Compartir

Alexandra MARTINEZ DE AGUILAR*

Siempre me ha gustado profundamente la música y, desde pequeña, ese amor nació de forma natural: en mi hogar, la música siempre estuvo presente, envolviéndolo todo. Con el tiempo, se convirtió en mi refugio, en ese lugar seguro donde encuentro alivio y motivación cuando más lo necesito.

Y, por si no lo sabían, nuestra preferencia musical suele formarse en la adolescencia media; la ciencia lo llama el “golpe de reminiscencia”. Es un fenómeno psicológico que nos acompaña en la adultez, cuando recordamos con una intensidad profunda las canciones que marcaron nuestra juventud. Para mí, Deftones es exactamente eso: un recuerdo vivo que sigue latiendo.

Y como dice la frase popular: “Uno siempre vuelve a donde fue feliz”, jamás imaginé que, 15 años después, regresaría a verlos al Palacio de los Deportes, el mismo lugar donde los vi por primera vez un 11 de abril de 2011. Y en este mes, quiero compartirles lo que su música ha significado para mí, lo que ha tejido en mi historia.

Todos tenemos una red de apoyo: una persona, un grupo musical o incluso “un algo” que nos sostiene. Es ese espacio al que acudimos para liberar el peso del estrés, la tristeza, o para celebrar las alegrías y los triunfos. Es ese rincón íntimo donde podemos respirar y sentirnos a salvo dentro de lo caótica y, al mismo tiempo hermosa, que puede ser la vida.

Deftones ha sido esa red de apoyo para mí desde que los descubrí en secundaria hasta hoy. Han estado conmigo en los momentos en los que no entendía nada, cuando los días grises parecían cubrirlo todo, cuando la alegría me desbordaba, cuando sentía que nadie podía comprenderme. Han sido compañía en el enojo, en las pérdidas de personas y de mascotas, en la falta de motivación, en la inseguridad y también en esos instantes de calma en los que encontraba paz entre sus letras y riffs, como si alguien, en algún lugar, entendiera exactamente lo que yo sentía.

No es fácil pedir ayuda. No es sencillo poner en palabras lo que duele ni mostrarnos vulnerables ante los demás, incluso frente a quienes más queremos, pero cuando encontramos un ancla -algo o alguien- que nos ayuda a sostener lo que no sabemos expresar, se vuelve una bendición silenciosa que nos salva más veces de las que podemos contar.

Así como ellos han evolucionado, transitando entre sus claroscuros, yo también lo he hecho. A veces siento que crecimos juntos, aunque nunca nos hayamos conocido y siempre he guardado ese deseo que algún día se dé ese encuentro, como lo soñé desde aquel concierto de 2011. Recuerdo perfectamente que éramos pocos; solo se habilitó la zona de pista y todo se sentía íntimo, casi como un concierto privado.

Aunque no alcancé lugar en la valla, estaba lo suficientemente cerca como para sentir que formaba parte de algo irrepetible, pero como dicta la Ley de Murphy, “si algo puede salir mal, saldrá mal”, y con cada canción sentía que me faltaba el aire.

Estaba rodeada por cuatro hombres altos, vestidos de negro, con botas, complexión robusta y el cabello largo suelto que sacudían al ritmo de la música y apenas podía ver porque mi estatura jugaba en mi contra.

Me sentía como una pelota de ping pong, empujada de un lado a otro en medio del famoso “slam”, hasta que llegó un punto en el que la falta de aire me hizo pensar que me desmayaría. Y, en medio de ese caos, alcancé a ver a Chino Moreno, el vocalista, quien había bajado del escenario.

¡Fue una locura! Como una avalancha humana, todos comenzaron a moverse para acercarse a él. Yo, arrastrada por esa marea y por mis propias ganas de conocerlo, me dejé llevar, pero me quedé a una mano de lograrlo porque entre empujones, fui apartada del camino.

Esa anécdota siempre la cuento porque resume perfectamente lo que sentí: “tan lejos, tan cerca”. Una frase que evoca esa sensación de tenerlo todo al alcance y, aun así, no tocarlo. Sé que fue una oportunidad única para conocer a alguien que, hasta ese momento, solo existía para mí en discos y en videos de MTV, lugar donde veía sus videos y me enamoré de su tercer álbum denominado White Pony. Por eso, imaginen lo que sentí al volver a verlos 15 años después aunque esta vez, desde otro lugar, ya no en pista como aquella noche.

Los millennials que crecimos escuchando a Deftones entenderán la mezcla de emoción y nostalgia que me atravesaba, esa sensación de volver a una versión de nosotros mismos que sigue viva.

Cuando comenzó “Be Quiet and Drive”, la canción de apertura, una lágrima inevitable rodó por mi rostro. Se secó mientras cantaba -o más bien gritaba hasta quedarme ronca- las 20 canciones que siguieron. Salté como chapulín, con una gorra que había ganado minutos antes en una trivia sobre el grupo, hasta que llegó “7 Words”, cerrando el concierto con una mezcla de nostalgia y felicidad. Fue entonces cuando entendí que estaba viviendo, por cuarta vez, ese vínculo con el grupo que ha iluminado mis días nublados y acompañado mis días de luz desde la secundaria.

Y lo más especial de esa noche fue que pude vivirla gracias a mi hermana Karla Irina quien esperó paciente en la fila virtual durante la preventa para fans hasta conseguir los boletos; ese gesto, sencillo, pero enorme también forma parte de esta historia.

Además, fue extraordinario conocer en persona a gente con la que platicaba solo por los grupos de fans y conectar con ellos más allá de nuestro gusto evidente.

Con esta historia, yo les deseo que puedan vivir como yo, momentos que les recuerden esa red de apoyo que los ha sostenido en el camino porque al final, todos necesitamos algo que nos levante cuando flaqueamos, algo que nos recuerde quiénes somos y que nos creen momentos felices que nos impulsen a seguir adelante, incluso cuando la vida pesa.

 

*Lic. en Ciencias Políticas interesada en aprender continuamente de todos y de todo.

 

Compartir