CUANDO UNA MUÑECA DE CARTÓN NOS DEVUELVE LA INFANCIA
Por Mariana Navarro
Periodista cultural y escritora. Especialista en ética aplicada, comunicación e innovación en tecnologías con enfoque humano.
Una niña se detiene frente a una muñeca de cartón.
No tiene pantalla. No habla. No responde preguntas. No cambia de vestido con sólo presionar un botón ni viene acompañada de un código para entrar a algún universo digital.
Tiene los brazos extendidos, la cara pintada a mano y esa expresión ligeramente imperfecta de las cosas que todavía conservan la huella de quien las hizo.
La niña la observa.
A su lado, una mujer mayor también la mira.
Pero ellas no están viendo lo mismo.
La pequeña descubre un juguete extraño.
La mujer acaba de encontrarse con su infancia.
Entre ambas hay quizá cincuenta o sesenta años de distancia. Y, sin embargo, por unos segundos, una sencilla figura de cartón consigue acercarlas.
Esa escena podría ocurrir cualquier octubre en Guadalajara, cuando el Parque Morelos vuelve a llenarse de calaveras, máscaras, muñecas, trompos, baleros, flores, papel picado y esos objetos que parecen llegar desde otra época para recordarnos que no todo lo que envejece desaparece.
La tradicional Feria del Cartón tiene ya más de 75 años formando parte de la memoria cultural de la ciudad.
Y la reflexión verdaderamente importante , que es el alma de este artículo , no es cuánto tiempo lleva ahí. Es reflexionar :
¿Por qué seguimos necesitando volver ahí y verlas ?
LAS COSAS QUE GUARDAN HISTORIAS
Hay objetos que sirven para algo.
Y existen otros que, además, guardan algo.
Una muñeca de cartón puede guardar la voz de una madre.
Un trompo puede conservar una banqueta, una tarde y las manos de un padre enseñando a colocar correctamente la cuerda.
Una calaverita de azúcar puede devolvernos, durante un instante, a alguien cuyo nombre ya solamente pronunciamos cuando llega noviembre.
Los objetos adquieren una dimensión diferente cuando se convierten en territorio de la memoria.
Quizá por eso la Feria del Cartón no debería entenderse únicamente como una tradición comercial ni como otro acontecimiento de temporada.
Es, en buena medida, un archivo emocional de Guadalajara.
El Parque Morelos mismo lo es.
Antes fue aquella Alameda tapatía cercana al antiguo río de San Juan de Dios; durante generaciones fue espacio de paseo, encuentro y vida cotidiana. La ciudad se transformó, el río terminó bajo el concreto y Guadalajara creció hasta convertirse en una metrópoli donde millones de personas transitan a velocidades que nuestros abuelos difícilmente hubieran imaginado.
Y, sin embargo, cada octubre sucede algo curioso.
Regresan las muñecas.
NO SE TRATA DE IDEALIZAR EL PASADO
Sería demasiado sencillo convertir esto en un elogio nostálgico.
Decir que antes los niños jugaban mejor, que las familias convivían más o que todo tiempo pasado fue superior.
No necesariamente.
Cada generación construye sus propios lenguajes.
Los niños de hoy habitan naturalmente videojuegos, plataformas digitales, inteligencia artificial y espacios virtuales que forman parte de su realidad. Negarlos sería tan absurdo como pedirle al tiempo que retrocediera.
El problema comienza cuando confundimos innovar con sustituir.
Porque avanzar no tendría que significar borrar.
Podemos enseñar a un niño a conversar con una inteligencia artificial y también enseñarle a lanzar un trompo.
Puede conocer mundos enteros dentro de una pantalla y, al mismo tiempo, descubrir que algunas cosas necesitan paciencia, coordinación, equivocaciones y manos.
Tal vez ahí esté una de las enseñanzas más discretas del juguete tradicional.
No entrega inmediatamente lo que promete.
Hay que intentarlo.
El trompo se cae.
El balero falla.
La pelota no entra.
Volvemos a empezar.
Y en este siglo XXI todo está diseñado para reducir la espera y ofrecer recompensas inmediatas, y resulta casi revolucionario recordar que algunas satisfacciones todavía requieren tiempo.
LO HECHO A MANO TAMBIÉN ES UNA FORMA DE RESISTENCIA
Existe además otra historia detrás de cada pieza.
La de quien la fabrica.
El cartón es uno de los materiales más humildes que podemos imaginar.
Papel, engrudo, moldes, pintura.
Y manos.
Sobre todo, manos.
