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  • Por Dr. Luis Miguel Urbiña Calvo.

Tenemos que aprender a ganar o perder, tenemos que aprender a reconocer aciertos, desaciertos, triunfos, fracasos, desaseos e ineficacias. Tenemos que aprender cuando alguien sabe más, así como saber escuchar… o entender quién posee la razón, o diferente conocimiento, o perspectiva. Pero mayormente, tenemos que aprender a que alguien piensa diferente hasta en las redes sociales, porque estamos en un país donde hace muchos… pero muchos años gozamos de la libertad de expresión de acuerdo con lo estipulado por el artículo 6º de nuestra Carta Magna, que a la letra dice: “La manifestación de las ideas no será objeto de ninguna inquisición judicial o administrativa, sino en el caso de que ataque a la moral, la vida privada o los derechos de terceros, provoque algún delito, o perturbe el orden público; el derecho de réplica será ejercido en los términos dispuestos por la ley. El derecho a la información será garantizado por el Estado. Toda persona tiene derecho al libre acceso a información plural y oportuna, así como a buscar, recibir y difundir información e ideas de toda índole por cualquier medio de expresión. El Estado garantizará el derecho de acceso a las tecnologías de la información y comunicación, así como a los servicios de radiodifusión y telecomunicaciones, incluido el de banda ancha e internet. Para tales efectos, el Estado establecerá condiciones de competencia efectiva en la prestación de dichos servicios“.
Lo que quiere decir, que todas las opiniones, comentarios, expresiones, diferencias, discordancias y concordancias son bienvenidas, siempre que sean respetuosas y pacíficas; obligándonos a concientizarnos que no siempre tenemos la razón. Porque nuestro ego puede ser nuestro principal amigo, pero también nuestro principal rival, pues, no siempre tenemos la “razón”. En tal sentido, también es justo que en pleno siglo XXI, aprendamos a clamar, exigir y demandar ¡justicia!, pero no solo en los “bueyes de mi compadre”; y menos caer en juegos malévolos de la “justicia o el derecho”, porque no podemos hablar de algo justo sólo cuando nos conviene, no podemos criticar sólo cuando nos perjudica algo, no debemos ser intolerantes, ni prejuzgar, ni discutir, ofendiendo o menospreciando sólo cuando algo no está de acuerdo con lo que creemos o pensamos… no debemos ser esclavos de nuestras iras; ya que, si con algo no estamos de acuerdo, y ello amerita la intervención de algún órgano del Estado como: la autoridad jurisdiccional, acudamos a la instancia competente haciendo uso de nuestro derecho de petición mínima, básica y potencialmente de acuerdo al artículo 8º, de nuestra propia Carta Magna; hagamos uso de las leyes civiles, penales, administrativas, fiscales, laborales, etc… según sea el caso que nos interese de acuerdo a nuestro derecho o queja, que la autoridad tendrá la obligación y facultad de atender nuestra demanda o exigencia. No caigamos en juegos perversos, prejuzgando, porque hay quienes “hacen política” sugiriendo o induciendo a hacernos pensar falazmente que alguien es culpable o inocente, convirtiendo en rehenes a las instituciones, lo que es ¡abusivo!, mejor seamos “todos el poder”, el poder observador y vigilante, atendiendo sutil y grácilmente lo que dice: Vigilar y Castigar. (Foucault Michel- 2008) “El poder en la vigilancia de las disciplinas no se tiene como se tiene una cosa, no se transfiere como una propiedad; funciona como una maquinaria. Y si es cierto que su organización piramidal le da un “jefe”, es el aparato entero el que produce “poder” y distribuye los individuos en ese campo permanente y continuo. Lo que permite al poder disciplinario ser a la vez absolutamente indiscreto, ya que está por doquier y siempre alerta, no deja en principio ninguna zona de sombra y controla sin cesar a aquellos mismos que están encargados de controlarlo; y absolutamente “discreto”, ya que funciona permanentemente y en una buena parte en silencio”.

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