos y mugrosos… Apos.
Se acercó sigilosamente. Los hombres no lo tomaron en cuenta, un perro lo miró con indiferencia, y de pronto una mujer lo llamó diciéndole “Bichito, bichito, bichito…” para después exclamar “¡Miren que lindo gatito!”, por lo que varios hombres voltearon a verlo. Uno de ellos dijo: “¡Ese gato no es de estos tejados!”, al tiempo que otro lo atrapaba. Kiki sintió la brusquedad y la diferencia con los brazos de su ama. El hombre lo examinó y exclamó “¡Este pinche gato güero es priísta, creo que es maricón o tal vez es hijo de URO!”, aventándolo bruscamente al pavimento. Kiki se refugió cerca de la fogata y alguien le arrojó un hueso de pollo, pensando Kiki “Pero si yo no soy apo”, y se arrinconó debajo de un camión urbano que estaba atravesado en la avenida cerca de la barricada, desde donde pudo oír las canciones y los chistoretes de los apos.
¡Sacaremos a ese buey de la barranca…,
de la barranca sacaremos a ese buey!
Ahí lo sorprendió la madrugada y subió a un laurel para pasar el día y dormir un poco.
Se dio cuenta que el bosque urbano era más peligroso en el día, había mucha gente que caminaba o circulaba en algún vehículo y al pasar cerca de la barricada soltaban maldiciones, mentadas de madre, saludos, felicitaciones, de todo, cada quien según le fuera en la fiesta.
Al avanzar el día, por la tarde, bajó de su escondite y se agazapó debajo del camión urbano que estaba atravesado en la calle, reforzando la barricada. Ahí alguien le tiró un pedazo de tortilla, eso que nunca había comido, y le parecía denigrante para un “gato bien nacido”; pero sentía hambre y en realidad había salido para conocer “a la otra gente”, para vivir diferente a lo que estaba acostumbrado, así que comió la tortilla, que no sabía tan mal, y luego en un charco de agua satisfizo su sed.
De esta forma conoció a Javier, un joven apo, que lo adoptó unos días y lo llevó por varias barricadas en las cuales siempre preguntaba por El demonio de Tasmania sin que nadie le dijera en donde se encontraba en ese momento. Así convivió con la otra gente, hambrienta, pobre, harta de la injusticia, se dio cuenta de que la suma de esas circunstancias producía el odio, el rencor y la violencia, escuchó un discurso diferente y contrario al de su casa, oyó hablar de gobernadores ladrones, de gobiernos represivos, de pobreza, de discriminación, de hambre, de miseria, de injusticia, de falta de empleo, de falta de servicios médicos…, de pronto se dio cuenta de que su fino y cuidado pelambre ya no era el mismo, se encontraba sucio y flaco, tenía la vestimenta de un apo y esto lo hacía ser aceptado en esa comunidad, así ni los humanos ni los perros ni los gatos lo veían con desconfianza, era uno de los suyos, aunque el vestido solamente ocultaba su real origen.
Buscó afanosamente el remedio para su mal. Fue inútil, no lo encontró.
Así pasaron los días, las semanas, dos meses… Había visitado muchas barricadas, pero también incursionó en otros mundos reales: conoció diversas cantinas como La fama, El otro mundo, El jinete, Mi despacho, La gloria, La poblanita, Caminito al cielo; se atrevió a ir a algunos tables como El carrizal, La Habana; se hizo amigo de taxistas nocturnos que llevaban a sus clientes a casas de citas, y a hombres que buscaban homosexuales; conoció a La serrana, maestra de los carteristas de los rumbos del mercado de abasto, conoció a Gloria la decana de los rumbos de Zaragoza; se codeó con El switch y El fusible, dos gatos que de tan corrientes daban toques, pero eran amigables, ellos le enseñaron que para sobrevivir no es suficiente el instinto de cazador, también se necesita maña.
Así pudo comer platillos exóticos como ratones placeros, cucarachas de cantinas, alacranes de casas viejas, arañas peludas, en fin todos esos bocadillos en su estado natural, fresquecitos, y disfrutó de los desperdicios del basurero del mercado de abasto; convivió con los teporochos del escuadrón de la muerte y conoció de las noches lujuriosas de los curatos y conventos: vivió de verdad.
A principios de septiembre conoció a La pelusa, una felina corriente pero simpática y dulzona que vivía en una colonia proletaria, se enamoró de ella y fue correspondido. Pensó que quizás podría ser feliz; sin embargo, otra vez le faltaba una cosa y Pelusa, al darse cuenta de que a Kiki le faltaba “esa cosa” lo rechazó bruscamente, pues su romance era inútil, no tenía objeto consumarlo.
Este rechazo provocó en Kiki un profundo dolor, comenzó a odiar, entendió mejor a la gente que lo rodeaba, pues al fin y al cabo eran rechazados todos.
En su aventura había participado en varios enfrentamientos con la policía, en la quema de autobuses, en una entrevista que le hizo La Doctora Escopeta en Radio Cacerola (en esa ocasión dio un discurso incendiario dirigido a todos los zánganos e inútiles sociales invitándolos a participar en el movimiento).
Con todo lo anterior, vio el odio de esa gente, el rencor social que tenían en el alma, ahora sabía que la frustración y la injusticia causaban ese rencor, por lo que con gusto se unió a los grafiteros y pintó con ellos:
¡FUERA URO!
¡URO ASESINO!
¡MUERAN LOS RICOS!
Con entusiasmo se trepó a las tanquetas improvisadas de los jóvenes apos (que no eran más que los carritos del súper llenos de piedras, palos y bombas molotov), participó en al menos dos megamarchas (nunca antes había visto miles y miles de personas desfilando una tras otra en la lluvia, en el sol, con un solo deseo: la caída del gobernador), maulló con ellos diversas consignas:
¡YA CAYÓ, YA CAYÓ, ULISES YA CAYÓ!
¡NO QUE NO, NO QUE NO, YA VOLVIMOS A SALIR!
¡EL PUEBLO, UNIDO, JAMÁS SERÁ VENCIDO!
Después comprendió que la lucha de esos miles quizás podía llevarlos a su triunfo, a su objetivo, la caída de URO; y esto traería como consecuencia que por lo menos por algún tiempo se sintieran satisfechos; pero a él ¿en qué le redituaría? ¿Acaso la caída de URO le iba a dar el objeto que le faltaba para ser feliz? No, no era así, lo comprendió y entonces inició el retorno.
Ochenta días después regresó a su casa, sucio, flaco, mañoso, pero feliz.
Había conocido el mundo real y había comprendido que en su caso, su lucha era inútil, había logrado entender que admitirlo y conformarse sería su felicidad completa. Y que quizás su felicidad sería haber conocido el mundo, y que todo lo que vio le enseñó que en realidad su desgracia… no era tan desgraciada como él creía, que su verdadera insatisfacción no era lo que le faltaba, sino la falta de comprensión, por su ignorancia.
De los apos aprendió la gran lección:
¿Para qué tengo hambre?
¡Si no tengo que comer!
F I N