De ahí nacen muñecas, calaveras, catrinas, diablos, máscaras y personajes que nunca son completamente idénticos porque la artesanía conserva algo que la fabricación industrial intenta eliminar: la diferencia.
Una línea puede quedar ligeramente torcida.
Dos rostros nunca serán exactamente iguales.
El color puede variar.
Y ahí, precisamente ahí, aparece su humanidad.
Nos hemos acostumbrado a una economía que reproduce millones de objetos perfectamente iguales y que también nos enseña a reemplazarlos con enorme rapidez.
Compramos.
Usamos.
Desechamos.
Volvemos a comprar.
Frente a esa lógica, una pieza artesanal contiene otra relación con las cosas: alguien invirtió tiempo en hacer aquello que otro llevará a casa.
No es romanticismo.
También es economía.
Cada tradición que admiramos necesita personas capaces de vivir de ella.
Porque no basta con declarar que una artesanía representa nuestra identidad si después quienes la producen no encuentran quién valore su trabajo.
La cultura también necesita compradores, aprendices y herederos.
EL DÍA EN QUE DEJAMOS DE CONTARLO
Las tradiciones rara vez desaparecen de golpe.
Nadie anuncia su último día.
No escuchamos una campana advirtiendo que esa será la última ocasión en que alguien enseñará determinado oficio, cantará cierta canción o contará una historia.
Simplemente llega un momento en que alguien deja de enseñarla.
Después otro deja de recordarla.
Y un día descubrimos que aquello que parecía cotidiano ahora necesita estar detrás de una vitrina para que sepamos que alguna vez existió.
Por eso conservar una tradición no significa congelarla.
Tampoco convertir una ciudad en museo.
Las culturas permanecen precisamente porque cambian.
El Día de Muertos mexicano, reconocido por la UNESCO como patrimonio cultural inmaterial, no ha atravesado generaciones por mantenerse intacto, sino porque las familias continúan otorgándole significado: colocan fotografías, preparan alimentos, compran flores, encienden velas y vuelven a pronunciar los nombres de quienes se fueron.
La tradición vive mientras alguien pueda responder a la pregunta de un niño:
“¿Y esto qué significa?”
GUADALAJARA TAMBIÉN ESTÁ HECHA DE ESTAS COSAS
Hablamos mucho de la Guadalajara que quiere convertirse en ciudad del futuro.
De tecnología.
Innovación.
Semiconductores.
Inteligencia artificial.
Nuevas industrias.
Y debemos hacerlo.
Pero una ciudad no se construye únicamente con aquello hacia donde avanza.
También con aquello que decide llevar consigo.
Nuestra identidad no está peleada con la modernidad.
Al contrario.
Quizá una ciudad verdaderamente contemporánea sea aquella capaz de innovar sin avergonzarse de su memoria; desarrollar nuevas tecnologías sin convertir sus tradiciones en objetos decorativos; mirar hacia adelante sin considerar ingenuo aquello que alguna vez hizo felices a sus niños.
Porque ninguna inteligencia artificial podrá experimentar por nosotros el olor de una feria.
Ningún algoritmo heredará nuestras nostalgias.
Y ninguna tecnología podrá decidir cuáles recuerdos merecen permanecer.
Esa responsabilidad seguirá siendo nuestra.
CONCLUYENDO:
LA MUÑECA DE CARTÓN QUE VIVE EN TI Y EN MI
La niña continúa frente al puesto.
Quizá finalmente alguien le compre aquella muñeca de cartón.
Tal vez se la lleve a casa, juegue con ella algunos días y después la deje olvidada en algún rincón.
No podemos saberlo.
Pero quizá la mujer que está a su lado le contará que cuando era pequeña también tuvo una.
Le explicará cómo jugaba con ella.
Quién se la compró.
Dónde vivía entonces.
Quiénes estaban todavía alrededor de aquella mesa familiar.
Y en ese momento ocurrirá algo mucho más importante que una compra.
Una historia habrá pasado de una generación a otra.
Entonces aquella muñeca dejará de ser solamente cartón.
Será puente.
Será recuerdo.
Será una pequeña cápsula del tiempo.
Y quizá dentro de muchos años, cuando esa niña ya no sea niña y vuelva a pasar por el Parque Morelos, encontrará otra muñeca con los brazos extendidos y el rostro imperfectamente pintado.
Se detendrá frente a ella.
Y alguien pequeño, a su lado, preguntará:
—¿Qué es eso?
Entonces comprenderemos por qué algunas ferias como la del cartón deben seguir existiendo.
No solamente para conservar aquello que fuimos.
Sino para que todavía quede alguien capaz de recordarlo , contarlo y sentirlo .









