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LOS MONSTRUOS QUE HOY CREAMOS

Por Mariana Navarro

“Lo verdaderamente aterrador no es la criatura, sino lo que la creó.”
— Mary Shelley

UNA ESCENA QUE NO NOS SUELTA

GUADALAJARA.- Jalisco. En Frankenstein, solemos mirar la electricidad, el laboratorio y el horror visible. Pero la verdadera historia no ocurre en el sótano de un castillo, sino en la infancia de un niño que esperó demasiado tiempo a un padre que no llegaba. Un niño que aprendió que el amor podía doler, y que lo más terrible no es la ausencia, sino la normalización del abandono.

No hace falta un rayo para que eso vuelva a suceder.
Hoy el laboratorio están en las casas donde las fotos están completas… pero los vínculos no.

EL MONSTRUO NO ES LA CRIATURA, ES LA HERIDA

Mary Shelley escribió Frankenstein a los 18 años, y lo hizo después de perder a una hija. Su novela no nació de la ciencia, sino del duelo. Antes del monstruo, hubo tristeza. Antes de la furia, hubo silencio.

Esa parte nos sigue doliendo porque sigue siendo real.
En México, nueve de cada diez personas relatan haber vivido al menos una experiencia adversa en la niñez: abandono, violencia, adicciones, ausencia emocional, desprecio. Y una de cada tres creció sin la figura paterna presente. No son datos fríos: son historias que dibujan cicatrices invisibles.

Las investigaciones confirman algo que ya sabíamos desde el corazón: donde falta mirada, crece el miedo; donde sobra abandono, nace el resentimiento; donde no hubo presencia, se genera supervivencia en lugar de amor.

Así es como nacen los monstruos del olvido , los FRANKENSTEIN

LOS FRANKENSTEIN DEL SIGLO XXI

Hoy no reunimos cadáveres, pero seguimos fragmentando almas.
Un padre que presume a unos hijos y niega a otro.
Una familia que protege, pero se queda sin espacio para sostenerse a sí misma.
Un padre que sonríe, mientras que el infante que no aparece aprende que su nombre incomoda.

El horror ya no vive en castillos, vive en la costumbre.

Ya no tiene forma de criatura grotesca, sino de indiferencia.
De silencio.
De excusa.
De un “no es momento” que dura toda la infancia.

Y sin embargo, el monstruo sigue pidiendo lo mismo que pidió en 1818:
“Ámenme sin huir.”

NO ES TARDÍO, AÚN PODEMOS CAMBIAR EL FINAL

La película lo dice sin decirlo: la criatura no quería destruir al mundo, solo quería ser mirada.
Hoy sabemos que no basta con responsabilizar a quien estalla: hay que mirar a quien nunca supo amar sin herir.

Si entendemos esto —si lo miramos sin miedo— la historia deja de repetirse.

El desafío no es tecnológico ni intelectual: es afectivo.
Es político en el sentido más profundo: cómo tratamos al más pequeño define la cultura que somos.

Romper el ciclo no es solo no abandonar.
Es dejar de amar a medias.
Es no adaptar la narrativa pública para justificar la omisión privada.
Es no tomar a un hijo como símbolo de estatus y a otro como error a ocultar.

Eso, y nada menos, es revolución emocional.

CONCLUYENDO

No necesitamos más criaturas tratando de merecer lo que debió ser incondicional.
No necesitamos más hijos intentando sobrevivir al silencio, a la omisión o al orgullo.
No necesitamos seguir fabricando monstruos del olvido para luego culparlos por haber nacido heridos.

El verdadero giro ya no está en el rayo ni en el cuerpo reanimado.
Está en la familia que decide nombrar lo que otros prefieren callar.
En el padre que se atreve a reparar antes de repetir.
En la sociedad que deja de celebrar la imagen y empieza a honrar la verdad.

Porque la tragedia no empezó con un experimento fallido.
Empezó cuando un hijo sintió que no tenía lugar.

Y el futuro —si queremos que sea distinto— deberá empezar allí mismo:

En el momento en que un niño, una niña, por primera vez, escuche sin condiciones:
“No tienes que ser visible para merecer amor. Ya lo eres.”

Ese día, por fin, dejaremos de crear monstruos.
Y comenzaremos, por primera vez, a crear humanidad.

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